Una montaña rusa de terror ágil, tensa y divertida
Zach Cregger captura el espíritu de 'Resident evil' en una nueva adaptación del videojuego de Capcom
- Dirección: Zach Cregger. Guion: Zach Cregger y Shay Hatten
- 90 minutos
- Alemania y Estados Unidos (2026)
- Con Austin Abrams, Paul Walter Hauser y Zach Cherry
Resident Evil, el videojuego, revivió a los muertos vivientes allá por los 90, pero si la franquicia aguanta es por ser mutante y vampira: mutante porque no para de cambiar y vampira porque succiona del mejor terror aquello que más le conviene. Aparte de los zombis de George A. Romero, ha reinterpretado La matanza de Texas, David Cronenberg o el gótico europeo en un remix vertebrado por una idea clara: hacer que el jugador pase por todos los colores en un pasaje del terror videolúdico.
Este espíritu es el que Zach Cregger ha sabido captar. Que estén tranquilos los fans del cineasta: su Resident Evil es una experiencia de terror a la altura de su corta pero sólida filmografía. Y los fans del videojuego no tienen nada que temer si aceptan una versión libre pero fiel al espíritu. Como la reciente Exit 8, Resident Evil se centra en recrear las sensaciones de una partida al juego original, desde la estructura y tiempos al uso de la escasa munición para generar tensión. El trabajo de cámara, la progresión de escenarios y las persecuciones de bichos invencibles salen directamente de los juegos de Capcom, pero no piden conocerlos para disfrutar de ellos. Cregger une todo esto con una trama similar a la de otra película con aire de videojuego, la bélica 1917, donde un mensajero indefenso atraviesa el infierno en tiempo real. Y le sale una montaña rusa de terror ágil, tensa y divertida.
Los orígenes en el humor del cineasta le sirven aquí para apuntalar esta montaña rusa recuperando otra fuente que los juegos ya habían vampirizado: la comedia de terror grotesca de Sam Raimi. Como en los mejores momentos de la saga Posesión infernal (o, puestos a hacer, Weapons), Resident Evil hace reír mientras nos encogemos y nos ponemos las manos en la cara. Una nueva y exitosa mutación que demuestra claramente que solo con soltura creativa se evita ser un zombi cultural.