Una imagen de la última feria del libro de París
02/05/2026
4 min

Como quien mira un documental de animales, he observado con interés tres cosas que han pasado estos últimos meses en el mercado literario francés, un mercado tradicionalmente proteccionista que ha sabido defenderse, en parte, de las colonizaciones culturales anglosajonas y que, por este motivo, envidio furiosamente.La primera noticia destacable es que a principios de marzo de este año se anunció que Amazon sería "socio" de la Feria del Libro de París; con socio querían decir, evidentemente, que pondría mucho dinero. Hace tiempo que en casa de los vecinos hay un tira y afloja con Amazon: desde 2023 una ley impone que los envíos de libros tengan una tarifa mínima de envío de tres euros (leo que hace poco Urtasun ha dicho que están estudiando hacer algo similar en casa nuestra). El caso es que Amazon interpreta, muy interesadamente, que si el libro se entrega en una taquilla no hace falta aplicar esta tarifa. La discusión está servida, claro. Que Amazon es una amenaza para las librerías no es ninguna novedad (en esto estoy de acuerdo con lo que decía Oriol Soler hace poco, aunque pensar que Amazon es nuestro único problema me parece reduccionista y un poco tramposo); lo que sí es novedad es que a raíz del anuncio del patrocinio de Amazon, la Asociación Francesa de Libreros decidió plantarse y retirarse de La Feria con el argumento de que Amazon tiene unas aspiraciones depredadoras y hegemónicas que son un peligro para todas las personas del sector: autores, editores y libreros. Me complace ver el espíritu combativo de los franceses y me pregunto qué pasaría si esto hubiera tenido lugar en casa nuestra. Me da la impresión de que nos lo habríamos comido con patatas, porque siempre vamos cortos de audacia y sobrados de temores, y quizás también porque los eslabones de nuestro sistema son más débiles que los franceses. El caso es que a raíz de la polémica Amazon decidió retirarse de la Feria del Libro. A veces, plantar cara obtiene resultados: tatuémoslo para no olvidarlo.El segundo hecho noticiable es que este año la Feria de París no ha contado con los principales sellos de Hachette, que diría que es la editorial francesa con más cuota de mercado (similar o superior a la del grupo Planeta en España, si la IA no me engaña). No solo no ha ido, sino que se montó un festivalito alternativo ella sola durante el mes de marzo. Esto nos confirma que no hay que tener miedo solo de los grandes grupos internacionales sino también de los nacionales, que la voluntad depredadora y hegemónica nos salpica a todos. La polémica en el sello Grasset

El tercer acontecimiento que me ha interesado es el que ha sucedido con el sello Grasset, que es precisamente uno de los más importantes de Hachette. Allí publican (publicaban) autores como Virginie Despentes, Vanessa Springora, Sorj Chalandon, Bernard-Henri Lévy o Pascal Bruckner; ellos y 110 autores más hicieron pública una carta abierta a Libération anunciando que, a raíz de la destitución de Olivier Nora (el editor histórico de Grasset desde hacía veintiséis años) no volverían a firmar con Grasset. 115 autores, ¡madredelamorhermoso!, y medio centenar más se han sumado después a la protesta. Estoy casi convencida de que los autores de aquí nos habríamos resignado y ya está, aunque, eso sí, en privado habríamos despotricado hasta la extenuación: es lo que tenemos, en privado decimos de todo (elogios y blasfemias) pero en público callamos como nadie. Todo el lío de Grasset tiene su desencadenante en el propietario, Vincent Bolloré, un magnate que con sus millones se dedica a promover ideas de extrema derecha, por ejemplo, a través de Europe 1, la radio privada más importante de Francia que –oh, qué casualidad– decidió comprar poco antes de las elecciones francesas. Ya nos podemos imaginar que el multimillonario no se ha despeinado ni un pelo con la partida de este centenar de autores que consideran que la salida de Nora es un “atentado inaceptable a la independencia editorial y a la libertad creativa” y que se niegan a “ser los rehenes de una guerra ideológica que pretende imponer el autoritarismo en toda la cultura y los medios”; Bolloré no se ha inmutado porque podemos deducir que la literatura, de hecho, se la trae al pairo. Todo ello es, sin duda, una noticia tristísima y desalentadora. ¿Y qué hacemos nosotros con todo esto? Por un lado, mirárnoslo de cerca y seguirlo con atención, porque tal como dice aquella frase hecha sobre la barba del vecino, quizás nos convendría ir poniendo la nuestra a remojar. Por otro lado, convendría ir tomando conciencia de que callar y tragar no siempre es la mejor estrategia, que la resistencia a veces no es solo necesaria sino también útil, que el colectivo tiene una fuerza que el individuo no tiene, etcétera. Bueno, quizás no serviría de nada y más valdría quedarnos en el sofá tirados mirando documentales, que bien que los hay para todos los gustos: en unos la cebra siempre sucumbe al león, en otros un búlo carga contra un depredador de una cornada y en algunos hasta hay peces que se juntan formando un remolino para confundir y salvarse del peor de sus depredadores.

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