Colm Tóibín: "He vuelto a Barcelona para hacer una confesión sobre Mercè Rodoreda"
Escritor
BarcelonaColm Tóibín (Enniscorthy, 1955), para poder decir la suya sobre Mercè Rodoreda –una escritora que lee desde hace décadas–, ha buscado un hueco en su apretadísima agenda y ha cruzado el océano Atlántico desde Los Ángeles. El autor de novelas como Brooklyn y El mago –ambas en catalán en la editorial Amsterdam– ha sido el último invitado de la exposiciónRodoreda, un bosc, que cerró sus puertas hace unos días en el CCCB. La han visitado 81.880 personas desde diciembre, hito que la ha convertido en la séptima muestra más visitada de la historia del equipamiento barcelonés y en la primera de más éxito centrada en literatura, por encima de las que se programaron sobre Claudio Magris, Salvador Espriu y W.G. Sebald.
En el texto que dedica al catálogo de Rodoreda, un bosc escribe que "muchos pasajes de La plaça del Diamant tienen el mismo sentido de sobriedad, aislamiento, introspección y observación que encontramos en los primeros relatos de Dublineses, de Joyce". ¿Fue La plaça del Diamant la primera novela de Rodoreda que leyó?
— Fue la primera de la que tuve noticia. Debía ser hacia 1976 o 1977.
Había venido a vivir a Barcelona en 1975, experiencia que muchos años después recogió en un libro, Homenatge a Barcelona [1990; en catalán en Ara Llibres]. Allí escribía más del impacto que le causaron el arte y la arquitectura que de la literatura.
— Llegué a Rodoreda a través de un personaje entonces muy conocido, que se encontraba en el límite de mi círculo de amistades barcelonesas, y que se llamaba David Rosenthal. Coincidimos una o dos veces, sin llegar a tener nunca ninguna conversación, y alguien me hizo saber que David había hecho un descubrimiento importante.
Rosenthal fue el primer traductor de La plaza del Diamante. Su versión, que lleva por título The time of the doves, se publicó en 1980 en Nueva York por primera vez.
— No la leí hasta la década de los noventa, cuando ya había publicado mis primeros libros. Si hubiera leído a Rodoreda antes, me habría ayudado a encontrar una manera de expresarme literariamente menos engorrosa, a la cual acabé llegando más adelante.
Ahora ha venido a Barcelona para hablar de la obra de Rodoreda, que desde hace años es la autora catalana más traducida de la historia.
— He vuelto a Barcelona para hacer una confesión sobre Mercè Rodoreda.
Espero que no sea que ha cambiado de opinión sobre el valor de su obra. Nos rompería el corazón... y se ganaría la enemistad de los rodoredianos.
— No, al contrario. Rodoreda es una autora genial. Poco antes de salir de Los Ángeles estaba muy inquieto y fui a ver a un cura para confesarle un pecado en relación con Mercè Rodoreda: a pesar de que había leído y escrito sobre La plaza del Diamante [1962], La muerte y la primavera [1986], Viajes y flores [1980] y otros libros suyos, hasta ahora no había abierto mi ejemplar de El calle de las Camelias [1966] que tenía desde hace años. Y he de reconocer que se ha convertido en mi novela preferida de Rodoreda.
Por qué?
— Es una novela increíblemente ingeniosa, escrita de maravilla, una obra muy política que, a la vez, conecta con una peculiar tradición literaria cómica que tiene sus raíces en el Quijote, y que consiste en explicar una historia con una voz aparentemente inocente, que se toma las cosas con seriedad, aunque sabe que detrás puede haber una lectura humorística. No es que el narrador no sea de fiar, sino que es ambiguo.
La narradora y protagonista es Cecilia Ce, una chica huérfana que no llega a alcanzar la madurez emocional hasta que ha sufrido a manos de diversos hombres de la Barcelona de posguerra.
— Hay escenas magistrales, como aquella del Liceo en que Cecilia asiste por primera vez a una ópera donde va su amante. Cecilia es, en aquellos momentos, la mantenida de aquel hombre burgués, y aunque valore la experiencia estética de estar en el Liceo no puede dejar de mirar al hombre, acompañado de su esposa, una mujer bonita, elegante y resplandeciente. Si quieres estudiar la represión política en una dictadura, lo que debes hacer, en lugar de examinar los encarcelamientos y la vulneración de los derechos humanos, es mirar qué libertad sexual tiene la gente. A la Barcelona de El calle de las Camelias, Cecilia vive en una situación de absoluta represión. Solo puede aspirar a ser la amante de toda una serie de hombres a quienes debe esperar en el apartamento que le han alquilado. A ella le parece una situación normal, pero es terrible. Las mujeres y los homosexuales son los más perjudicados en situaciones de represión política. Solo hay que echar un vistazo a la América de Trump o a la Rusia de Putin. Aunque El calle de las Camelias no sea directamente una novela sobre el régimen franquista, Rodoreda nos habla de ello de una manera más profunda, a partir de la vida aparentemente normal de la protagonista.
