Escuela

¿Cuál debe ser la implicación de las familias en la escuela?

La participación de las familias es un activo, pero en ocasiones va acompañada de exigencias para cambiar aspectos como el proyecto educativo y, según los docentes consultados, es la línea roja

BarcelonaReunión de inicio de tercer curso de primaria. La maestra comunica a los padres que este curso, y por primera vez, no se van a poner deberes. Algunos padres se quejan porque dicen que les ha costado mucho que sus hijos cojan el hábito. Ante la presión, la dirección opta por mantenerlos; eso sí, opcionales. En el grupo de WhatsApp de otra escuela, las familias se organizan para pedir al centro que sus hijos realicen un concierto de Navidad pese a que la dirección ha decidido que sea una actividad interna del centro.

Y aún un caso más extremo, en una escuela de Girona un grupo de familias envía una carta a la dirección para manifestar su malestar. Critican, entre otros, la forma en la que se enseña. Cálculo mental: "A nuestros hijos no les gusta nada, la mayoría nos dicen desconectar". Ciencias: "¿Cuántos proyectos se hacen relacionados con las ciencias? Si sólo se basa en el arte". El "puto arte", ya dicen las familias. Escritura: "Nunca hay redacción alguna. ¿Los enseña realmente a escribir, a trabajar diferentes tipologías de textos, a hacer mapas conceptuales?" También critican la gestión del aula: "El trabajo de los maestros es controlar el grupo clase y algún año no hemos estado contentos. Hay alumnos que deben cortarse, no potenciar sólo a los niños buenos". O el nivel de conocimientos de los alumnos: "Aún es hora de que sepamos realmente lo que hacen en la escuela... ¿Qué han aprendido los alumnos?"

Son tres ejemplos reales de los muchos que se dan a lo largo de un curso escolar. En los últimos años, las familias se han implicado más en la educación de sus hijos. Sin embargo, una implicación que a veces viene acompañada de exigencias para cambiar aspectos que no les gustan de la escuela. ¿Pero hasta dónde deben intervenir las familias en la escuela? ¿Cuál debe ser el límite? ¿Cómo lo gestionan los centros? Hemos hablado de ello con expertos, equipos directivos, maestros y familias.

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La línea roja, coinciden todos los agentes consultados, es el proyecto educativo. "El proyecto educativo es el eje vertebral de cualquier escuela y se acuerda en el claustro a partir de la diagnosis de cómo son los alumnos. Además se propone al consejo escolar, en el que participan también las familias, pero no lo deciden ellas" , argumenta Silvia, directora de una escuela pública del Vallès Occidental, que ha preferido mantener su apellido en secreto. "Si está bien trabajado y explicado, la familia ya toma un compromiso en la jornada de puertas abiertas con ese proyecto educativo. Luego no tiene sentido que quieran cambiarlo", añade esta directora, que apunta que esto suele ocurrir más en las escuelas públicas que en las concertadas o privadas.

Tres tipos de familias

Grosso modo , la investigación apunta que hay tres tipos de familias: las altamente implicadas, las que ven la escuela como un servicio y las desvinculadas. Silvia, directora de una escuela pública del Vallès Occidental, explica que las primeras son familias que se han informado y han leído sobre educación y pedagogía y quieren hablar de ello, participan activamente y quieren hacer red. Las segundas son familias que valoran la educación pero lo usan como un servicio: "Dejo a mi hijo, quiero que tenga buenos resultados académicos y esté bien tratado, y me voy". Y luego están las familias desvinculadas, a menudo por diferencias culturales o motivos socioeconómicos.

Y la participación de unas y otras en la escuela es muy distinta. "Si tienes muchas familias del primer grupo, debes limitarlas para que se traspasen líneas. Mientras que en el segundo grupo la vinculación con la escuela pasa por la experiencia de su hijo: por si está contento o no, si saca buenos resultados o si tiene conflictos, y no quiere saber nada del proyecto educativo o filosófico del centro si no le afecta. Mientras que en el caso del tercer grupo las barreras lingüísticas y culturales dificultan la participación", asegura esta docente. Una asignatura pendiente, admite Úrsula Garrido, miembro de la AFA de la Escuela Xirinacs, es integrar a familias de orígenes diversos para recoger "todas las experiencias y sensibilidades".

