Artur Blasco: 'El acordeón fue un instrumento revolucionario"
El músico e investigador del patrimonio del Pirineo recibe el premio Enderrock de Honor
Barcelona"Ha sido una gran sorpresa", dice Artur Blasco (Barcelona, 1933) antes de pedir un carajillo de anís en la cafetería de la librería Laie de Barcelona. La sorpresa es el premio Enderrock de Honor que recogerá este jueves en Gerona. "Estoy muy contento, porque un premio así nos allana el camino a los que tenemos proyectos", asegura el fundador de la Encuentro con los Acordeonistas del Pirineo en Arsèguel (Alt Urgell) en 1976. Porque sí, porque a los 92 años, Blasco, "el investigador y divulgador más destacado de la música popular del Pirineo catalán", tal y como constata la revista Enderrock, el héroe tras la recuperación del acordeón diatónico, todavía tiene proyectos. Por ejemplo, el duodécimo volumen deA pie por los caminos del cancionero, que está "a punto de entrar en imprenta" y un concierto con el acordeonista Cati Plana en el Centro Artesano Tradicionàrius el 17 de abril. Todo el trabajo de campo del cancionero empezó en 1965 en el Pirineo y está "digitalizado y guardado para consulta pública" en el Departamento de Cultura de la Generalitat. "Son 1.535 canciones, de 417 cantantes e informantes, de 244 pueblos", detalla mientras baraja el café con gotas.
"Cati, que es profesora en el Esmuc, es la máxima figura del acordeón diatónico. Es muy especial dentro de nuestro mundo. Ante todo, porque es una concertista y una docente de gran talento –dice Blasco–. Y también porque nació el mismo año que hicimos el primer Encuentro en los Acordion. plaza, en la barriga de mi madre. Se puede decir que le puse el acordeón en la falda". Hay varias "casualidades" que han escrito la biografía de Artur Blasco. A principios de los años sesenta acompañó a un amigo en un viaje por el Alt Urgell. "Me hizo un gran impacto", recuerda. Tan grande fue que compró una casa derruida en Arsèguel. También conoció a Ricard Muntané, el Fité, el último acordeonista callejero del Pirineo, y en 1965 empezó la gran aventura.
Ha hablado muchas veces del amor por el acordeón diatónico. Y cada vez que habla de ello transmite un entusiasmo pegadizo. "El acordeón fomentó la convivencia. Fue un instrumento revolucionario entre las colectividades rurales de montaña. La población muy diseminada, agrupada en pequeños poblamientos de quince, veinte o treinta habitantes. Tenían una vida muy rutinaria, con poco acceso a ninguna manifestación cultural, apenas la música en la fiesta mayor que la mano de la cabecera de comarca. de un solo hombre, y la gente empezó a reunirse más a menudo en la plaza para bailar ya relacionarse a través del contacto físico". Los curas predicaban lo contrario, pero tuvieron que llegar a un acuerdo con los músicos. "El párroco de un pueblo de la Alta Cerdanya le dijo a Sebastià, un acordeonista: «Me he dado cuenta de que las parejas las haces tú, porque yo toco la campana a la hora del rosario, que a las cuatro de la tarde se abre y no me viene nadie a la parroquia. Pero luego acaban viniendo a la parroquia."
Con el tiempo, aquellos acordeonistas del Pirineo bajaron a Barcelona a ampliar repertorio. Primero tocaban mazurcas, polcas, valses... "Y en la década de los años veinte del siglo XX pasaban una semana en el Paral·lel. Todos estaban enamorados de Raquel Meller. En los cafés y en los teatros se ponían al día de las nuevas corrientes que llegaban de América: el foxtrot, el charlestón, el jazz", explica Bla. Este repertorio festivo volvía a la montaña donde convivía con las canciones de trabajo, las que se cantaban trabajando y que poco a poco fueron desapareciendo a medida que el tractor individualizó muchas tareas. Uno de los trabajos de Artur Blasco fue documentar y grabar aquellas canciones del Pirineo.
Así como había una transmisión oral del cancionero, también ha habido una transmisión documental entre investigadores y músicos. "Estuve con una mujer de Odèn, en el Solsonès, que me enseñó una foto de cuando era pequeña con su madre. ¡La foto le había hecho Joan Amades!", explica exclamándose todavía ahora. Y el trabajo de Blasco lo siguen, en otras comarcas, iniciativas como el Càntut, el Tradicionàrius y la Feria Mediterránea de Manresa y decenas de grupos y artistas. "Suerte tenemos, que siempre hay núcleos y personas interesadas", dice repartiendo méritos un hombre que también fundó el grupo El Pont d'Arcalís con el añorado Jordi Fàbregas, otro imprescindible de la cultura catalana.
Artur Blasco merece todos los premios. Y su vida, una película, una novela o, más aún, un poema épico. Tras realizar el bachillerato en Manresa, empezó biología en la Universidad de Barcelona, pero a media carrera decidió que quería ver mundo. "Estrené unos vaqueros, y con 1.500 pesetas en el bolsillo cogí un tren hasta Figueres. Y haciendo autostop llegué a Estocolmo", sintetiza. El periplo europeo le llevó a Alemania, Islandia, Groenlandia... Hizo de telegrafista en un barco bacalao y de relaciones públicas en un teatro de Estocolmo, tradujo al castellano autores suecos como Stig Dagerman para Seix Barral, trabajó en el departamento de estadística de las líneas aéreas escandinavas, y en Baviera que era de Chequia y con quien tuvo tres hijos. De vuelta a Catalunya, Blasco logró un trabajo en la Cámara Oficial Sindical Agraria. Más adelante, con la Generalitat, hizo manos y mangas para seguir atado al Pirineo. Rechazó el cargo de jefe del Servicio de Relaciones Agrarias; a cambio, aceptó el de jefe del Servicio Territorial del departamento de Agricultura en el Alt Pirineu. Todo por el amor al acordeón diatónico.