La calle de las Camelias es también una novela sobre quién tiene el poder en la Barcelona de la primera posguerra.
— Es una novela sobre el poder escrita por una mujer que no tiene nada en absoluto. A Cecilia la supervisan y controlan constantemente y, a pesar de ello, no puede evitar explicar su terrible experiencia vital con toques de comedia. Echa un vistazo a estas dos frases: “Tenía que vivir hasta la muerte. Una vida son muchos días”. Es imposible escribir mejor.
Uno de los rasgos de la Rodoreda de La plaza del Diamante que más aprecia usted es la falsa simplicidad de la voz de la Colometa.
— Es una novela escrita desde el exilio por parte de una autora que no sabe si su lengua tendrá futuro. La voz de la historia es la de una chica que nos va explicando sus experiencias y desengaños a medida que va madurando. Veo ecos de la Irlanda que nos explica James Joyce en Dublineses, de la Islandia de Gudbergur Bergsson en El cisne y de algunos poemas de Elizabeth Bishop donde recuerda la infancia en Nueva Escocia. El punto que los hermana es la dicción llana de la voz. No hay mucha ornamentación estilística –un exceso de adjetivos o adverbios– ni tampoco una gran complicación gramatical. Escribe con la necesidad de explicar su verdad, sin ser del todo consciente ni analizarla.
¿Qué me dice de la Barcelona que aparece en la novela? Debe ser muy diferente de la que usted conoció a mediados de la década de los 70.
— Sí que es muy diferente. Rodoreda nos habla de una Barcelona muy personal, en La plaza del Diamante. No quiere dar una imagen topográfica de la ciudad ni crear una atmósfera global. Tiene que ver con la percepción de la voz que nos explica la historia, la Natàlia. Gracias a eso, lo que recibimos como lectores es su perspectiva individual, que es muy buena a la hora de abordar el dolor, la ausencia, la pérdida... y también la guerra. En La plaza del Diamante Rodoreda rechaza hacer ningún tipo de juicio ni posicionarse moralmente: nos dice lo que, según el personaje, pasó, y con eso ya es suficiente. En El calle de las Camelias, Rodoreda sí que quiere dar una imagen de la ciudad: nos habla del Liceo, de la gente que espía el balcón del delante en calles estrechas, de lo que representa ir hasta el puerto...
La exposición Rodoreda, un bosque, en lugar de ofrecer un recorrido por la vida de la autora, intenta volver a poner en el centro del discurso la riqueza y la complejidad de su obra. ¿Está de acuerdo?
— firmaba los libros y poemas con el seudónimo de Armand Obiols
Joan Prat, a pesar de que firmaba los libros y poemas con el seudónimo de Armand Obiols.
— Lo vemos a través de algunas fotos y también de las cartas que enviaba desde aquel campo de trabajo alemán en Burdeos durante la Segunda Guerra Mundial.
Prat acabó teniendo un cargo destacado.
— Es fuerte, todo eso. La exposición no lo oculta, pero prefiere centrarse en la parte creativa y onírica de Rodoreda. Es poco habitual que esto pase, y me parece inteligente. Si ahora hicieran una exposición sobre Sylvia Plath, Doris Lessing o Nadine Gordimer, me extrañaría que se tomaran tan en serio su obra, y no porque no se lo merezcan. Además, Rodoreda, un bosque ha desmontado el cliché de que la obra de juventud es sencilla y está protagonizada por personajes únicos en paisajes reconocibles, en contraposición con una obra de madurez experimental y extraña. Mientras está en Ginebra, a finales de los 50, comienzan los cinco años heroicos de Rodoreda en los que escribe La plaça del Diamant, la primera versión de La mort i la primavera, algunos cuentos de La meva Cristina i altres contes y El carrer de les Camèlies.
Cuando Rodoreda tuvo la primera versión de La mort i la primavera, la presentó al premio Sant Jordi y no ganó. Era el 1961. Armand Obiols la animó a continuar trabajando en él, pero a Joan Sales, su editor, el libro no le convencía. En vez de probar suerte con la fábula alegórica, creía que debía continuar por el camino realista de La plaça del Diamant.
— Ezra Pound pensaba lo mismo de Joyce mientras escribía el Ulises. Le decía que dejara de hacer parodia y símbolo de cualquier cosa. Puedo entender que su editor creyera que los lectores que se habían enamorado de La plaza del Diamante, una novela central en la obra de Rodoreda, encontrarían extraña La muerte y la primavera. De hecho, es muy extraña. Me recuerda una novela de Kazuo Ishiguro sobre un pianista que viaja por un paisaje abstracto. La escribió justo después de Lo que queda del día (1989), y se titula Los inconsolables (1995). Cuando la publicó, todo el mundo le dijo que era un error y que había perdido la cabeza. Perdió muchos lectores, en cualquier caso.
