Los libros y las cosas

La escalivada y el arroz, antídotos contra la islamofobia

Arroz con pescado y verduritas
28/01/2026
Director adjunto en el ARA
3 min

El 1714 es una fecha bien fijada y connotada en la historia de Cataluña. Mil años antes, en el 714, también debería ser un hito recordado: es cuando los musulmanes bereberes y árabes culminan en las actuales tierras catalanas la conquista de toda la península ibérica (solo quedaron al margen tierras gallegas, vascas y algunas pirenaicas). Los invasores después todavía seguirían hacia el norte: Narbona (720), Toulouse (721) y Carcasona y Nimes (725).

En la actual Catalunya, Girona y Barcelona no ofrecieron resistencia, pero sí Tarragona, que quedó destruida y deshabitada, o Badalona, ​​Mataró, Terrassa y posiblemente Empúries. Todos juntos pasamos a formar parte de Al-Ándalus -hay mucha discusión sobre cómo escribir-, encuadrados en el imperio islámico de los omeyas gobernado desde la ciudad hoy siria de Damasco.

Por cierto, Baleares no entraron en el mundo islámico hasta el siglo X. Y también por cierto, la rivalidad política y militar entre los mundos cristiano y musulmán fue en paralelo con unos fructíferos intercambios culturales, tal y como lo escribe la filóloga e historiadora Dolors Bramon, que ha publicado una nueva obra La herencia islámica, número 244 de la colección Cuadernos de la 'Revista de Girona'. Pese a poner el foco en Gerona, ilumina la realidad de todo el legado islámico catalán.

Un libro de este tipo, riguroso, ilustrado y pedagógico, es hoy más necesario que nunca para combatir la creciente islamofobia explotada por la ultraderecha de Alianza y Vox. Entre otras cosas, Bramon recuerda, por ejemplo, que el islam no pone énfasis en el proselitismo religioso entre los que practican otra religión monoteísta, quienes, según el Corán, no pueden ser obligados a cambiar de creencia, de modo que en el siglo VIII y siguientes los cristianos pudieron seguir practicando su religión, eso sí, a cambio de pagar unos tributos.

Esto no quiere decir que algunos hicieran el cambio. Incluso al revés, caso del caudillo bereber Munussa, que fortificó a Llívia y se casó con Lampègia, hija del duque de Aquitánica y de Gascuña. Vencido por sus antiguos correligionarios, se acabó suicidando tirándose de una peña en 731. Entonces Lampègia fue llevada al emir de Córdoba, que se enamoró. Sin embargo, parece que acabó sus días en el harén de Damasco.

Dejamos el amor y volvemos a la guerra. O mejor, en la demografía. Por entonces, en pocas décadas (711 al 755), vinieron un millón de personas procedentes del mundo arábigo y del norte de África (sobre todo bereberes), que se añadieron a una población peninsular que se calcula que tenía entre 6 y 9 millones. La mezcla era inevitable.

Ahora sí, la guerra: si en el 732 el derrumbe islámico en Poitiers marcó esta ciudad como la frontera entre el islam y la cristiandad, entre el 759 y el 785, cuando Girona pasó a manos de los francos, esta frontera se situó en el Onyar. Pero al igual que había ocurrido con los cristianos bajo el período islámico, también los musulmanes en territorio cristiano pudieron conservar su credo, de nuevo con algunas limitaciones y peajes monetarios: son los llamados mudéjares, moros o sarracenos. La presencia políticamente islámica en la actual Cataluña se alargó todavía varios siglos, hasta que la cuenta Ramon Berenguer IV conquistó Tortosa (1147), Lleida (1148) y Siurana y la sierra de Prades (1153), último reducto catalán bajo gobiernos musulmanes.

La impronta cultural musulmana es muy relevante. Incluso un severo cristiano como Francisco Eiximenis (siglo XIV), contrario a la tolerancia hacia los sarracenos, les reconocía el valor de la austeridad en el vestir y de la educación de los hijos, y la sabiduría de sus filósofos y científicos. No en vano, sin ellos no habrían llegado los avances babilónicos, indios y de la antigua Grecia. Desde la botánica a la física y la matemática, pasando por la medicina y la farmacología, o la mecánica y la zoología.

El monasterio de Ripoll fue clave en esta transmisión, con la figura central del abad Oliba (971-1014), que dio continuidad a unas relaciones culturales entre las tierras catalanas y andalusíes consolidadas sobre todo bajo el reinado del califa al-Hakam II (961-976). Sí, la apertura mental de Ripoll resultó decisiva. Qué contraste con el cierre orriolista de hoy.

Por supuesto, es suficientemente sabida la influencia en el vocabulario, la toponimia y la cocina. En la lengua, nos han legado desde elenxaneta de los castellers hasta los verbos acariciar o curiosear, por citar casos poco conocidos. Y en la comida, la lista es suculenta: la escalivada, el arroz, el azúcar, el azafrán, el pistacho, la sandía... En fin, nada como una buena comida de escalivada y arroz para combatir la esclusa e intolerante islamofobia. Y si puede ser con sobremesa con Dolors Bramon, mejor aún.

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