El peor retrato de Julio Iglesias lo hizo él mismo
El cantante y el sexo, vistos a través de una autobiografía y los libros de Hans Laguna e Ignacio Peyró
Barcelona"Lo que ocurre es que soy muy tímido y a veces parezco que trato mal a las mujeres. No quiero ser grosero, pero a veces soy brusco. No es ningún trauma. Quizás está dentro de mí aquella vieja frase española que dice que a la mujer hay que tratarla como una puta, ya la puta como una señora", escribía Julio Iglesias en Entre el cielo y el infierno, la autobiografía que publicó Planeta en 1981, cuando el cantante tenía 37 años y vivía instalado en el éxito en Estados Unidos.
En el mismo libro, escrito con la ayuda del periodista Tico Medina, hablaba de una libreta roja con "más de cuatrocientos nombres de mujer". "La libreta roja es lo primero que viaja conmigo en el maletín de cuero", decía, y añadía que guardaba una copia "amorosamente, en algún rincón de casa, como una joya preciada, o en un banco suizo". "Necesito mujeres que tengan una estética diría que grande. Una mujer con personalidad, que tenga bien colocadas sus cosas, las de dentro y las de fuera, las que se ven, y las que no se ven", decía también en 1981. 45 años después, la descripción resuena con un eco nefando en las declaraciones de las dos mujeres que le han denunciado por acoso, agresión sexual y abuso laboral.
Cabe decir que la prosa de la autobiografía es peculiar, con comas repartidas con una generosidad enfermiza ("España me llena la boca, y la vesícula biliar, y la vida entera") y un arsenal metafórico entre la cursilería y la primera escena de una película porno ("Todos estos nombres de mujer no son más que puntas calientes de este volcán que parece que es mi corazón. No debo decir puntas de iceberg, ni mucho menos, porque aquí no hay cielo, hay calor")
En un capítulo titulado Hablemos del amor, Julio Iglesias, entre comas, admite: "Mi cuerpo necesita el amor, hacer el amor, físicamente, cada día, cada noche. Eso sí, siempre debo hacerlo de una manera imaginativa, respetuosa, a la vez que clásica, algo revolucionaria. Pero biológicamente correcta". ¿Ningún editor pensó que quizá merecía la pena revisar sobre todo la última frase? Hans Laguna, en el magnífico ensayo ¡Hey! Julio Iglesias y la conquista de América (Contra, 2022), se refiere a ello: "Lo he intentado, pero soy incapaz de visualizar qué quiere decir". Hans Laguna, todo un surfista de la curiosidad con espíritu crítico, hizo un trabajo exhaustivo de documentación para explicar los mecanismos de la cultura pop, el marketing y la fábrica de leyendas que atraviesan la vida y obra del cantante de La vida sea igual. Le aplicó una perspectiva crítica y encontró a un aliado quizá inesperado: el propio cantante, porque el peor retrato de Julio Iglesias lo hizo él mismo en la autobiografía y en los cientos de entrevistas y apariciones públicas, a menudo de la mano de una prensa del corazón que a finales de los setenta y principios de los ochenta fue fundamental en el acceso al éxito mundial. Era un autorretrato celebrado por el nacionalismo banal y el machismo venial. El autorretrato de un hombre que de la necesidad sexual hace un mandato. Nada aparentemente delictivo. Todo aparentemente dentro del consentimiento. Todo celebrado como se celebran los deseos consumados y las victorias por KO.
El "copulador en serie"
"Julio fue quien más contribuyó a la estampa de copulador en serie", escribe Hans Laguna, quien "de acuerdo con la información disponible" considera que el cantante presentaba "muchas de las características asociadas al trastorno hipersexual o adicción al sexo, como la impulsividad, la búsqueda incesante de novedad, la necesidad constante de prácticas sexuales diversas [pero biológicamente correctas], la frialdad emocional y la insatisfacción crónica". A modo de ejemplo, el propio Julio Iglesias recordaba que "no podía subir al escenario si antes no había hecho el amor", y que "mientras estaba en el escenario quería terminar enseguida" el concierto porque sabía que tenía una mujer esperándole en la habitación del hotel. Y añadía: "Mi único interés cuando subía a un avión era ligarme a la azafata para follármela en el baño". Finalmente, cuando tenía 70 años, admitió que había sido adicto al sexo, sobre todo entre 1973 y 1984.