Rodoreda trabajó en la primera versión de La mort i la primavera después de haberse presentado al Sant Jordi en 1960 con La plaça del Diamant. Tampoco lo ganó. Hacía más de veinte años que no publicaba ninguna novela, quizás por eso se atrevió con un libro tan diferente.
— Escribía con una libertad absoluta. Debía pensar que los lectores no le esperaban, y en parte tenía razón, porque el catalán apenas comenzaba a renacer como lengua literaria. Desde Ginebra, Rodoreda podía reinventarse continuamente porque no tenía ninguna presión ni debía satisfacer ninguna expectativa. Cuando Joyce se puso a trabajar en el episodio más experimental del Ulises, el de Circe y el burdel, no tenía ninguna expectativa de que se pudiera llegar a publicar jamás, porque ya habían interrumpido la publicación serializada. Mientras lees aquel episodio tienes una idea similar de libertad a la de Rodoreda escribiendo La muerte y la primavera.
La primera edición de esta novela no apareció hasta después de la muerte de la autora, en 1986.
— Este elemento le añade un misterio especial.
Aun así, Rodoreda escribió que, entre sus libros, el que "querría salvar de un incendio" era Viajes y flores (1980). ¿Por qué crees que eligió este y no otro?
— Es un libro que está muy cerca de la poesía. Depende más de las imágenes y del ritmo, aunque mientras vas leyendo los textos te das cuenta de que hay una voz y una sensibilidad muy marcada. Igual que pasa en La mort i la primavera, es un libro creado sin ninguna voluntad de satisfacer al lector: únicamente pretende seguir un camino hermético y cada vez más oscuro. Solo sale de vez en cuando, haciendo guiños al surrealismo.
Cuando Neus Penalba (Tarragona, 1982) recibió el encargo por parte del CCCB de organizar una exposición sobre Mercè Rodoreda, se sintió "muy ilusionada y a la vez con mucho miedo", tanto por el respeto a la autora de La plaça del Diamant –a quien había dedicado el ensayo Fam als ulls, ciment a la boca (3i4, 2024)– como por el hecho de tener que trabajar a contrarreloj. "Me dediqué a ello con urgencia, porque al cabo de un año y cuatro meses había que inaugurar la muestra. Normalmente, los comisarios tienen tres años para desarrollar su proyecto –recuerda–. Aun así, cuanto más límites tienes, más creativo tienes que ser". Penalba levantó el proyecto "con un gran compromiso y estrés, acompañada de un muy buen equipo", a quien agradece el esfuerzo invertido en Rodoreda, un bosc, que ha acabado convirtiéndose en uno de los éxitos más notables del centro."No tuve ni un solo día de descanso desde que acepté el reto", continúa. Poco antes de inaugurar la exposición, desde el departamento de comunicación le explicaron que "el objetivo máximo era llegar a los 100.000 visitantes". Se ha acabado superando la ambiciosa aspiración inicial, porque a los 81.880 visitantes de la muestra hay que sumar los casi 20.000 asistentes a alguna de las más de 30 actividades programadas entre diciembre y mayo, entre las cuales había la conferencia de Mercè Ibarz, la conversación entre David Uclés y Elisenda Solsona y el seminario donde participaron Laura Fernández, Manel Ollé y Tina Vallès. "El riesgo de recibir muchas críticas era elevado, porque la exposición sobre Rodoreda se hacía en Barcelona, su ciudad –dice Penalba–. Desde los primeros artículos que se publicaron sobre Rodoreda, un bosc y también a través del 'feedback' de algunos visitantes me di cuenta de que la muestra podía conectar con un público transversal". La propuesta de Penalba era "redescubrir el imaginario de Rodoreda proponiendo un viaje unitario por su literatura". "No es una autora cursi ni 'gore' –reclama–. La oscuridad de su obra no se limita a La mort i la primavera y, a la vez, las palabras de sus libros transmiten mucha luz".Con una media de 660 visitantes al día, Rodoreda, un bosc ha conseguido "interpelar a un público muy intergeneracional". "He luchado porque no se rebajara el discurso y para no pontificar ni cerrar la visión sobre Rodoreda", afirma. El éxito de la exposición "demuestra que aunque seamos exigentes, el público ha sabido seguir con interés" un recorrido de 1.300 metros cuadrados y 400 piezas que ha conseguido derribar uno a uno los "clichés perezosos y los estereotipos acomodaticios" en relación con la escritora y ha sacado a la superficie "la contemporaneidad y la radicalidad de su literatura".