Infancia

"¿Y si alguien le saca una foto?": el miedo de muchas familias en la playa

Cada vez más familias dudan si dejar a los hijos pequeños desnudos en la playa por miedo a que alguien les fotografie o grabe sin permiso

Un niño juega con la arena en la playa, un día de vacaciones
23/07/2026 - 10:01 h.
9 min

“Las playas, que deberían ser un lugar de tranquilidad, se han transformado en un espacio donde tienes que ir controlando móviles e intentando adivinar si una persona lo usa para mirar Instagram o si realmente está haciendo fotos o vídeos a tus hijos”, explica Laura Ferrer, especialista en educación sexual consciente y emocional para niños, jóvenes y adultos. La presencia generalizada de móviles, cámaras y redes sociales ha cambiado la manera en que muchas familias viven la natación de los niños en espacios públicos como la playa. Aquello que hace unas décadas se podía vivir con más naturalidad –criaturas pequeñas desnudas jugando en la arena o entrando y saliendo del agua– hoy convive con una nueva inquietud: ¿qué pasa si alguien fotografía o graba al niño sin permiso? ¿Y dónde puede acabar aquella imagen? A la consulta de Ferrer llegan cada vez más familias que han sufrido o sufren situaciones desagradables en la playa y que viven con miedo la difusión sin consentimiento de imágenes de sus hijos. “No es paranoia, es real, está pasando y es muy triste. Estamos pasando a vigilar que no nos roben la intimidad desde la arena”, alerta Ferrer. Según la terapeuta, estas preocupaciones le han llegado de familias con las que trabaja de diversos puntos de Cataluña, de Galicia y del norte de España. La intimidad infantil, más expuesta

Aunque no hay datos comparables que permitan medir hasta qué punto ha cambiado este hábito, muchas familias y profesionales perciben un cambio en la manera de vivir la niñez en espacios públicos. “Una fotografía cotidiana que de entrada puede parecer inocente –por ejemplo, en la playa, en bikini o bañador– puede acabar siendo reutilizada con herramientas de inteligencia artificial o circulando en entornos delictivos de intercambio de imágenes de abuso sexual infantil”, alerta Irene Montiel, profesora de los estudios de derecho y ciencia política de la Universitat Oberta de Catalunya e investigadora del grupo VICRIM. La normativa actual en materia de protección de datos no establece una regulación específica para espacios como la playa o la piscina, sino que se aplica el marco general sobre derecho a la propia imagen, intimidad y protección de datos. Hay situaciones en las que una persona puede aparecer de manera accesoria en una fotografía tomada en un espacio público, pero el principio general es que la captación y, sobre todo, la difusión de imágenes identificables exigen especial prudencia, aún más cuando aparecen menores. “En el caso de menores, no estaría permitido fotografiarlos, ya que se pretende proteger precisamente su imagen e intimidad. Como son espacios públicos, debemos ser conscientes de que en cualquier momento pueden aparecer personas en nuestras fotografías, pero el principio general es que nadie debería poder hacer una foto a alguien sin autorización”, explica Francisco Pérez Bes, adjunto de la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD). En el caso de los menores de catorce años, si se les quiere hacer una foto, la autorización siempre la deben dar los padres o los tutores legales.Más ojos: cuando ya no solo graba el móvil

Pero el reto, añade Pérez Bes, ya no son solo los móviles. “Cada vez hay más dispositivos con apariencia convencional que pueden servir para grabar. Por ejemplo, gafas de sol inteligentes que incorporan cámaras fotográficas y de vídeo. Esto amenaza nuestro derecho a la privacidad y hace que cada vez sea más difícil identificar si nos están grabando o no”, advierte. Para Ferrer, el debate no debería recaer solo en las familias, sino también en cómo protegemos los espacios compartidos. “Quizás tendremos que empezar a implementar playas sin móviles, como ya se hace en algunas discotecas, para recuperar la libertad y evitar la exposición digital”, plantea. La frontera entre proteger y asustar