¿Quién decide?

Una de las últimas decisiones que tomó la escuela concertada Sadako, en Barcelona, ​​fue suprimir los disfraces por carnaval. "Explicamos que provocaban un gasto económico en casa que creemos innecesario y que, si había familias que lo querían comprar, lo podían hacer igualmente disfrazando a los niños el fin de semana", explica el director, Jordi Musons. Sin embargo, la decisión no gustó a todos los padres y algunos hicieron llegar su desacuerdo. "Ocurre constantemente que nos digan qué piensan o lo que quieren, y es importante que lo compartan porque nos ayudan a entender qué está pasando fuera de la escuela", admite el director. Sin embargo, Musons también insiste con el blindaje del proyecto educativo. "Debe estar bien definido, debe haber un fundamento pedagógico fuerte, ya que la escuela no puede ir de un lado a otro por peticiones puntuales de familias", deja claro. "Es importante escuchar a los padres, pero sería un error ir cambiando de rumbo de forma precipitada", añade.

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Silvia coincide en que se deben poder debatir algunas cuestiones y pedir la opinión a las familias. "Pero esto no quiere decir que se tenga que hacer como quieren ellas. Las familias deben estar lo más implicadas posible, pero debe quedar claro hasta dónde decide cada uno", afirma. Y pone un ejemplo: "Si enseñamos a leer de una forma u otra las familias no deben decidirlo". Reconoce que es "difícil" poner estos límites pero admite que, como directora, llega un momento que debe decir: "Soy yo quien tiene la información de cómo funciona toda la escuela (y no sólo un grupo clase) y es la dirección quien decide porqué es la responsabilidad que tengo con la información que tengo".

Para una directora de un centro concertado del Maresme que ha preferido mantener el anonimato, el problema recae en que las familias a menudo confunden el término atención individualizada: "Creen que al alumno debemos atenderlo de manera singular, pero eso es imposible si hablamos de una escuela con 900 estudiantes. Atender de manera individualizada significa generar protocolos que se acerquen a grupos de personas" , aclara. En este sentido, el pedagogo Gregorio Luri matiza que la escuela ha caído en una trampa al decir continuamente que "el centro es el niño". "¿Qué ocurre? Que muchas familias han entendido que el centro es su niño, y no es lo mismo", asegura. A su juicio, si cada uno tiene claras sus funciones, "no hace falta poner límites sino salvaguardar el interés prioritario, que es el niño".

¿Cómo lo viven los maestros?

La intervención de los padres llega también a los docentes. Laura es madre y maestra de primaria de una escuela pública de Barcelona donde las familias participan mucho: "En las fiestas, en las actividades y proyectos de clase y en las comisiones, algunas de las cuales son mixtas". Pero echa de menos más empoderamiento de los maestros para defender el proyecto educativo. "Debemos defender que tomamos estas decisiones porque somos los profesionales que nos dedicamos a esto, tenemos los datos y consideramos que es lo que debe llevarse a cabo, ya que sino [este cuestionamiento constante] hace tambalear cómo trabajamos", argumenta .

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Y constata que estas injerencias han ido a más en los últimos años. En parte, porque la educación y la crianza preocupan más a las familias. "Nos hemos pasado de frenada. Antes se confiaba plenamente en la labor de los docentes y actualmente no. Ahora parece que todo el mundo sabe de crianza y de educación y todo el mundo intenta que se lleve a cabo su ideario", asegura. Silvia añade que acaba siendo un ejemplo de hiperpaternidad trasladada a la escuela: "Las familias no son capaces de limitar el móvil de sus hijos pero sí de venir a decirte a ti si los alumnos tienen pocas o demasiadas pantallas y cómo tienes que hacerlo". Lo deseable, afirma la directora, es que las familias compartan "la voluntad educativa con la escuela y se vinculen con ella", pero "respetando los límites". "Es como si cuestionas al médico que debe operarte de apendicitis, Por mucho que hayas leído de apendicitis, hay una parte de criterio profesional", reivindica. La clave, dice, es "la confianza" de las familias en el proyecto y en los docentes. "Dejar margen a la profesionalidad del equipo pedagogo, que es quien tiene los conocimientos", añade la directora del centro concertado del Maresme.

