Éric Vuillard sigue los pasos de Billy el Niño para explicar las grandes desigualdades en los Estados Unidos
En la novela 'Els desesperats', el escritor francés se adentra en el Oeste de los EE. UU. para denunciar los orígenes del poder norteamericano
BarcelonaHollywood ha hecho múltiples versiones sobre Billy el Niño: desde la de King Vidor de 1930 hasta la de Sam Peckinpah de 1973, sin olvidar la interpretación que hizo Paul Newman en 1958. Pero la mirada quirúrgica del escritor francés Éric Vuillard (Lyon, 1968) muestra otro tipo de violencia, bastante alejada de cualquier romanticismo. Después de narrar la Revolución Francesa desde el punto de vista de la gente de la calle en 14 de julio (2016), y de desenmascarar a los grandes poderes económicos que hicieron posible el ascenso del nazismo en El orden del día (premio Goncourt 2017), Vuillard vuelve a poner la lupa en los trapos sucios del poder en Los desesperados. Una historia de Billy el Niño (Edicions 62 / Tusquets), con traducción al castellano de Jordi Martín Lloret.
Para Vuillard, la leyenda del bandido del Oeste norteamericano no es más que un espejismo para esconder otra historia más incómoda: la apropiación de tierras en Estados Unidos y el nacimiento de las grandes desigualdades. El escritor francés conecta la pequeña delincuencia de la frontera con la génesis del capitalismo moderno. La expansión hacia el Oeste no la hizo el ejército, explica el escritor, sino bandidos y vaqueros precarizados que robaban ganado para venderlo por cuatro perras a grandes terratenientes.
El primer muerto
"A mí lo que me interesaba no era Billy el Niño como un caso aislado, sino el Billy inmerso en esa masa de bandidos precarizados", dice Vuillard, que se documentó a fondo para averiguar una cosa bastante imposible: quién era el joven que murió con tan solo 21 años y de quien ni siquiera sabemos a ciencia cierta el nombre real. Se crió sin padre y su madre murió cuando él tenía 14 años. Su primer robo podría haber sido, según Vuillard, unas cuantas libras de mantequilla. A los 17 años mató a un hombre, una primera muerte que el escritor francés retrata de manera radicalmente diferente a como se había hecho hasta ahora: su contrincante, Frank Cahill, no era un artesano honesto que tuvo la mala suerte de toparse con un granuja, sino un exmilitar corpulento, que había participado en la matanza de indígenas y que estaba vinculado a la prostitución. Billy, en cambio, era un joven escuálido, apunta Vuillard, que, en medio de la violencia del momento, simplemente intentaba salvar el pellejo. Era todo lo contrario del self-made man: siguió siendo pobre y no llegó a ninguna parte.
"A los malhechores de poca monta como Billy el Niño nadie los quiere –reflexiona el autor–. Obviamente, a la gente honrada como nosotros no nos gusta que nos roben, pero tampoco gustan a los marxistas. Cabe recordar que Marx, y con razón, los consideraba no revolucionarios. Son gente poco fiable, pero forman parte de la inmensa cohorte de los pobres y de los migrantes". Para el escritor francés, la cultura contemporánea ha dado un giro peligroso respecto a estos colectivos: "En los años 70 u 80 se buscaba comprender las causas de la delincuencia, se tenía compasión social. Hoy el discurso se ha invertido: se quiere borrar a los delincuentes del espacio social, olvidar sus causas y atender solo al hecho de que el orden establecido se ha alterado".
En el otro lado, en la historia narrada por Vuillard, está el abogado Thomas Benton Catron, que vivió hasta los 80 años, fue alcalde de Santa Fe y senador, y cuya firma todavía existe. "Benton Catron me interesa como uno de los elementos de una clase que se situará en el origen de la democracia americana. Es decir, una élite que impondrá un sistema en apariencia democrático –y que lo es en ciertos aspectos, porque permite a la gente votar–, pero que a la vez se articula mediante una especie de filtro censitario: el de la gran propiedad privada", asegura el autor.
El saqueo sistemático
Fueron estos grandes empresarios los que impulsaron "un saqueo sistemático", dice Vuillard. Personajes como el político republicano James Dolan hicieron fortunas suministrando ganado robado al ejército, y grandes terratenientes construyeron imperios con miles de cabezas de ganado conseguidas gracias al trabajo sucio de estos jóvenes marginados. Esta concentración de la riqueza requirió, inevitablemente, un aparato de control. "Cuando los grandes propietarios ya habían acumulado la tierra y el ganado, contrataron a los mismos antiguos bandidos para formar las fuerzas del orden, bajo el mando de sheriffs como Pat Garrett [el hombre que mató a Billy el Niño y escribió un libro sobre ello], hijo de terratenientes esclavistas", explica el autor.
"Esto significa que las fuerzas del orden americanas se construyeron sobre la base de pequeños delincuentes, y que la policía, para hacer bien su trabajo, nació con la idea de que a veces tiene que cometer actos ilegales", denuncia Vuillard, estableciendo un hilo conductor directo con el presente: "Entre Pat Garrett y la muerte de George Floyd hay una clara continuidad. Solo hay que mirar a Trump. Cuando el poder se expresa sin contenciones, como es el caso del presidente de los Estados Unidos hoy, puede ser de una violencia muy, muy grande".
El análisis de Vuillard trasciende el siglo XIX para convertirse en una advertencia sobre el mundo actual, marcado por la acumulación extrema de riqueza en pocas manos. "Vivimos un momento en el que las desigualdades se refuerzan. En los Estados Unidos se dio la impresión de una democracia en la que todo el mundo podía prosperar, pero se impuso la desigualdad. Solo hay que ver hoy en día que hay un hombre al frente de los Estados Unidos que posee, él solo, un patrimonio superior al de todos los senadores americanos juntos para darse cuenta de que no estamos nada lejos de esta lógica", explica.
Vuillard vindica la literatura como un acto de desobediencia, y cita a los huérfanos de Dickens, al Gavroche de Los miserables, deVictor Hugo, y al Heathcliff de Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, para decir que los desesperados del libro no son héroes ni malvados románticos: son el síntoma visible de una violencia estructural.