Ante esta situación, muchas familias optan por poner bañador o alguna prenda de ropa a los niños. “Las familias los tapan con ropa de protección solar, la usan como un escudo para que no queden tan expuestos a una mirada sexualizadora. Pero, claro, el dilema moral interno como padres está: «Quiero que mi hijo pueda ir desnudo, tranquilo y relajado, pero al mismo tiempo le estoy enseñando que su cuerpo no se enseña»”, reflexiona Ferrer. Por su parte, Montiel considera que hay que tomar medidas y proteger a los más vulnerables poniendo límites si es necesario: “Hace treinta años no era habitual ver tantos móviles ni dispositivos electrónicos y no nos sentíamos tan expuestos. Ahora, cualquier persona puede hacer una foto o grabar un vídeo sin que te des cuenta. Tenemos que tener un poco más de conciencia y poner límites, no se debe entrar en el pánico colectivo, pero se deben transmitir valores de cuidado y de respeto hacia el propio cuerpo”. Ferrer recomienda buscar playas menos aglomeradas y espacios tranquilos y, si el nudismo concuerda con los valores de la familia, optar por contextos en los que esta práctica se viva con más naturalidad. Precisamente, informaciones recientes sobre nudismo en Cataluña apuntan a que el colectivo naturista percibe una reducción de la práctica y lo vincula, entre otros factores, a la vergüenza y al miedo a la exposición en las redes. “Cualquier espacio público puede ser un contexto de riesgo, teniendo en cuenta que hay personas que buscan este tipo de imágenes. No se trata de vivir con miedo sino de ser conscientes de ello”, explica Montiel, también profesora del grado de criminología de la UOC.

“Es innegable que en internet es muy sencillo que una imagen de cualquier persona en una situación incómoda o desnuda fluya y circule con cierta libertad. Hay gente que se dedica a comercializar con estas imágenes o a publicarlas en determinados foros. Aunque se está luchando, es innegable que existen y todos debemos poner de nuestra parte”, alerta Pérez Bes. Según Inhope, la red internacional de líneas de denuncia contra el material de abuso sexual infantil en internet, en 2024 se procesaron casi 2,5 millones de registros sospechosos de contener este tipo de material, un 218% más que el año anterior. Para Montiel, datos como esta muestran hasta qué punto el contexto digital ha cambiado: “Es una realidad aterradora que debemos conocer para tomar medidas y proteger el derecho de los niños a su intimidad e imagen”. Puede ser difícil, aun entendiendo el contexto actual, proteger a los niños sin transmitirles miedo o vergüenza. “Tenemos que explicar que son dos cosas diferentes. Por un lado, su cuerpo es precioso y no deben tener vergüenza. Pero por otro lado, su imagen es suya. No se trata de dar miedo, sino de decir que una persona desconocida no tiene derecho a guardar una foto de su cuerpo sin permiso”, detalla Ferrer. Según la experta, a los niños se les puede empezar a hablar de privacidad y de uso de imágenes a partir de los ocho o diez años, cuando ya pueden entender mejor qué es internet y qué implica que una foto circule. Antes de esta edad, considera que conviene protegerlos sin sobrepreocuparlos.

Cuándo hay que intervenir

Según la experiencia de Laura, las familias lo han vivido con niños de todas las edades, desde pequeños de tres, cuatro o cinco años, pero también en etapas más maduras como la preadolescencia con nueve, diez y once años. “Recuerdo el caso de una madre que estaba con su hija en la playa. La niña iba sin la parte de arriba del bañador porque todavía no tenía pecho, solo el botón mamario, cuando vieron a algún hombre haciéndole fotos y vídeos”, relata Ferrer. Según su relato, pasa más en niñas, porque los cuerpos femeninos están más sexualizados y son más victimizadas.

Pero saber cómo actuar en estas situaciones puede ser complejo y los expertos coinciden en que hay que intervenir. “Es muy difícil identificar si nos están grabando, pero si lo detectamos, hay que llamar a la policía para verificar si se están infringiendo nuestros derechos. Dirigirte a la persona que presuntamente pueda estar grabando es complicado porque no nos facilitará su dispositivo para verificarlo, así que es mejor llamar a la policía local o municipal”, explica el director adjunto de la AEPD. En la misma línea, Montiel recomienda: “Hay que pedir a la persona que borre la imagen y, si estamos en un espacio con responsables –como una piscina pública–, avisarles para que intervengan y le pidan que deje de grabar. Si la persona no lo hace, hay que avisar a la policía: solo la autoridad puede revisar o retirar el móvil, la cámara o las imágenes”.

Por su parte, Ferrer considera que las familias no deben quedarse calladas. “Yo los empodero para que se levanten, se acerquen a la persona y, de manera asertiva y educada, le pregunten: «Oye, perdona, ¿estás haciendo fotos? No quiero que mi hijo aparezca en ninguna red». Es importante normalizar el hecho de ponernos límites entre nosotros porque es una violación de la intimidad”.

