Los valles más grandes lo son de lágrimas
En los personajes de 'La gran vall', de John Steinbeck, no hay gradientes de percepción de la realidad: los hechos son blancos o negros
El gran valle
- John SteinbeckAdesiaraTraducción de Joaquim Mallafrè y Marc Donat296 páginas / 23 euros
Este volumen reúne once relatos más la nouvelle El poni roig. La traducción catalana de esta última obra, del añorado Joaquim Mallafrè, apareció en 2011. Marc Donat se ha encargado de trasladar al catalán el resto de relatos.
John Steinbeck, premio Nobel de literatura de 1962, nació en 1902 en la ciudad californiana de Salinas, y el país pequeño –productivo e ingrato a la vez– toma un protagonismo sonoro en estas narraciones (y, de hecho, en toda su producción literaria). Una ruralidad aún muy deudora del siglo XIX se manifiesta en la captación de los personajes, que no obedece a ningún tipo de refinamiento. Más bien al contrario, a menudo aflora la rudeza, si no la brutalidad incluso. Un personaje que ha sorprendido a la mujer en la cama con otro prefigura, en su pensamiento, esto: “Le vino a la mente la manera como su madre solía sujetar el cubo para recoger la sangre que salía de la garganta de un cerdo cuando su padre lo degollaba”. Los detalles tomados de la vida natural representan de una manera conmovedora el mundo del autor. En “Los crisantemos” leemos: “El caballo y el pollino se quedaron quietos, con la cabeza mirando al suelo como si fueran flores que carecieran de agua”. En los personajes de Steinbeck no hay gradientes de percepción de la realidad: los hechos son blancos o negros. Si el primer cuento nos refiere la insatisfacción de la esposa de un granjero, en el segundo, “La codorniz blanca”, la mujer es, más bien, una histérica, enamorada de las aves. Su solícito marido, que no está dispuesto a matar un gato intruso y amenazador, como quiere ella, apunta hacia la codorniz, como quien, por despecho, lo hace al pecho de su mujer.
Predominio del factor trágico
“Huida” es una bella historia sobre la pérdida. El joven protagonista debe huir de su pueblo porque, en una disputa intranscendente, ha muerto un hombre con su precisa navaja. Primero, pierde la inocencia (aún era demasiado joven para matar a alguien). Acto seguido, ya lejos de la casa paterna, del cobijo maternal, en su apresurada huida, pierde, primero, el rifle y, acto seguido, el caballo, herido por una bala esparcida. Finalmente, perderá el bien más valioso de que disponemos: la propia vida. Casi todos los relatos (no así “El desayuno”, una venturosa excepción) incluyen el factor trágico, que determina, más o menos, el rumbo de la existencia de los personajes, su destino. “Johnny el Oso” recrea el personaje de este nombre, que tiene la espantable habilidad de imitar la voz de sus convecinos y de revelarles conversaciones privadas. Algunos de estos relatos profundizan la vida íntima de un matrimonio, en unos términos que me hacen pensar en Strindberg. Eso sí: con la materia narrativa trasplantada al Oeste americano y a los rigores de la vida en el campo. “El arnés”, por ejemplo, nos presenta un hombre que toda la vida ha llevado faja y arnés para esconder la barriga y parecer más apuesto; todo ello, por explícito deseo de su mujer (un puro espíritu que pesa poco más de cuarenta kilos). Una vez viudo, el hombre se siente liberado, se despoja de toda cotilla, pero algo casi atávico de la esposa continúa resonando dentro de él, casi ensordeciéndolo.
El poni rojo es una delicada historia de formación. Con la muerte de su poni amado, en Jody –aún no un adolescente– aprenderá, por fuerza, la primera lección valiosa de la vida. Son cuatro cuentos enlazados, cuya acción transcurre en el mismo rancho familiar, que reflexionan sobre algunos de los fundamentos morales de nuestra existencia. Los buenos sentimientos tienen su parte de protagonismo en la novela, pero, al fin y al cabo, la muerte no respeta a nadie (o, si se quiere, cuida de todos). Y el mal, que no deja nada por verde y nos acecha en todas partes. Y, siempre, la naturaleza inmensa, sobrecogedora, que parece que nos convida a llevarnos allá, arriba, hacia la vastedad del universo: “Sintió el ruido apagado y persistente que hacen el espacio y el silencio”.