Los libros y las cosas

El último pirata catalán

Detalle de la imagen de portada del libro sobre la goleta Panda.
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Director adjunto en el ARA
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Vinculado al tráfico de esclavos, Pere Gibert, nacido en Altafulla, fue el último pirata catalán. En 1832 atacó al mercante estadounidense Mexican, que había partido de la población de Salem –la de la caza de brujas de 1692–, en Massachusetts, y le robó los 20.000 dólares en plata que llevaba. Jordi Maluquer de Motes, catedrático emérito de historia económica de la UAB, ha reconstruido los sucesos verídicos en la novela El último viaje de la goleta Panda (Editorial Base). Los hechos principales que se narran son reales y documentados.

Pere Gibert puede ser considerado no solo el último pirata catalán, sino el último de Occidente. Juzgado en Boston, este capitán de la marina mercante fue declarado culpable y ejecutado públicamente el 11 de junio de 1835. La prensa de la época se hizo un amplio eco. No era un bárbaro criminal con un parche en el ojo y un brazo de garfio; era un hombre en la cuarentena de una formación y una cultura remarcables, que si al inicio del juicio concitó las iras populares, al final acabó despertando admiración y compasión a causa de su digna serenidad y de las dudas sobre el procedimiento judicial al que fue sometido, muy detalladamente descrito por Maluquer.

La guerra entre España y las antiguas colonias continentales americanas había dado lugar durante años al corsarismo como arma de unos contra otros. Al cometer el ataque, Gibert izó la bandera colombiana. Con la voluntad de no dejar rastro, ordenó matar a todos los tripulantes del Mexican e incendiarlo para que se hundiera sin dejar rastro. Pero sus órdenes no fueron obedecidas: los asaltantes encerraron a la gente del Mexican en las bodegas, pero no los mataron. Y los norteamericanos consiguieron salir de la bodega, apagar los fuegos y, a pesar de las destrozos, poner rumbo de regreso a Salem. La noticia llegó pronto a todos los rincones del país.

Gibert, una vez consciente de la situación, decidió cambiar el aspecto de la goleta en un puerto discreto de la bahía de Matanzas –el casco fue pintado de otro color y se cambió el mascarón de proa–, cargó provisiones y puso rumbo a África, para ampliar el botín en el golfo de Guinea con el tráfico de esclavos, que adquiriría de los reyes africanos a cambio de armas, aguardiente y ropa y que después vendería a otros barcos para su transporte a América. El precio había subido ya que británicos y americanos, grandes negreros durante siglos, habían abandonado el tráfico por la prohibición en sus países. El objetivo de Gibert era que el tiempo borrara el asunto del Mexican y aprovechar la espera para enriquecerse más y retirarse. Tenía esposa e hijos en Altafulla que casi no lo conocían y que lo esperaban.

Pere Gibert había estudiado en la escuela de pilotos de Barcelona y soñaba con hacer fortuna en América, como un tío suyo. Acabó abriendo un comercio en La Habana, pero su actividad principal continuó siendo la de marinero transportando azúcar, melaza, ron, tabaco y vinos a EE. UU. También había participado en alguna expedición negrera. A cambio de mantener la tolerancia con el tráfico negrero y el esclavismo, cada vez más prohibido en todo el mundo, Cuba no había participado en la lucha bolivariana por la emancipación.

El único problema –no menor– del plan de Gibert era la escuadra de guerra británica, muy activa contra el tráfico de esclavos. En el libro, es muy interesante tanto la relación con los pueblos africanos como la persecución de los británicos, jugando unos y otros al gato y la rata en el mar. El pulso entre el marinero comerciante catalán Gibert y el aristócrata escocés Henry D. Trotter deviene obsesivo. El contrapunto lo tenemos en el rey de los orungu, Bango, y sus trescientas y pico esposas con las cuales había engendrado más de seiscientos hijos. Bango ofrece a Gibert una hija para que contribuya a blanquear su especie. Hacen una amistad interesada, claro.

El triángulo Gibert, Bango y Trotter acaba de una manera poco previsible. El caso es que, al cabo de unos meses, Gibert y parte de su tripulación son llevados presos primero a Inglaterra y después a EE. UU., donde serán juzgados con el resultado que Maluquer ya nos ha anunciado desde el principio y que no resta emoción a una aventura dramática, no sólo para el protagonista, sino para todo lo que muestra del colonialismo y el tráfico negrero.

Un capítulo aparte merece el juicio, que acaba convirtiéndose en una farsa. A pesar de las débiles pruebas contra Gibert y los suyos y las deficiencias procesales, la sentencia está escrita de antemano, y la alta política no tiene un papel menor. De nuevo aquí se nota la mano de Maluquer en el análisis y contextualización de los hechos. Paradójicamente, el defensor del capitán catalán es el letrado David L. Child, un joven abogado antiesclavista que, sin embargo, por pruïja profesional, lucha hasta lo indecible para que su cliente tenga un juicio justo. A través de su esposa, la poetisa Lydia Maria Child, llega hasta el presidente de los EE. UU., Andrew Jackson, para que este conceda el indulto a Gibert. A pesar del convencimiento del presidente de que el juicio no ha tenido las garantías necesarias, la razón de estado contra la piratería y el esclavismo acaba prevaleciendo. Y Gibert muere en la horca. El último pirata catalán.

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