Sin embargo, Pérez recuerda que no es lo mismo hacer una foto y guardarla en el móvil que reenviarla por WhatsApp o publicarla en una red social. “Guardar una foto es un uso doméstico, pero el problema surge cuando incluye datos de carácter personal (como la imagen de alguien) y se difunde”, comenta.

La normativa de protección de datos prohíbe la difusión no consentida. “Una cosa es tenerla en el dispositivo y otra es que la imagen circule, especialmente en las redes sociales donde el impacto de esta difusión es mayor y tenemos el derecho de requerir que se elimine o se retire”, añade. Según la memoria anual 2025 de la Agencia Española de Protección de Datos, aquel año se presentaron 30.931 reclamaciones ante el organismo, un 64% más que en 2024. En el caso del Canal Jove de la AEPD, una de cada cuatro consultas recibidas en 2025 estaba relacionada con la publicación de imágenes en redes sociales, especialmente en contextos que afectan a menores.

“Nos han robado la tranquilidad en espacios públicos, la inocencia de los veranos, de los niños cómodos con su cuerpo para pasar a la mirada de los adultos y que tu hijo acabe en las redes, en un grupo de WhatsApp o que se use la IA con las imágenes de tu hijo”, comenta Ferrer. Según datos de la Internet Watch Foundation, los informes con imágenes realistas de abuso sexual infantil generadas con IA han pasado de 42 en 2023 a 491 en 2025, casi doce veces más. La entidad también alerta de un aumento de los vídeos: en 2025 identificó 3.443, frente a los 13 registrados el año anterior. Para Montiel, no se trata de encender la alarma, sino de ser conscientes de que, “aunque la pedofilia clínica afecta a un 2-3% de la población, el interés o fantasías sexuales hacia menores –especialmente con adolescentes– puede llegar al 25% en una sociedad hipersexualizada”. La imagen también se pierde desde casa

Esta pérdida de control sobre la imagen de los niños también tiene que ver con prácticas cotidianas aparentemente inofensivas, como el sharenting, es decir, la publicación de fotos o información de los hijos en las redes sociales por parte de las familias. Según el estudio Infancia y adolescencia en entornos digitales, de Save the Children y la Fundación Orange, el 54% de los padres y madres comparten contenidos de los hijos en las redes y un 39% lo hacen a pesar de ser conscientes de los riesgos que comporta. “Todo tiene riesgos; en grupos muy cerrados y de confianza es lógico querer compartir alegrías, pero cuanto más grande es el grupo, más grande es el riesgo de que alguien la coja, la modifique o la suplante. En grupos de WhatsApp se debe intentar reducir al máximo los componentes para no perder el control. Si no es imprescindible compartir la imagen, se debe intentar no hacerlo; antes de enviarla, preguntémonos si realmente hace falta”, explica Pérez Bes.

El cuerpo no es el problema

“Hay que empoderar a los niños para que, a partir de una edad, puedan decir «No quiero fotos». Es importante ponernos límites entre nosotros”, considera Ferrer. El informe recoge que, entre los adolescentes, un 16% consideran que sus padres comparten mucha o bastante información sobre ellos, y uno de cada cuatro se siente incómodo o muy incómodo con esta exposición. “Cualquier imagen que pueda ser malentendida, manipulada o que resulte humillante para los niños no debería publicarse porque influyen en la construcción de la identidad de estos niños”, alerta Montiel, que recomienda que nunca se compartan imágenes íntimas, de partes del cuerpo o que puedan servir para burlarse de alguien.

“La pornografía ha hecho que algunos cerebros se hayan acostumbrado a excitarse con menores, con cuerpos infantilizados. Si le sumamos la IA, que permite modificar las imágenes y hacer un uso perverso de ellas y la falta de conocimiento de las familias, todo empeora”, comenta Ferrer. “La responsabilidad de los adultos es proteger a los más pequeños. La prevención exige dar información y pautas claras. El problema no es el niño, ni su cuerpo, sino la mirada adulta que lo sexualiza o que utiliza su imagen sin permiso”, resume Montiel. Por eso, insiste, no se trata de convertir la playa en un espacio de miedo, sino de recuperarla como un lugar seguro también para los niños: “Hay que exigir que los niños puedan ser niños, sin miradas adultocéntricas, pero también ser conscientes de que esta realidad existe”.

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