Literatura

El fantasma de la túnica ensangrentada

'Josep y sus hermanos' fue el proyecto literario más ambicioso de Thomas Mann, y Ramon Monton le está traduciendo por primera vez al catalán en una edición impecable de Comanegra

Un detalle de la historia de 'Josep y sus hermanos' en el manuscrito medieval del 'Hortus Deliciarum', del siglo XII
20/01/2026
4 min
  • Thomas Mann
  • Traducción de Ramon Monton
  • Comanegra
  • 1.'Las historias de Jaacob' (495 páginas)
  • 2.'El joven Josep' (352 páginas)

Esta tetralogía fue, para Thomas Mann, el proyecto de su vida. Lo ocupó durante el grosor de su madurez, porque empezó a escribir el libro en 1926 y no lo dio por terminado hasta 1943. Sólo dos años antes de la fecha inicial había publicado La montaña mágica, y cuatro después de la final, El Doctor Faustus. Más de ciento veinte años antes, Goethe también se había sentido fascinado por la historia bíblica de José, y había querido darle una visión personal, pero no tuvo éxito. Esto se convirtió en un estímulo para Mann, que sí culminó su obra (la consideraba una "divina novela picaresca"). Hoy tenemos la suerte de poder conocer los dos primeros libros de la tetralogía, en una traducción muy legidora de Ramon Monton. Déjeme que aplauda, ​​también, su edición: limpia de erratas y chapuzas, cosa desgraciadamente infrecuente en la producción editorial catalana.

Como las historias de los grandes patriarcas, la de Jaacob y José está llena de engaños y traiciones. Y de tragedias, fruto de la administración, a menudo injusta, de una bendición. El primero es ungido por Isaac, su padre, cuando el derecho de primogenitura correspondía, a derecha ley, a Esaú, su hermano. Pero la madre de ambos, Rebeca, maquina una ardid para que el privilegio recaiga en el pequeño, sirviéndose arterosamente de la ceguera de Isaac. Tiempo después de eso, Jaacob, que ha tenido que emigrar a causa de la traición, alcanza el país de Labán, su tío, y se enamora al primer vistazo de su hija pequeña, Raquel. Pero el futuro suegro le hace gruar: el joven tendrá que trabajar siete años para él (¡la predilección bíblica por el número 7 debía placer, por fuerza, a Mann!). Llega, finalmente, el día de la boda, y durante la noche de boda Laban utiliza una ávia estratagema: el cuarto nupcial donde el esposo espera su amada es oscura como una garganta de lobo, y quien hace salpicar al viejo es Lia, la hija mayor, de buena presencia pero bien bizca, en vez de la cobe. Esto implicará otros siete años de trabajos forzados para hacer la mano de la pequeña. Jaacob tuvo doce hijos y una hija de cuatro mujeres distintas, pero con Raquel, la legítima, sólo engendró dos: José, su preferido, y Benjamín (o Benoní, el hijo de la muerte: su nacimiento comportó el traspaso de la madre).

Un José presuntuoso y bocazas

La predilección de Jaacob por José y también la poca traza del chico para hacerse estimable motivan la envidia y los celos de sus diez hermanastros. Mann nos representa al protagonista como un efebo ("un ser de una belleza que haría palidecer la luz del sol y de la luna"), presuntuoso y bocazas, aunque privado de compasión. Sabe leer las piedras e interpretar los sueños, que, en su caso, ungido como es, se convierten a menudo en premonitorios. Hasta que los hermanastros le abuchean de mala manera y, atado de pies y manos, lo echan en un pozo. Más tarde, lo venden a unos mercaderes. Éste es el pasaje crucial que recrea el alemán en la segunda novela. Antes, en la primera, había rememorado –y recreado– las raíces familiares, y hasta había retrocedido mucho más allá para referirnos a los mitos del diluvio universal y de la Torre de Babel. Pero lo esencial es este episodio: la traición de los diez hermanos, las dudas del mayor, Rubén, y el dolor de Jaacob al saber la muerte de su hijo, que él infiere por los harapos ensangrentados de la túnica que vestía, que le ha hecho llegar un mensajero. Esta misma túnica (o velo) había pertenecido a su madre, Raquel, y constituye el tesoro más valioso que ha heredado el joven José. La primera noticia que habíamos tenido del novio, tocado por el influjo de la luna, estaba por la noche, apoyado en el brocal de un pozo. La última, aún con vida, en un pozo –la puerta del inframundo.

El lector familiarizado con la obra de Mann reconocerá en ella sus prolijas y matizadas reflexiones sobre un blando de asuntos. El de la belleza, por ejemplo, y el de la sabiduría, dos de las virtudes que reúne José, para quien resulta estimulante "la convivencia del cuerpo y el espíritu, de la belleza y la sabiduría, y la conciencia de cómo estos dos principios se reforzaban mutuamente". El del servicio del hombre, también: ¿debe ser reservado exclusivamente al Altísimo?, se pregunta el narrador. O el de la misma creación de Dios: "Abraham era el padre de Dios. Él lo había descubierto y se le había arrebatado".

Josep de Thomas Mann, gorro en tantos aspectos, se nos muestra a menudo como un ver filósofo: "O la vida es una ilusión o lo es la belleza. No las encuentras juntas en la realidad". Este portento de novela reflexiona, todavía, sobre el "monstruo tarquimoso de la venganza". La frase ancha del alemán nos acompaña siempre, nos ensambla. Ahora bien, lo que más me ha golpeado de la visión manniana son, por un lado, la duda de Rubén, el hijo primogénito de Jaacob con Lia, que, a raíz de dejar malherido a José y abocarlo al pozo, todavía no muerto, establece una interesante distinción entre acción y suceso. Y, por otra, la aflicción delirante de Jaacob al conocer la funesta nueva de la suerte revesa del hijo predilecto. Su desconsolada queja a Dios, que adquiere proporciones heréticas, resulta memorable: "Pero si el hombre se ha vuelto frágil y delicado en Dios, un alma virtuosa, y en cambio Dios le exige una abominación horrible que no puede aceptar, sino que debe escupirlo y decir 'Me niego a aceptar' seguido el mismo ritmo en el proceso de santificación, sino que ha quedado retrasado y es todavía un monstruo". Mann en estado puro! (No puedo esconder que me hubiera encantado saber qué habría dicho Nietzsche, de esta obra, si hubiera tenido la posibilidad de leerla.)

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