Resultados del informe PISA

Musons asegura que tampoco ayuda a que los docentes estén constantemente señalados por todo lo que no funciona en la educación. "Somos una figura muy débil. Si la educación de este país estuviera entre las mejores de Europa seguramente habría menos demandas, pero como todo el mundo ha sido alumno, todo el mundo cree que puede opinar", asegura.

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Los malos resultados del último informe PISA y el relato de los medios de comunicación han generado, según los docentes consultados, un clima de incertidumbre que ha propiciado que las familias todavía cuestionen más a la escuela. "Hay cierta inseguridad y neurosis entre los padres, que están más angustiados por sus hijos pero también porque el incremento de incertidumbre [sobre el futuro de sus hijos] es real", argumenta Luri.

También porque, en algunos casos, los métodos de aprendizaje de ahora distan mucho de los de la generación que ya son padres. "De repente ves familias muy preocupadas por si se está llegando al nivel o no, y eso denota cierta ignorancia. Vamos a modas y no nos fijamos en la esencia de los proyectos educativos, que son muy cuidados y elaborados, y ese miedo a los padres se transmite en inseguridad en las escuelas", opina Laura.

Falta de comunicación

Ahora bien, las escuelas también hacen autocrítica. El director de la Escola Sadako reconoce que parte de estos desacuerdos con las familias son por las dificultades que tienen los centros a la hora de comunicarse con ellos. "Los canales de comunicación con sus padres no son tan sencillos, porque aunque se informa no siempre tienen tiempo de leer todos los comunicados", admite. Por eso Musons es partidario de crear espacios para encontrarse ambas partes o comisiones. "No siempre sabemos contarnos", reconoce Silvia. "Quizás las familias no entienden cómo se trabajan las matemáticas y quizás debe explicarse de otra manera", añade.

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La gran pregunta para Lidón Gasull, directora de la Federación de Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos de Catalunya (aFFac), es cómo implicar a las familias con la educación de su hijo. Coincide con los directores que con temas pedagógicos los centros deben limitarse a informar de los cambios a los padres. "Por un lado, la familia debe poder preguntar, escuchar y entender el proceso de aprendizaje de su hijo pero no forzar un cambio. Y, por otro, parte del trabajo del claustro es explicar a las familias cómo es "enseña. Si ambas partes entienden su papel no debería ser traumático", admite la portavoz de las familias.

Para Úrsula Garrido, miembro de la AFA de la Escuela Xirinacs de Barcelona, ​​la AFA debería velar, sobre todo, por la escuela pública en general. "Las familias deben estar informadas y poder incidir. No en el proceso pedagógico pero sí en cuestiones económicas, extraescolares, la gestión del comedor, cosas que tengan que ver con el barrio...". Sin embargo, reconoce que a veces se pueden pasar de frenada y, si bien la AFA puede ser el canalizador de "malestares o inquietudes", no es su papel opinar de métodos pedagógicos. De hecho, la Escola Xirinacs se creó hace sólo seis años y al principio eran sólo 48 familias. El levantar el centro desde cero hizo que continuamente se hicieran reuniones de padres con la dirección. "Hubo momentos en los que las familias quisieron intervenir demasiado fruto del entusiasmo y la emoción de crear una escuela y la dirección se dio cuenta de que quizás estábamos haciendo cosas que no tocaban y nos recordó el papel de cada uno", recuerda.

Explica que como AFA no han tenido que gestionar conflictos por el aprendizaje, aunque reconoce que hay familias inquietas que "no se meten tanto en cómo se enseña sino en el resultado: «háganlo como queráis» pero debe acabar sabiendo sumar y leer». También cree que en los centros educativos innovadores es más fácil y es "casi un acto reflejo" poner primero en duda el método cuando las cosas no van bien, sea esto o no, mientras que "en la escuela más tradicional es más difícil cuestionar el que se lleva haciendo hace 40 años".

