"Nadie daba un duro por ellas": la red de mujeres que desafió al franquismo
Katixa Agirre recupera la historia de cuatro mujeres que crearon un potente entramado de espías al servicio del Gobierno Vasco
Barcelona"El suspense puede ser sinónimo de esperanza", reflexiona la escritora vasca Katixa Agirre (Vitoria, 1981). El lector que se adentra en las páginas de su nueva novela, Servicio Interior (La Segunda Periferia/Tusquets), traducida del euskera al castellano por Pau Joan Hernández, sabe perfectamente que la historia no acaba bien, pero las cuatro protagonistas confían hasta el último momento en un buen final. Ellas son Bittori Etxeberria, Delia Lauroba, Itziar Mujika y Tere Verdes, que lo arriesgaron todo para ayudar a los compañeros encarcelados, dar apoyo al Gobierno Vasco en el exilio y plantar cara al franquismo. Junto con otros agentes, tejieron una de las estructuras de espionaje y evasión más eficaces del norte de la península Ibérica: la red Álava. Lo hicieron en un contexto de terror, porque a mediados del año 1937, el País Vasco había sido masacrado desde el aire, los golpistas lo habían ocupado y el gobierno del lehendakari José Antonio Aguirre había marchado al exilio.
"Mi sorpresa fue ver que esto había pasado donde vivo, y nadie me lo había explicado nunca –admite Agirre–. Además, las protagonistas habían sido mujeres muy discretas, muy de su época. No parecían llamadas a ser espías". Eran mujeres que poco tenían que ver con la imagen de las espías que nos ha llegado a través del cine. Agirre descubrió quiénes eran en una exposición itinerante de la Fundación Sabino Arana. Dentro del Partido Nacionalista Vasco (PNV), una formación de raíces conservadoras y católicas, el papel de la mujer era estrictamente secundario. "El PNV, a diferencia de otros partidos que había en la Segunda República, no facilitó la emergencia de mujeres líderes ni milicianas. Las mujeres siempre tenían allí un papel subalterno", detalla la autora. El encargo inicial que se les hizo respondía precisamente a esta visión tradicional de los roles de género: entrar en las prisiones a cuidar a los prisioneros, llevarles ropa o comida y, de paso, recoger información clandestina.
La clave fue la solidaridad
Ninguno de los hombres que pensaron en ellas en un primer momento previeron su capacidad de organización. "Nadie daba un duro por ellas. Y de repente demostraron que, uniéndose, eran capaces de organizar una potente red que pasaba información y que también ayudaba a cruzar la frontera clandestinamente sin levantar sospechas", asegura Aguirre. La clave fue la solidaridad colectiva. "Lo que consiguieron, lo consiguieron porque se unieron. Se dieron fuerza entre ellas", explica la autora.
La gran amenaza de la red fue el policía Pedro Urraca, a quien la autora da mucho protagonismo y convierte en antagonista, en el malo de la película. En parte, porque Agirre, que también ha hecho una auténtica inmersión en el archivo de la Fundación Sabino Arana, se ha documentado muy bien gracias al gran trabajo de divulgación que ha hecho Lorena Urraca, la nieta del hombre que detuvo al presidente Companys. "Pedro Urraca solo pensaba en sí mismo. A veces es más peligroso este egoísmo y este narcisismo que un verdadero fanatismo. No le detenía nada. Le daba exactamente igual hacer daño al de al lado. Odiaba a todo el mundo, era una persona miserable", detalla Agirre.
Cuando la lista con los nombres de los miembros de la red cayó en manos de Urraca, según el relato de la autora, se desencadenaron las detenciones. En 1940, los nazis ocuparon París, y el Gobierno Vasco en el exilio tuvo que abandonar el edificio que ocupaba en el número 11 de la calle Marceau. Agirre plantea diferentes posibilidades: "Había una hipótesis que decía que simplemente fue una chapuza. Alguien se dejó los papeles y cayeron en las manos equivocadas... Pero también hay otra hipótesis, la de un traidor. Pensé que, para el libro, aunque el otro supuesto fuera el más probable, el hecho del traidor era muy atractivo narrativamente", asegura. El libro ya está terminado y publicado, pero puede que la autora tenga nuevas respuestas. "Hace muy poco recibí un correo electrónico de un historiador de Gernika que tiene registrados testimonios de personas que participaron en la red y que dicen el nombre y el apellido de este traidor", asegura la escritora, que tiene previsto hablar con el historiador. Fuera como fuese, las cuatro mujeres fueron interrogadas, encarceladas y condenadas a muerte. Más tarde se les cambió la condena por penas de entre veinte y treinta años. A Luis Álava, uno de los responsables de la red, le fusilaron.
Para narrar algunos vacíos, Agirre, que también pudo escuchar a alguna de estas mujeres porque se les hicieron entrevistas y se grabaron, opta por tomar prestados mecanismos del lenguaje cinematográfico, y reflexionar sobre cómo explicamos el pasado. "Para explicar cualquier cosa, pero también el pasado, hay que inventárselo de alguna manera y hay que ponerle un marco... La historia no empieza en un punto, es donde decidimos empezar a explicar, y el final es el mismo. El pasado tal como ocurrió es inaccesible, nunca lo sabremos", dice. Ninguna de las cuatro mujeres tuvo hijos, pero sí sobrinos y sobrinos nietos. Agirre habló con la sobrina nieta de Etxeberria. "Debía ser una persona muy carismática, por cómo la recordaban en su pueblo, Elizondo. Ella nunca se arrepintió ni se avergonzó, y lo explicó todo a la familia. Su sobrina nieta me dijo que cuando descubrió que su venerable tía abuela había estado en la cárcel no se lo podía creer, y me explicó que la Bittori le dijo que las personas buenas también podían acabar encerradas", explica Katixa Agirre.