Rubén Blades, el cuentacuentos de la salsa, dice adiós a Barcelona
El músico panameño deja una última noche memorable en el tramo final de su gira de despedida
- Poble Espanyol. Festival Barts24 de julio de 2026
Hace años que Rubén Blades advertía que llegaría el día que colgaría el micrófono y dejaría los escenarios internacionales. Lo había repetido en entrevistas y conciertos, sin que eso alterara en lo más mínimo su exhibición de maestría salsera. Hasta que este jueves la promesa se convirtió en realidad. El cantautor panameño ofreció en el Poble Espanyol de Barcelona el último baile ante el público catalán, en un escenario que conoce bien y del cual se despidió para siempre. Lo hace a los 78 años, después de más de medio siglo de carrera, con una voz sorprendentemente intacta y una última demostración de vigor musical en el marco del festival Barts.
"Aguanta muy bien, el tío", comentaba entre risas un aficionado colombiano mientras contemplaba, probablemente por última vez en directo, la banda sonora que le ha acompañado durante media vida. "Volveré como turista", prometió Blades a una ciudad que le ha recibido en incontables ocasiones y con la que mantiene una relación especial. Y lo demostró como mejor sabe: regalando un repertorio generoso de una veintena de canciones acompañado de la inseparable Roberto Delgado Big Band. Fueron dos horas y media de salsa sin concesiones, con el regusto agridulce de las grandes despedidas. El ambiente era festivo, pero menos eufórico que en otras citas recientes en el mismo escenario, como la del Grupo Niche hace solo unos meses, también maestros de la salsa.
Armado con su voz incombustible, el panameño comenzó la noche con Plástico y provocó una primera gran ovación que hizo arrancar los primeros pasos de baile y dejó aparecer los móviles desde el primer minuto entre un público intergeneracional. Parecía que jugaba en casa, motivo por el cual pasó lista de nacionalidades, en que colombianos y venezolanos hicieron su demostración de fuerza particular, cantando a pleno pulmón el primero de tantos himnos que sonarían durante la noche.
Blades, sin embargo, nunca ha sido solo un cantante de grandes himnos. Politizado hasta la médula, es de esos artistas que no esconden su posicionamiento ideológico, ni en las redes ni en sus canciones. Esta vez habló poco, limitándose a pedir al público que fuera "solución" ante la bajada democrática y el auge de la extrema derecha. El resto lo dejó en manos del repertorio: País portátil y Emigrantes hablaron por él.
Tuvo tiempo tanto para recordar Venezuela como para rendir homenaje a su excompañero de aventuras fundacionales Willie Colón, a quien asegura que reconocerá siempre su talento. Y de talento a talento, Blades recurrió a Ligia Elena para hacer enloquecer al público barcelonés después de un tramo lento de concierto, en el que los más jóvenes bailaban sin miramientos éxitos más antiguos o menos mainstream, mientras los fieles más veteranos se abrían paso entre el público con movimientos ágiles, a pesar de su edad. Ya no quedaba nadie quieto en la abarrotada plaza del Poble Espanyol, donde las parejas se besaban y se abrazaban al ritmo de Amor y control.
Pero este abogado de la salsa (y abogado de verdad) siempre se guarda un último truco. El poeta, el cronista, el cuentacuentos, reservó cuatro clásicos para cerrar una noche que el público difícilmente olvidará. El cantante, María Lionza, Maestra vida y, finalmente, Pedro Navaja. No podía despedirse de otra manera: haciendo aquello que ha hecho durante más de medio siglo. Contar historias.