Sobrevivir después de dos días enterrado en la nieve: "Deseaba morir"
Biel Grau fue el único superviviente de una pequeña expedición al Costabona hace 25 años
Torelló"Cada año me entra una especie de tristeza cuando se acercan estos días", suspira el excursionista Biel Grau (Lliçà d'Amunt, 1948). Hace justo 25 años perdió a dos grandes amigos sepultados por un alud mientras bajaban de la cima del Costabona, "una montaña de vacas" de 2.465 metros en el Ripollès. Él sobrevivió dos días enterrado bajo la nieve. Fue el doloroso epílogo de la tragedia que tres semanas antes había dejado nueve muertos en la zona del Balandrau.
El sábado 20 de enero del 2001 Grau se encontró con Jordi Artiaga, de Canovelles, y Joan Soley, vecino de Lliçà d'Amunt y compañero de vida y aventuras: cada Semana Santa hacían una travesía en los Alpes. "Era el amigo más amigo que tenía", afirma Grau con nostalgia. Enfilaron el camino hacia el Pirineo oriental con el Mitsubishi de Grau. Llegaron a la cima del Costabona. La idea era bajar hacia la esquina francesa y volver, pero se había vuelto mal tiempo y decidieron dar media vuelta y ya volver hacia los coches. Eran tres reconocidos alpinistas. Biel y Juan habían pisado el Himalaya y habían conquistado una cima de más de 7.500 metros en China. Querían cumplir un 8.000.
"Había una placa de hielo que se rompió con nuestro peso y provocamos un alud. Empezamos a bajar juntos con el alud. Tenía la sensación de que estaba dentro de una lavadora. Íbamos dando vueltas", afirma. Quedaron sepultados bajo la nieve, encarcelados. No podían salir. "Parece que Joan quedó en posición horizontal. Tuve la suerte de que quedé tumbado, pero algo inclinado, con la cabeza un poco arriba. Tenía un palmo de nieve encima, pero se filtraba un poco de luz y un poco de aire y podía respirar", añade. Recuerda sobre todo "una presión muy fuerte de la nieve".
"Sentía mucha presión en el cuerpo. Me sentía como si estuvieran haciéndome un molde, todo comprimido. No podía moverme. Casi no podía respirar –recuerda–. Yo no creo mucho en dioses y estas cosas, pero pensaba que si había alguien allá arriba, ojalá se me llevase." Lo estaba pasando muy mala. Tenía clavada ante los ojos una mancha roja de sangre de una herida que se había hecho en la frente bajando, cayendo. Juan y él habían quedado sepultados bastante cerca el uno del otro y hablaban. Sin verse, sin entenderse, pero hablaban. A gritos desde sus celdas de nieve y hielo. "Nos sentíamos de lejos, pero nos sentíamos", subraya. "Aquí vino el golpe más fuerte. Lloro, pero es que los recuerdos son muy duros. De repente ya no me contestó y supe que había muerto", admite con un hilo de voz.
Hacerse pipí encima para ganar calor
No podía mover la mano izquierda porque se había roto el cúbito y el radio por distintos puntos. Con la mano derecha fue haciéndose más espacio entre la nieve y se quitó la llave del coche de un bolsillo y se la puso en la boca para hacer algo de agujero, para poder respirar "un poquito mejor". La noche fue "muy dura". Se imaginaba en casa, frente a la chimenea con su mujer y con sus dos hijos. Por escapar del dolor y de la realidad, sepultado y perdido bajo la nieve. Tuvo que hacerse pipí encima más de una vez. Le iba bien para ganar calor. El segundo día siguió agujereando bajo la nieve para estar más ancho, pero seguía enterrado. Seguía gritando auxilio, pero nadie le oía. "Me salió una fuerza de mí mismo que a veces lo pienso y pienso cómo coño pude reaccionar de esa manera. Supongo que es el instinto de sobrevivir", asegura.
La salvación llegó el lunes a primera hora de la mañana, casi dos días después del alud. De repente sintió un helicóptero que se acercaba. Cuenta que le localizaron rastreando su móvil y gracias al ARVA, un aparato electrónico que emite y recibe ondas para localizar a personas bajo un alud. Lo desenterraron un grupo de bomberos con palas. "Sentí una gran alegría, sin embargo", dice. Lo encontraron con hipotermia, le llevaron al hospital de Campdevànol y después al de Granollers. No pudo ir al entierro de sus dos amigos: Joan, de 44 años, con pareja y un hijo de siete años, profesor de instituto y concejal de Lliçà d'Amunt; y Jordi, de 40 años, con pareja y dos hijos de nueve y seis años. Tenía un taller de muebles de baño y cocina.
Grau dice que le salvó "un golpe de suerte". "Necesité un año para recuperarme física y mentalmente. Fue muy duro. En el segundo año dije que no podía seguir así. Fui a hacer la ruta que habíamos hecho ese día, en el Costabona, allí al alud, sin decirlo a nadie", dice a sus 77 años, atravesado por la emoción. "Cada vez que hacía una cima pensaba en Joan. En lo bien que nos lo pasaríamos los dos", admite. Y sigue caminando.