Cinema

La maestra y el payés que son el corazón de la familia de 'Alcarràs'

Anna Otin y Jordi Pujol Dolcet interpretan a dos personajes centrales de la película de Carla Simón

Barcelona¿Cómo representar la payesía familiar del Pla de Lleida? Para Carla Simón solo había una manera posible: con personas de la zona, cercanas a la realidad vital, social y lingüística de los personajes de Alcarràs, que se estrena este viernes en los cines. El resultado, no hace falta insistir más, es extraordinario. El trabajo de los actores no profesionales que interpretan la familia Solé ha sido aclamado por la absoluta naturalidad que desprenden, no solo individualmente, sino también a la hora de capturar los ritmos y dinámicas familiares. La identificación es tal que, hoy todavía, se llaman entre ellos por los nombres que usaban en la película: mama, papa, padrí...

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Jordi Pujol Dolcet y Anna Otin interpretan en Alcarràs el núcleo de esta familia de ficción, Quimet y Dolors: él, visceral y con genio, se desloma trabajando la tierra mientras ella, más tranquila y discreta, cuida de la casa y de los hijos. Son el corazón de los Solé, columna vertebral de una familia que se deshace por la muerte anunciada de su mundo y su manera de vivir. Los personajes, claro, tienen cosas de ellos mismos, sobre todo en el caso de Pujol. Como Quimet, él era labrador y trabajó las tierras de la familia en Soses hasta que, hace catorce años, tuvo que dejarlo empujado por los precios ínfimos que se pagaban por la fruta. “Fue duro, muy jodido, como pasar una enfermedad, pero no me arrepiento porque ahora la cosa está peor, sobre todo para la juventud –dice–. De hecho, uno de los motivos para dejarlo fue que tenía un hijo de cuatro años y no lo quería, esto, para él. Por suerte encontré un trabajo en la brigada del Ayuntamiento y ahora estoy bien. Y por las tardes me voy a trabajar un trozo de tierra que me quedé, pero solo como hobby”.

Tràiler de 'Alcarràs'
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Los paralelismos entre Otin y Dolors son menores. “Yo soy más impulsiva, más gritona”, dice. La actriz de Alcarràs no es la mujer de un payés, a pesar de que conoce a muchos; ella trabaja como maestra en una escuela infantil con niños de P2. “Yo solo he cosechado fruta de joven, en verano con las amigas. Con el dinero me pagué la carrera de magisterio”, recuerda. Aun así, identifica claramente la dulzura y la autoridad silenciosa de Dolors con “las mujeres de antes” y, concretamente, con su abuela: “La recuerdo toda la tarde lavando las espinacas o lo que fuera, calladita... La abuela no levantó nunca la voz, pero siempre se hizo el que ella quiso”.

Un casting rocambolesco

El casting de Alcarràs fue largo y difícil, puesto que el equipo estuvo meses buscando por los alrededores de Alcarràs a los actores de la película. Pujol y Otin, de hecho, ni siquiera se presentaron a ninguna prueba. “Yo fui a una manifestación para salvar la payesía de Lleida y allí estaban ellos, buscando gente para hacer de Quimet –dice Pujol–. Me grabaron diciendo cuatro cosas y les debí de hacer gracia”. A él no le hacía tanta gracia, la idea de hacer cine. “Me daba miedo que la película hablara de la agricultura –admite–. Que si las macrogranjas, que si los payeses contaminan... No quería participar en una cosa que perjudicara la payesía. Además, yo no tengo ni idea, de esto de actuar, y no me pegaba nada”. La decisión final, aun así, no la tomó él. “Me obligaron –dice con media sonrisa–. La mujer me dijo que fuera y ya, que no me quería oír más”.

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El caso de Otin fue todavía más rocambolesco. “Yo iba a clase de aeróbic al gimnasio donde también hacían los castings de la película, pero no quería saber nada de aquello. «¿Carla Simón? ¿Quién es Carla Simón? ¿Cine de autor? Ui, cine de este raro no». Pero un día grabamos un videoclip los de la clase y se ve que la Carla Simón estaba por allá y me vio: «Esto es lo que busco»”. Otin se acabó dejando convencer e hizo pruebas hasta que solo quedaban ella y otras dos candidatas a Dolors que hicieron la última prueba con Pujol. “Estaba muy agobiado, pobre, pero congeniamos muy bien y me eligieron a mí –dice Otin–. Y menos mal. Un año después, en Berlín, nos decíamos: «¿Te imaginas ahora que no hubiéramos hecho la película?»”.

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Antes del rodaje, Carla Simón se llevó el reparto a una masía de L'Horta de Lleida –la Casa Verde, le llamaban los actores– donde los tuvo unos meses familiarizándose con los personajes de una manera natural y relajada, como si todo aquello fuera un juego . “Hacíamos escenas de la película y situaciones que imaginaba Carla y nos iba diciendo cosas: ahora grita más, ahora pon mala cara –explica Pujol–. Al principio no sabía qué quería esta mujer, pero cuando llegamos al rodaje todo fue muy fácil”. Otin apunta que, a fuerza de convivir en la Casa Verde, surgieron los vínculos entre los actores y “nació la familia Solé”. “Carla sabe exactamente lo que quiere, pero te deja mucha libertad y te hace estar muy a gusto –dice–. Te va moviendo de un lugar al otro y, poco a poco, aprendes a ser más Dolors y menos tú misma. ¡Si incluso ha hecho bailar a Jordi, que su mujer dice que no lo hacía desde el casamiento! Y también lo ha hecho llorar, que seguramente no lo hacía desde niño. Quieras o no, te saca las cosas de dentro”.

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Lágrimas y bofetadas

La escena en la que Quimet llora fue, justamente, la más difícil de la película para Pujol. “No sé ni cuántas veces la repetimos, no me salía –recuerda–. ¿Cómo llorar de repente, si estábamos todos allí tan bien? Y también está lo que nos han dicho siempre a los hombres, que no tenemos que llorar. Era una lucha con mi cerebro”. El equipo recorrió a los trucos habituales: pelar cebollas, Vicks VapoRub... Pero nada hacía efecto. “Ni una lágrima –confirma Pujol–. Pero cuando al final salieron, fueron de verdad. Ahora bien, no sé ni como lo hice. Supongo que por las emociones. Lo pasé fatal”.

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Otin también lo pasó muy mal en una escena en que tenía que clavar un par de bofetadas al marido y al hijo. “Es que para mí no eran Quimet y Roger, sino Jordi y Albert –dice–. Les pegaba flojito porque no les quería hacer daño. Y claro, la Carla me decía que no se lo creía y venga repetir. Eso cada vez más blando, y Carla más preocupada. Hasta que dije: «¿Les pego de verdad? ¿Es lo que quieres?». Y les metí un bofetón de verdad que se hizo un silencio sepulcral. «Espectacular», dijo Carla. Yo suspiré aliviada. Pero entonces dice: «Ahora hagámoslo desde otro ángulo». Y yo: «¿Cómo?»” [ríe]. El esfuerzo tuvo premio: en la proyección al Festival de Málaga estalló una ovación en el momento de la bofetada. “Debía de haber mucha feminista, allí –dice Otin–. Después le dije a la Carla «¡A ti te habrán dado el Oso de Oro pero a mi me han aplaudido por pegar a mi marido!»”.