Un autor sin rostro busca la máscara del pseudónimo
05/07/2026
4 min

A veces fantaseo con escribir con seudónimo. En la ficción, me permitiría abordar temas que por cuestiones personales me están vedados (si escribiera, las consecuencias en la vida real serían demasiado trascendentes), y también me ahorraría un montón de trabajo de promoción y, por tanto, también un montón de insultos en las redes (ya sabemos que digas lo que digas en las entrevistas, siempre hay un reel que dará en el clavo: vivimos en un mundo con una tendencia excesiva a dar en el clavo); en el articulismo, un seudónimo me daría alas para no callarme ni censurarme (os aseguro que a menudo, o incluso casi siempre, me muerdo la lengua; al fin y al cabo, la represión es un mecanismo de origen social). Fantaseo con la idea de no firmar mis textos, pero enseguida me doy cuenta de que esto tiene dos problemas. El primero es que sospecho que no costaría mucho darse cuenta de que soy yo; al fin y al cabo, cada uno tiene sus manías temáticas, léxicas, sintácticas, idiosincrásicas, etcétera, lo que se llama una voz propia, de manera que si no te has escondido tras un nombre falso desde el principio, difícilmente podrás empezar a hacerlo a medio camino, si no es de una manera natural, porque, claro, si tienes que hacer un gran esfuerzo para que no se note que eres tú, quizás todo ello, al no tener verdad ni para el autor, ya estará viciado de entrada.Imaginando que pudiera superar el obstáculo de que me identificaran, queda todavía el segundo problema: en la ficción, implicaría que habría que labrar el terreno desde cero y seguramente de entrada vendería muchos menos libros (tampoco es que ahora venda muchos, no os penséis), de manera que todo se volvería económicamente (aún) más precario, más aún por el hecho de que buena parte de los ingresos de un escritor derivan de los trabajos satélite: clubs de lectura, charlas y compañía; en el caso del articulismo el problema sería que imagino que al menos una parte del interés de mis artículos deriva de quién soy: del trabajo que hago, del bagaje que tengo, del lugar que ocupo en el mundo. Creo que cuando leemos una opinión, un insulto o una digresión sobre cualquier tema es interesante saber quién nos habla, para poder así apreciar mejor las virtudes y sesgos que tendrá (desengañémonos: todos los tenemos). Así que fantaseo y después abandono la idea.¿Es poco sincera la crítica, en nuestra casa?

Todo esto viene a raíz del (leve) polvillo que ha levantado esta revista que se llama No tiene nombre, y que se define a sí misma como "una plataforma para la crítica cultural honesta y rigurosa con una diferencia clave respecto de los medios convencionales: el uso de los seudónimos". Detrás hay una fundación y un consejo de redacción con nombres y apellidos (Enric Borràs, Marçal Girbau, Enric Virgili y Anna Tort), que son quienes filtran el articulismo firmado con nombres falsos. En su manifiesto afirman que en nuestro país la crítica es, en general, poco sincera, que carece de un análisis en profundidad y que está demasiado marcada por los egos, la autocensura y el amiguismo.A mí me parece que el diagnóstico, a pesar de no ser del todo mentira (yo misma os he confesado que me censuro), es quizás un poco exagerado; sí que hay algún ego que supura (fijaos que no digo nombres), pero diría que es más la excepción que la norma, y no creo que el amiguismo dicte la mayoría de las críticas que se publican. La autocensura diría que es el peligro más grande que corremos, por una cuestión, en el fondo, también económica: los críticos (con la miseria que les pagan: aprovecho para pedir desde aquí que les suban el precio por pieza) tienen que hacer otros trabajos, a menudo dentro del mismo sistema cultural que critican, un sistema en el cual los egos más importantes diría que no son los de los críticos sino los de los creadores.Sea como sea, ante la noticia de esta revista, no sé qué pensar. Por un lado, la idea es o podría ser interesante; veo en ella las buenas intenciones y las virtudes de cara a evitar la autocensura, que es el único de los tres peligros que verdaderamente se esquiva con el uso de seudónimos (el amiguismo se puede dar de la misma manera y el ego, a pesar de que no vaya ligado a un nombre real, también).Por otro lado, sin embargo, estamos curados de espanto con el anonimato en las redes, que es el escudo que usan los cobardes para insultar y escarnir, de manera que no son pocos los que cuando leen "crítica con seudónimo" ven carta blanca para disparar a torta y a palo. Ya entiendo que no es la voluntad de No tiene nombre, pero es inevitable imaginar hasta dónde se podría llegar. Los responsables de la revista se defienden argumentando que seudónimo y anonimato no son lo mismo y se remiten al historial del seudónimo en la cultura catalana. Vamos, no me fastidies, todos sabían que Xènius era Eugeni d’Ors! Quizás anonimato y seudónimo no son lo mismo, pero se parecen mucho. No todos los seudónimos son anónimos ni todos los textos anónimos tienen seudónimo. Pero sí que hay un gran conjunto de intersección, que es el terreno que ellos pisan.Todo esto lo escribo al día siguiente de que haya salido publicada en Núvol una crítica argumentada, profunda y brillante de Jaume Forés Juliana sobre La ópera de los tres reales que inauguró el Grec. De momento, en ninguna de las críticas anónimas he encontrado tanta profundidad ni extensión ni acierto. Quizás más que críticas anónimas, haría falta que alguien nos aclare todos estos amiguismos, egos e insinceridad que supuestamente nos rodean, alguien que nos dé los nombres de las personas y los medios, alguien que (si hace falta tras un seudónimo) apunte y dispare.

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