Estilo y música

Dolly Parton, cuando el mal gusto se convierte en poder

Dolly Parton en una imagen de archivo en Londres, el 2023.
26/08/2026 - 09:52 h.
Analista de Moda i Tendències
3 min

Cuando pensamos en Dolly Parton, fallecida el martes a los 80 años a causa de un cáncer, nos vienen a la cabeza canciones tan míticas como Jolene y I will always love you, pero también sus espectaculares looks. Y es que Parton no era únicamente una música extraordinaria, sino un icono pop que construyó conscientemente su propia imagen hasta convertirla en parte indisoluble de su obra. Una estética que no puede comprenderse en profundidad sin tener en cuenta el contexto en el que se movía: el del country.

La masculinidad norteamericana se construye, en buena parte, sobre el mito fundacional del cowboy: rudo, solitario, duro, huraño; una figura para la que la mujer a menudo aparecía como un complemento que había que conquistar o proteger, lo que reforzaba su propia virilidad. Como reflejo de este imaginario, el country ha sido también un mundo eminentemente masculino en el que, a pesar de que las mujeres siempre han tenido su espacio, este ha sido demasiado a menudo considerado secundario. Parton no solo consiguió que la tuvieran en cuenta, sino que también acabó erigiéndose en una de las grandes embajadoras del género, hablando de cuestiones aparentemente tan poco masculinas como la maternidad, la dependencia emocional y el divorcio.

Antes que ella, el country había contado con cantantes excelentes como Patsy Montana, Kitty Wells, Patsy Cline y Loretta Lynn, que lucían indumentarias que oscilaban entre la adaptación femenina del vestido de cowboy y la estética de mujer rural bien arreglada. Parton, en cambio, comprendió rápidamente la importancia de crear una estética potente que la singularizara y le diera visibilidad, e hizo de su cuerpo un verdadero espectáculo, apoyándose precisamente en aquella identidad destinada a ser secundaria en aquel mundo: la femenina. Silueta de reloj de arena, pechos prominentes, uñas postizas, cabellera rubio platino, tacones de aguja... En ella, el mundo del country –botas, flecos, sombreros de cowboy– seguirá estando presente, pero sometido a una feminidad hiperbolizada. Unos rasgos que a menudo son leídos como sinónimos de debilidad y dependencia masculina pero que, en Parton, devinieron signos de fortaleza, si tenemos en cuenta que no solo logró ser una cantante afamada, sino también compositora y empresaria independiente. Si bien una parte del feminismo del momento cuestionaba los signos de la feminidad normativa, Parton logró atravesar esta cuerda floja con paso seguro de funambulista: explotó hasta la exageración los códigos tradicionales de la feminidad sin quedar reducida a la condición de simple sex symbol.

Dolly Parton en una imagen de archivo del 2001.

La lucha de clases

Otro elemento esencial de Parton fue la lucha de clases, presente en buena parte de sus canciones. En Coat of many colors explica cómo, de pequeña, su madre le cosió un abrigo de muchos colores a partir de numerosos retales. Dolly dejó atrás el sentimiento de vergüenza asociado a la pobreza que sufrió para convertirlo en orgullo e identidad. Un rasgo que la llevó a desafiar claramente la idea del buen gusto, que a menudo se ha construido precisamente desde el privilegio, a través de un esteticismo deliberadamente kitsch y excesivo. Lentejuelas, flecos, pedrería, pelucas rellenas, satenes brillantes... Y todo teñido de aquel exceso que las clases privilegiadas pueden considerar barroco o vulgar, propio de quien no domina los códigos del saber estar burgués. Y si el gusto de las élites a menudo se caracteriza por la contención y la discreción del lujo silencioso, Parton respondió con una frase que resume perfectamente su actitud: “Para parecer tan barata hay que gastarse mucho dinero”.

Y quizás este es, precisamente, el secreto de Dolly Parton: haber sido capaz de convertir lo que podían ser debilidades en fortalezas a potenciar. Y, siguiendo el dicho de “si quieres caldo, dos tazas”, hizo de la feminidad casi paródica y del horterismo campestre dos rasgos que, cargados de orgullo identitario, se convirtieron en parte indisoluble de su imagen y de su carrera musical. Llevó la presencia femenina del country a una nueva dimensión.

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