Cómic

La persistente (in)mortalidad del cómic

Pep Brocal desarticula la pesadilla de la industria del cómic en 'Anatomía de un esqueleto', una aventura que es pura fiesta dionisíaca

Jordi Costa
12/05/2026

'Anatomía de un esqueleto'

  • Pep BrocalAstiberri256 páginas / 28 euros

Ya hace siete años que Pep Brocal decidió atravesar figuradamente la puerta que separa la vida de la muerte en la que se convertiría, sin duda, en una de sus obras mayores: Inframundo, la historia de Amalia, una chica que, recorriendo los infiernos bajo la sombra de Dante y Arnold Böcklin, acababa reencontrándose consigo misma. A primera vista, Anatomía de un esqueleto parece la evidente pareja de baile de Inframundo, otra historia protagonizada por un personaje que cruza hacia el otro lado de la existencia para vivir una aventura que se extenderá, con deslumbrante dinamismo y sostenido desgranamiento de ideas brillantes, a lo largo de varios cientos de páginas (en este caso, 256). Pero el dibujante de cómics Félix Filacterio, protagonista de este último trabajo, no es exactamente el contrapunto masculino de Amalia y, más allá de la adscripción al género del drama existencial, Anatomía de un esqueleto tiene identidad y agenda propias, encarnando un relevante adentramiento en los códigos de madurez de un autor que vive un momento de incuestionable plenitud creativa. En el fondo, y entre muchas otras cosas, el álbum es una lección magistral sobre el dificilísimo arte de conciliar maestría y ligereza, una obra que se plantea a sí misma como problema para resolver su propia ecuación en una fiesta del placer de la ejecución (del trazo, de la composición) que se desdobla en gozo lector.

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El protagonista tiene la mala suerte de morir –de manera tan espectacular como astutamente referencial– justo cuando cree haber terminado la obra maestra de su vida. Una obra maestra que corre el peligro de no ver nunca la luz. Una prórroga concedida por la Muerte en persona (Tana Tos, esquemática presencia situada entre Veronica Lake y un Modigliani) activará el mecanismo de la aventura, que permite que Brocal, jugando al roman à clef –por las páginas aparecen, transfigurados, desde el editor Josep Toutain (redefinido como una especie de Ozymandias) hasta compañeros de batalla del autor–, ofrezca una afilada mirada a la industria del cómic en tiempos de persistente precarización bajo la amenaza de la voraz IA.

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En una escena, Filacterio se ve obligado a explicarle a la Muerte qué es eso del cómic y, después de recurrir a sinónimos como tebeo, historieta o pulgarcito, añade: “También hay quien prefiere decirle novela gráfica, pero es que hay gente para todo”. He aquí toda una declaración de principios, porque, definitivamente, Anatomía de un esqueleto es una obra que tiene las dimensiones de una novela gráfica, pero que subvierte sus códigos enorgulleciéndose, página a página, de ser, esencialmente, un tebeo regido por el principio del placer, de manera no tan lejana a como lo hacía Joann Sfar en Aspirina o Vampir. Hay un parentesco dionisíaco entre lo que aquí propone Brocal y lo que estalló en el cómic francés de la mano del grupo de L’Association, del que formaba parte otro autor que acaba de proponer también un afortunado –y bastante diferente– viaje a los limbos: el David B. deEl señor Búho y el País de los Muertos.

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Brocal integra armónicamente los referentes más heterogéneos, poniéndolos siempre al servicio de un relato que es pura coreografía visual en movimiento perpetuo: un momento especialmente exitoso pone en relación el trazo cinético de Harvey Kurtzman con una emblemática situación apropiada del clásico Master race de Bernard Krigstein, sin olvidar el remate a página completa que recuerda cómo este último autor homenajeó la representación del tiempo y el movimiento del Nu baixant una escala de Marcel Duchamp. Todo un mapa de pertinentes conexiones. Pero que no piense el lector que Anatomía de un esqueleto es una densa jungla de referencias cultas, aunque Kafka y sus dibujos esquemáticos juegan un relevante papel narrativo, inspirando posiblemente la esquemática configuración del protagonista como esqueleto dotado de una gran versatilidad gestual. Brocal acostumbra a hacer explícitos los referentes, en notas a pie de página que permiten entender esta obra como un momento en la historia de un lenguaje que casi se inició con un golpe de ladrillo lanzado sobre la cabeza de un gato/gata por parte de un ratón que no era más que un seductor garabato.

Nada exhibicionista en su despliegue de recursos y en sus destellos de metalenguaje, Brocal ironiza sobre el concepto de Gran Obra para acabar teniendo la osadía de proponer que, quizás, entre aquello que redimirá a la humanidad y lo que nos da un pequeño placer en el mejor momento del día solo hay un cambio de paginación.