La historia del médico que se enamoró de la paradisíaca isla de Capri
Quaderns Crema publica 'La historia de San Michele', de Axel Munthe, un libro de memorias que hará las delicias del lector
- Axel MuntheQuaderns CremaTraducción de Albert Nolla448 páginas / 28 euros
¡Quien lea este libro se lo pasará muy bien! Si el autor no confesara en el subtítulo que se trata de una autobiografía, lo leeríamos como si fuera una novela, tan fabulosos e, incluso, inverosímiles nos parecen algunos de los hechos que recrea. Axel Munthe –un sueco que vivió entre 1857 y 1949– ejerció, durante muchos años, como “médico de moda” en París y en Roma. Trató infinidad de mujeres –sobre todo, mujeres, y de alta posición– histéricas –principalmente, histéricas–. En su praxis terapéutica, recurrió a usos médicos (o pseudomédicos) que en aquel momento empezaban a popularizarse, como es ahora la hipnosis. “No hay medicina más potente que la esperanza”, escribe en uno de los capítulos centrales, y a fe que la puso en fecunda práctica.
Pero, sobre todo, Munthe fue un psicólogo vocacional: con un golpe de vista rápido atisbaba a sus pacientes, y determinaba enseguida el mal. Era un amante de los animales, que lo reconocían como uno de los suyos. Algunas de las páginas más divertidas de esta obra son, justamente, las que dedica a estos sus compañeros de vida. Que el lector no busque una obra maestra: La historia de San Michele es una novela vivida, amena de la primera página a la última, con un final alegórico (también muy jocoso) en que el escritor, ya muerto, llegado al cielo, ante san Pedro y la corte de ángeles, se enfrenta a una especie de juicio final sumarísimo. Antes, sin embargo, aquí en la tierra, ha salido airoso de una terrible epidemia de cólera en Nápoles, donde ha ayudado a socorrer muchas vidas, de un duelo a pistola con un insufrible fanfarrón y de una azarosa ascensión al Mont Blanc en que no acabó, por muy poco, muerto por congelación.
El autor se relacionó ocasionalmente con Henry James (de hecho, el escritor neoyorquino fue quien le recomendó que escribiera estas páginas) y, como médico, trató a Guy de Maupassant, una especie de enfermo bastante insufrible. Pero el aura de las celebridades no lo obnubilaba, todo lo contrario. Prefería a la gente sencilla y, como he escrito aquí sobre ello, aún más a los animales. Encontró su particular paraíso en la tierra en la isla de Capri, donde construyó, con la ayuda de sus vecinos, una casa. Los años en que fue levantándola los lugareños aún desenterraban tesoros preciosos de época romana, pero nadie les hacía mucho caso. Es más: todo aquello que, según los del lugar, venía de los años del emperador Tiberio y de su gobierno, era sistemáticamente repudiado (a Tiberio se le atribuían, bastante injustamente, todos los males y abyecciones del mundo).
Los médicos y la piedad
El libro, desigual, está lleno de momentos espléndidos: “¿No era mi misión ayudar a morir a aquellos a quienes no podía ayudar a vivir?” Hay una filosofía personal, detrás de esta obra: la de un vitalista irredento, que ha aprendido a aguantar los golpes de fortuna con estoicismo. “No se puede ser un buen médico si no se tiene piedad”, escribe. Ideas avanzadas conviven con otras que, hoy, resultan obsoletas y hasta perversas. Entre las primeras, propone que los condenados a cadena perpetua o a muerte participen en experimentos médicos audaces; en cuanto a las segundas, el hecho de considerar a los homosexuales enfermos (de inversión sexual...).
El doctor Munthe no deja de tener nunca presente la muerte, como profesional de la medicina que es, pero también como escritor filosófico: “No me he pasado tantos años observando la batalla entre la vida y la muerte sin llegar a conocer un poco mejor a los dos combatientes”. Eso sí, sabe muy bien quién se acaba llevando siempre la palma. Ante los cuerpos que se abrazan para amarse, “cegados por la lujuria”, apunta que es “la muerte quien preside su unión, con un afrodisíaco en una mano y un narcótico en la otra”. Más adelante, al referirse a la diversa vanidad del mundo (posesiones, afán de poder), apunta: “¿De qué sirve acumular dinero si de todas formas pronto os lo quitarán? La muerte tiene una copia de la llave de vuestra caja fuerte”.