Retrato de un milenial criado con amor y prisionero de su propio infierno
Giulia Caminito construye en 'El mal inexistente' un protagonista que se mueve en un ecosistema de precariedad emocional y material que no necesita dramatizaciones excesivas
- Giulia CaminitoL'Altra / Sexto PisoTraducción de Mercè Ubach328 páginas / 21,90 euros
El mal inexistente es una obra psicológica e introspectiva de la escritora italiana Giulia Caminito (Roma, 1988). Después de haber ganado el Campiello con una obra igualmente mordaz y compleja, El agua del lago no es nunca dulce (L’Altra, 2022), la autora se revela una vez más como una observadora atenta pero despiadada de la sociedad y de los mecanismos ocultos y perversos que la impregnan en silencio. Se trata de una infiltración lenta, una incomodidad que no estalla sino que supura. Y es aquí donde el título se vuelve una trampa: el mal no solo está, sino que se manifiesta en su forma más contemporánea, la que no sabemos nombrar.
Caminito construye un protagonista que se mueve en un ecosistema de precariedad emocional y material que no necesita dramatizaciones excesivas. Todo es fácil de reconocer: las relaciones líquidas, la fragilidad mental que se disfraza de funcionalidad, el cuerpo como campo de batalla silencioso. Lori es un millennial, hijo único de padres que lo criaron con amor y fe en el futuro. Ahora tiene treinta años, se graduó en literatura, encontró el amor con Jo y un trabajo mal pagado en una editorial. Pero de golpe, todo se trastoca: una entidad inquietante llama a la puerta: la Catástrofe, una amante imaginaria, el concepto que sirve para expresar la enfermedad que altera la vida de Loris, haciéndole imposible vivir plenamente, comenzando por su relación con Jo. Porque Catástrofe es la hipocondría, un malestar crónico y obsesivo que comienza en el estómago y de un miedo al futuro que bloquean al protagonista. Esclavo de la melatonina y de las bacterias del ácido láctico, prisionero de su propio infierno, se alimenta de historias reales trágicas en foros y YouTube, y declara que preferiría una enfermedad terminal a la superficialidad con que los médicos lo rechazan.
Un retrato preciso del malestar
Obligado a mirar al pasado y a observarse por dentro, como en una práctica de mindfulness, Loris intentará entender las causas de su enfermedad, que no son otras que la madurez derrumbándose ante un mundo que no le permite la plena emancipación. La narración alterna dos períodos de tiempo: el presente, en que Loris, ya adulto, lucha por llegar a fin de mes y dejar de sentirse insuficiente, y el pasado, cuando era un niño y el centro de su mundo lo representaba su abuelo Tempesta y la casa que tenía en el campo. Pero la Catástrofe es omnipresente en la vida del chico: cambia de forma y se aparece a Loris en los momentos de desesperación. A veces adopta la forma de una niña que muerde carne ensangrentada, otras lleva pantalones de obrero y tiene cola de gato.
El gran acierto de la novela es la manera como articula el malestar sin convertirlo en relato de redención. No hay catarsis, no hay lección moral. Hay, en cambio, una especie de suspensión: los personajes existen en un estado de provisionalidad constante, como si todo pudiera romperse en cualquier momento. Una tensión sostenida que es el verdadero motor del texto. Ahora bien, esta misma apuesta también es su riesgo. En algunos momentos, la contención deviene distancia, y el lector puede sentir que le falta carne, que la novela evita deliberadamente el conflicto abierto. Pero quizás esta es, precisamente, su declaración de intenciones: el mal contemporáneo no es estridente, es difuso; no es narrativo, es atmosférico.