Infantino sale de un Mundial cargado de polémicas con la reelección en el bolsillo
El mandatario de la FIFA quiere hacer crecer el Mundial después de una cita donde no ha podido evitar unos cuantos escándalos
BarcelonaEl presidente de la FIFA, Gianni Infantino, respira tranquilo. Después de un Mundial con un montón de incendios parece que ha salido con la suya. Le han pitado y le han criticado, cierto. Y ha visto cómo, especialmente en Europa, políticos y periodistas decían que él no debería ser el presidente de la institución que decide el futuro del fútbol mundial. Pero las críticas le entran por una oreja y le salen por la otra, ya que ha conseguido su objetivo: audiencias increíbles, vender las entradas más caras de la historia de los Mundiales, tener a Donald Trump contento y, especialmente, asegurarse de que seguirá mandando. En las elecciones de marzo de 2027 será reelegido.
Este Mundial era un reto geopolítico, ya que Estados Unidos tiene un presidente que es capaz de provocar incendios cuando todo parece tranquilo. Quizás por este motivo, Infantino ha hecho de todo para tenerle contento, llegando a decirle antes de la final: “Esta Copa del Mundo no habría sido un éxito tan increíble sin usted. Es el acontecimiento social y cultural humano más grande que la humanidad haya presenciado jamás”. Hace meses creó un premio de la paz pensando en él. La FIFA le ha alquilado pisos en sus edificios y le ha cuidado tanto como ha podido para evitar tener problemas. Y ni así ha respirado tranquila.
No ha sido un Mundial fácil para Infantino. Especialmente, cuando Trump decidió explicar a todo el mundo que había presionado para conseguir que el delantero norteamericano Folarin Balogun pudiera jugar el partido de octavos de final contra Bélgica a pesar de estar sancionado por una tarjeta roja. En una decisión sin precedentes, la Comisión Disciplinaria le conmutó la sanción amparándose en el discrecional artículo 27 del Código Disciplinario. La decisión la tomó una sola persona, Mohammad Al-Kamali, de los Emiratos Árabes Unidos, sin consultarlo con el resto de miembros de la Comisión. El hecho de que Estados Unidos perdiera aquel partido calmó las cosas, pero creó un buen problema a Infantino, que ha hecho de todo para evitar que el presidente norteamericano se enfade. Casi todas las selecciones protestaron, especialmente la UEFA, la federación europea de fútbol.
Política y fútbol
Según los estatutos de la FIFA, las injerencias políticas están prohibidas, pero Trump ha ido fanfarroneando y explicando que había llamado personalmente a Infantino para conseguir el perdón de Balogun. Otras decisiones han evidenciado que la FIFA actúa de forma diferente cuando conviene, como ha pasado cuando no se han sancionado a los jugadores argentinos por mostrar una pancarta reivindicando que las Malvinas son argentinas, pero sí que ha prohibido la camiseta oficial de Haití, que contenía dibujos que hacían referencia a su guerra de independencia del siglo XIX
La FIFA tampoco ha podido convencer del todo a la administración Trump a la hora de tratar a todas las selecciones igual. Las de países que Washington tiene en una lista negra han visto cómo aficionados o trabajadores no conseguían visados de entrada. La situación más complicada fue gestionar la presencia en el Mundial de la selección de Irán, país en guerra con los Estados Unidos. Los iraníes tuvieron que trasladar su campo de entrenamiento, que inicialmente debía ser en Arizona, al otro lado de la frontera, en Tijuana. Cuando les tocaba jugar, tenían que coger un avión hacia Los Ángeles o Seattle, escenario de sus partidos, jugar y volver a Tijuana. Más cansados que otros equipos, quedaron eliminados. Pausas y chips
Ha sido un Mundial marcado, también, por novedades, especialmente las pausas obligatorias de hidratación de tres minutos en los minutos 22 y 67 de cada partido, sin importar las condiciones climáticas. Aunque Gianni Infantino insistió en que la decisión era “puramente deportiva” y no genera beneficios económicos directos para la FIFA, las pausas se han convertido en una nueva ventana comercial para las cadenas de televisión, que han hecho el agosto. Unas pausas que han generado un fuerte debate y que hacen preguntarse si el fútbol entra en una era con cuatro cuartos, en lugar de dos partes. Un fútbol en el que la tecnología no evita los debates, como ha pasado con el uso de chips dentro del balón, que no han evitado las quejas de croatas o noruegos. En general, el nivel del arbitraje no ha sido muy alto. Otros debates han sido el precio de las entradas, los largos viajes, los partidos retrasados por el clima o la negativa de Estados Unidos a conceder un visado al árbitro somalí Omar Artan. No ha sido un Mundial redondo, aunque la FIFA se enorgullezca.
Infantino no sufre
Gianni Infantino, sin embargo, parece muy contento. Lo parece, ya que a pesar de recibir críticas de aficionados y periodistas, ya tendría el apoyo de unos 200 países, del total de 211 que conforman la FIFA, para reelegirlo presidente por cuarta vez consecutiva, según avanzó The Guardian. Solo unos pocos países europeos, entre ellos Alemania, lideran una campaña para intentar echar al suizo, que parece destinado a ganar el congreso de marzo que viene. Infantino, de 56 años y presidente de la FIFA desde 2016, es, de momento, el único candidato a esta elección, aunque pueden aparecer otros nombres hasta el 18 de noviembre, cuando se cierra la presentación de candidaturas.
De hecho, el dirigente suizo ya ha explicado que, de cara al Mundial de 2030, valora la posibilidad de ampliar la fase final a 64 equipos. Si en 2022 los clasificados eran 32 y en esta edición han subido a 48, Infantino quiere seguir estirando el negocio, y una de las razones sería estratégica. Muchas federaciones que difícilmente se clasificarían para un Mundial actualmente lo votarían si se ampliase la competición a 64 equipos. Si se suman las cifras de dinero repartidas en este Mundial, el resultado es un escenario donde Infantino podrá seguir mandando. Y ya no tendrá que estar tan pendiente de Trump los próximos cuatro años.