La violencia tácita de la mirada masculina
En 'Las mujeres que los hombres no ven', Alice B. Sheldon no imagina a futuros lejanos para escapar del presente, sino que los utiliza para hacerlo intolerablemente visible
- Alice B. Sheldon
- Duna Libros
- Traducción de Ernest Riera
- 320 páginas / 21,90 euros
Alice B. Sheldon (Chicago, 1915 - McLean, 1987) firmaba sus libros con el seudónimo de James Tiptree Jr.: eligió un nombre genérico como James y sacó el apellido Tiptree de un frasco de mermelada. Las mujeres que los hombres no ven es una recopilación de doce relatos escritos entre 1962 y 1973 que funciona como una trampa perfecta: parece ciencia ficción de aventuras, pero en realidad es una pieza de disección ideológica de una altísima precisión. Sheldon no imagina a futuros lejanos para escapar del presente, sino que los utiliza para hacerlo intolerablemente visible, anticipando los debates actuales sobre feminismo, sexo y ecologismo.
El narrador masculino de uno de los cuentos, Don Fenton, con su voz segura, sexista, irónica y convencida de la propia lucidez, es el primer dispositivo crítico del texto. Sheldon lo construye como un espejo deformante que no sabe que lo es. Todo el relato avanza desde esa mirada que observa a las mujeres sin verlas, que interpreta sin comprender, que describe sin escuchar. Y es a esa distancia –entre lo que el narrador cree entender y lo que realmente ocurre– donde el cuento despliega su fuerza política. No hay discurso explícito: existe desajuste y, en consecuencia, injusticia. A partir de estructuras narrativas variadas, la autora reflexiona sobre temas que se repiten en los relatos, como la clonación, la identidad de género, los viajes en el tiempo, los alienígenas, la reproducción y el papel de las mujeres en la sociedad.
¿Reformar el mundo de los hombres o salir de él?
Las mujeres del título no son invisibles para que no estén, sino porque el sistema perceptivo masculino no puede registrarlas como sujetos llenos. En el cuento central del volumen, Las mujeres que los hombres no ven, la protagonista Ruth Parsons es un cuerpo fuera de lugar: demasiado inteligente, demasiado cansada, demasiado consciente para encajar en las categorías disponibles. Su radicalidad no es retórica, es existencial. No quiere reformar el mundo de los varones; quiere salir. Y esa decisión, en el contexto de la ciencia ficción clásica, es de una violencia simbólica extraordinaria.
Sheldon escribe con una economía de medios impecable. Su prosa es funcional, casi seca, pero de devastadora eficacia. El suyo es un lenguaje crudo y explícito, que a menudo describe escenarios de pura violencia, y sincroniza la ciencia ficción dura con el cyberpunk. Cada detalle –los diálogos aparentemente banales, los gestos minúsculos, las suposiciones del narrador– contribuye a construir una red de autoengaños que el lector ve antes que nadie. Los relatos no confrontan: dejan que el narrador se exhiba. Y en esa exhibición, el patriarcado se revela no como una conspiración, sino como una suma de hábitos perceptivos.
El giro final del cuento que da nombre al libro no es un golpe de efecto. Más bien se explica como una lógica consecuencia. Cuando las mujeres deciden irse con los extraterrestres, no lo hacen por fascinación tecnológica ni por utopía, sino por pura coherencia. El mundo humano que se les ofrece es estructuralmente inhóspito. La elección no es entre la Tierra y el espacio, sino entre existir como sujetos o seguir siendo objetos interpretados. Sheldon entiende que, para muchas mujeres, el alienígena no es otro: es el sistema que las mira sin reconocerlas. El relato conserva una inquietante actualidad. No porque el contexto no haya cambiado, sino porque los mecanismos de desautorización simbólica persisten en formas más sofisticadas. Las mujeres que los hombres no ven no ofrece consuelo ni pedagogía: es una constatación. La invisibilidad no es ausencia; es una violencia activa.
Con este cuento en concreto, Alice B. Sheldon escribió una de las piezas más radicales de la ciencia ficción feminista, precisamente porque no predica, moraliza ni explica. Sólo muestra qué ocurre cuando las mujeres dejan de intentar ser vistas y deciden, por fin, mirar hacia otro lado. Y el gesto, todavía hoy, sigue siendo profundamente inquietante. Por eso Las mujeres que los hombres no ven no es sólo un relato sobre mujeres, ni siquiera sobre ciencia ficción: es un texto sobre los límites morales de la percepción. Sheldon no pide empatía, sino lectura atenta; no reclama aliados, exige responsabilidad. El cuento termina cuando las mujeres se marchan, pero la incomodidad comienza entonces, porque lo que queda no es el vacío, sino una pregunta concreta: ¿qué ocurre cuando los sujetos invisibilizados dejan de esperar ser reconocidos? Quizás la literatura, como estos relatos, no sirve para enseñar a ver, sino para abandonarnos ante nuestra propia ceguera.