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El momento de elegir escuela

Que haya familias que sobrepasen el papel que les corresponde, asegura Gasull, comienza en parte en el momento de la elección de la escuela de sus hijos. "Se les dice a los padres que tienen derecho a escoger el centro en función de su metodología y esto hace que las familias nos acabemos creyendo que sabemos cuál es el mejor proyecto educativo para nuestros hijos, cuando en realidad quien lo sabe es un profesional de la educación", puntualiza. "Es normal, pues, que una vez en la escuela algunas familias se vean empoderadas para cuestionar la metodología del centro", reflexiona. En este punto Gregorio Luri deja claro que, si se fomenta la autonomía de centro, también debe fomentarse la libertad real de elección de escuela: “¿Y si te toca una escuela que tiene un proyecto con el que no comulgas? ", se pregunta.

A este contexto hay que sumar, tal y como apuntaba Musons, el desprestigio que está viviendo la profesión de docente. "Faltan profesionales y cada vez se abren más filtros para conseguirlos", lamenta Gasull. Y en medio de este clima la portavoz de las familias coincide con la directora del centro del Maresme: los constantes cambios educativos por parte del gobierno español y el departamento de Educación no ayudan en absoluto. "Se lanza un mensaje de que cualquier experimento vale, hoy hacemos una cosa y mañana otra. Pero los países que triunfan han hecho de la educación una cuestión de estado. Los cambios deben ser más lentos, duraderos y hacer en un terreno firme", apunta Gasull. El colectivo recuerda que se está trabajando con menos recursos que nunca y cada vez es más difícil atender a los niños. Por eso lamentan que la única queja de las familias sea hacia la escuela y no hacia la administración: "Cuando es el momento de quejarnos nos encontramos muy solos. Cuando hay huelgas o protestas las familias no se adhieren y me gustaría que se sumaran a esta lucha", dice la maestra de primaria. Úrsula Garrido está de acuerdo: "La educación no es sólo cosa del departamento de turno, de los maestros y de la dirección de la escuela: incumbe a toda la sociedad".

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"Siempre somos los mismos"

La participación de las familias en la escuela se realiza, generalmente, a través de las AFA, y son un activo importante. "Que las familias formen parte de la escuela construye muchísimo. Hace comunidad y vínculo, se construyen relaciones, los niños ven que sus padres forman parte y las familias pueden aportar su experiencia laboral y personal", valora Silvia, directora de una escuela pública del Vallès Occidental. A menudo, las familias también llegan allá donde no lo hace la administración, como en la gestión de la biblioteca escolar o la renovación de espacios. También tienen un papel primordial en la reivindicación de mejoras para el centro.

Pero la gran mayoría de AFA se quejan de lo mismo: faltan voluntarios para las comisiones. "Son las mismas familias en todas las comisiones y la mayoría de participantes son madres", dice Úrsula Garrido, miembro de la AFA de la Escuela Xirinacs. "Cuesta mucho encontrar voluntarios porque vamos de bulto. Tienes hijos, trabajas y la gente quiere tiempo para el ocio y, además, no hay interés. Es algo que ocurre en todas partes, la vida asociativa cada vez cuesta más ", opina.

El pedagogo Gregorio Luri considera que la participación de las familias en la escuela debería ser "siempre voluntaria" y no culpabilizar a quienes no hacen. "Nunca hay que juzgar a los padres que no participan, porque no sabes si se han levantado a las 4 de la mañana y llegan cansados ​​por la noche. Si no, se crea un narcisismo participador. No hay que hacer comentarios tipo «es que siempre somos los mismos». Estás porque quieres, nadie te obliga. Porque esto crea dinámicas extrañas y la escuela es de todos y no es de nadie», argumenta. Tampoco cree que las familias tengan que participar "necesariamente" en la escuela. "Y, en contra de lo que dice todo el mundo, tampoco deben ir en la misma dirección, porque escuela y familia tienen misiones distintas". Segundo Luri, las familias quieren ser "perfectas" y elegir escuelas "perfectas". Y esto no es posible. "Familia y escuela deben ser suficientemente buenas", concluye.