BarcelonaEste verano hemos ido a Bretaña para reencontrar un paisaje que nos sedujo hace ya años y, sobre todo, para poder descansar unos días del calor sofocante y agobiante que teníamos en casa. Conseguimos este objetivo porque el aire del Atlántico paraba los termómetros de día y refrigeraba las noches junto al mar.
A pesar de huir del calor extremo, fue imposible librarse de la llamada ecoansiedad, porque en Bretaña nos encontramos una situación que no esperábamos: una sequía que había borrado el verde de los prados y de los jardines particulares, que provocaba severas restricciones de agua y que había modificado la belleza de un paisaje presidido por las frondosas matas de hortensias que no eran ni rosas ni blancas –como suelen ser las catalanas–, eran de un azul intenso, a veces liloso, que daba una personalidad muy especial a la zona. Allí aprendí el truco que hay que usar para que las hortensias tengan este azul tan intenso: enterrar cerca de la planta trozos de hierro. Como lo que determina el color de las flores es la acidez del suelo, los jardineros añaden sustancias como sulfato de aluminio disuelto en el agua; pero las señoras bretonas que me hablaron de ello hace tiempo usaban directamente el hierro. Este verano no había ni rastro de azul en las hortensias bretonas. Estaban todas quemadas y la imagen que ofrecían era desoladora.
Desoladora también, no hace falta decirlo, era la escasa presencia del bretón, solo presente –presencia simbólica– en los rótulos indicadores de las carreteras.
Mientras estaba allí, recordé la novela Les naufragages du coeur, de Benoîte Groult (publicada en castellano por Asteroide con el título Los naufragios del corazón, todavía no tenemos traducción al catalán), una maravillosa historia de amor entre una joven parisina y un pescador bretón (también el encuentro entre el París “civilizado”, que eliminó la lengua del lugar con rótulos de “prohibido escupir y hablar en bretón” y la Bretaña salvaje).
En la década de los 80, la Francia bienpensante se escandalizó con la protagonista femenina de Benoîte Groult, que actuaba guiada con libertad por su deseo y se liberaba de la rigidez en la que había sido educada.
Pensé que la releería con otra mirada y os recomiendo que la descubráis. El naufragio del título me hizo pensar en el naufragio del mundo que conocíamos, cuando los veranos no eran un suplicio, el bretón estaba bien vivo y las hortensias eran azules.