Hans Laguna también informa del origen del titular sobre "el récord amatorio de las 3.000 mujeres". Surgió a principios de los años 80, cuando la periodista Jane Moore, del diario británico The Sun, le preguntó con cuántas mujeres se había acostado. Julio Iglesias no supo qué responder. La periodista le preguntó si eran "300". El cantante dijo que más. Y cuando ella le propuso "3.000", el cantante sonrió. El National Enquire norteamericano se hizo eco de la cifra y la leyenda se esparció por todas partes. "Que no se te ocurra desmentirle", le dijo Iglesias al mánager Alfredo Fraile.
Todo ello amplificó el estatus de "copulador en serie" y (según Fraile) "latin lover devorador de señoras" que, más allá de la cifra, sí estaba basado en hechos reales. Fraile decía que la casa de Indian Creek "parecía la ONU" por el "tránsito constante de mujeres bonitas" de todo el mundo. Y cuando Julio Iglesias iba a Nueva York accedía a las modelos que trabajaban para John Casablancas en la agencia Elite.
Ignacio Peyró, en el libro El español que enamoró al mundo. Una vida de Julio Iglesias (Libros del Asteroide, 2025), escribe: "Las chicas estaban en la casa de Indian Creek algunos días hasta que los apetitos del cantante urgían a una renovación de stock". Peyró, siempre con un tono cercano a la hagiografía canallesca que tanto excita a algunos, también dice sobre el cantante: "Hay algo en su declinar que coincide con el nuestro, y este libro quiere ser un homenaje a esa ligereza, a esa alegría, a esa inocencia".
Llegado a este punto, Hans Laguna formula una pregunta pertinente: "El desaforado currículo sexual de Iglesias obliga a preguntarnos en qué medida las relaciones fueron siempre consentidas". En la autobiografía, el cantante se muestra como alguien "absolutamente sensible al sexo" y "terriblemente erótico", pero no se siente un dDon Juan, que le parece un personaje ridículo. "No quiero a la mujer para usarla". También apunta que nunca ha pagado por una mujer: "Creo que en mi vida nunca he puesto un billete de nada en la mano de una mujer. No quiero pagar el amor con ninguna moneda. Lo que sí sé es que quiero estar sentado a una mesa donde haya muchas mujeres bonitas, eso es verdad, pero nunca tengo una preferida". Hay que insistir en la peculiar redacción del libro Entre el cielo y el infierno y en la forma en que Iglesias relaciona conceptos en un par de frases.
Hans Laguna escribía en el 2022 que Julio Iglesias nunca había recibido ninguna acusación relacionada con el comportamiento sexual, salvo una demanda de paternidad. Quizás, dice el autor del libro ¡Hey!, porque, "pese a su estatus privilegiado como estrella, no ha ocupado cargos que le permitieran aprovecharse de la posición de poder, como sí pasó con su amigo Plácido Domingo, que cometió abuso sexual siendo director de la Ópera de Los Angeles". En El español que enamoró al mundo (que la editorial revisará en una nueva edición), Ignació Peyró escribió en 2025 en una nota a pie de página que Julio Iglesias no había sido acusado de "conductas que son causa frecuente, ya no de cancelación, sino directamente de Código Penal: por ejemplo, prevalencia de su posición para conseguir favores sexuales, etcétera". La denuncia presentada ahora sí se inscribe en un contexto de posición de poder: la de quien contrata a unas trabajadoras domésticas y las obliga a satisfacerlo sexualmente.
¿Qué diferencia hay entre el Julio Iglesias de la libreta roja y el sexo con azafatas de aviación a finales de los setenta y el Julio Iglesias que en el 2020 y con 79 años presuntamente obligaba a una trabajadora doméstica a chuparle el ano y el pene toda la noche para calmarlo? "De mi vida, quien sabe es mi cama y mis amigos, y yo. Mis pocos amigos. Cada día menos", escribía Julio Iglesias en 1981. Parece que la cama ha empezado a hablar.