Poligono industrial en Osona
07/03/2026
4 min

Cataluña tiene una virtud indiscutible: sabe analizarse. Disponemos de informes, comisiones, estudios, think tanks y debates de gran nivel. Pero esa fortaleza también puede convertirse en un lastre cuando el diagnóstico sustituye a la acción. Somos un país sobrediagnosticado. Y ha llegado la hora de sobreejecutar.

El reto no es descubrir qué nos pasa, hace años que lo sabemos, sino hacer que las ideas acaben en proyectos, que las propuestas se transformen en incidencia real y que los debates desemboquen en decisiones con calendario. Cataluña no necesita más repositorios de PDFs; necesita resultados.

Vivimos un tiempo acelerado. La tecnología evoluciona a velocidad vertiginosa, la geopolítica es incierta, la transición energética y la transformación industrial redefinirán sectores enteros, y la inteligencia artificial abre oportunidades e interrogantes. Pero existe un factor estructural que puede condicionarlo todo: la demografía.

Cataluña ha superado los ocho millones de habitantes, en buena parte gracias a la inmigración, que ha sido una energía extraordinaria para el país. Sin embargo, a la vez tenemos una población envejecida y una de las fecundidades más bajas del mundo. Si el crecimiento se fundamenta principalmente en empleo de bajo valor añadido y bajos salarios, nuestro modelo de cohesión social se tensionará. Podemos tener más PIB, pero si no crece el PIB per cápita, si no aumenta la productividad y no mejoran los salarios, el círculo virtuoso (crecimiento, buenos servicios públicos, cohesión, oportunidades) puede convertirse en un círculo vicioso (presión sobre servicios, frustración, menos oportunidades).

Para evitarlo, es necesario volver a poner la creación de riqueza en el centro. No como eslogan, sino como condición imprescindible para sostener todo lo que amamos: educación, sanidad, protección social, cultura y cohesión. Hablamos a menudo de distribución de la riqueza, pero demasiado poco de su creación. Y la creación, cuando es sólida y justa, es ya en sí misma una forma de distribución: se extiende como una mancha de aceite por todas las capas de la sociedad.

Pero saberlo no es suficiente. La pregunta es cómo se ejecuta. Una delegación de FemCAT de cuarenta personas –empresas, universidades y prensa– acaba de pasar una semana en Corea del Sur para observar cómo lo hacen los mejores. Y la respuesta no es un secreto tecnológico: es cultural. Los coreanos le llaman pali-pali –hazlo ahora, midelo mañana, mejoralo pasado mañana–. No es improvisación; es haber decidido como sociedad que el tiempo entre la idea y el mercado es una variable estratégica de país. Y es exactamente esa actitud lo que nos falta: no más diagnosis, sino más acción. Ser conscientes de que la innovación no es innovación si no tiene reflejo inmediato en el mercado. Y esto sólo puede hacerse a la coreana: que el tráfico de los centros de investigación o de las universidades a las empresas sea real y lo más rápido posible.

Cataluña debe ser capaz de poner el conocimiento en el centro de su estrategia. Conocimiento, no como palabra bonita o sector aislado, sino como infraestructura económica de país. Conocimiento significa formación, talento, innovación, transferencia y, en consecuencia, capacidad de convertir todo esto en empresas competitivas y puestos de trabajo bien remunerados.

Cuando ponemos el conocimiento en el centro, activamos un efecto multiplicador: empresas más productivas, salarios más altos, más valor por repartir. El crecimiento económico se transforma así en progreso social real. No es casualidad que ecosistemas que han sabido reinventarse cada vez que han sufrido una crisis, como los de Boston o Corea del Sur, hayan construido un modelo en el que universidades y empresas cooperan para generar innovación continua y actividad de alto valor añadido.

En Cataluña tenemos activos extraordinarios en investigación y formación. Pero el gran reto es convertirlos en una agenda de país para los próximos veinte años: captar y retener talento –incluyendo vivienda, agilidad administrativa, seguridad jurídica y un entorno fiscal adecuado– y garantizar que la transferencia de conocimiento hacia el mercado sea real y rápida. La excelente búsqueda que no llega a la empresa es como un Fórmula 1 sin gasolina: impresiona, pero no avanza.

Si somos capaces de transferir este conocimiento, esta innovación, a las empresas, el resultado será un ecosistema catalán de empresas más fuertes y mayores. Cataluña es buena creando empresas y start-ups. Pero tenemos una debilidad estructural: nos cuesta hacerlas mayores. La dimensión bien entendida no es un detalle; es productividad, capacidad de invertir en innovación, acceso a mercados y mejores salarios. Debemos perder el miedo a crecer. Hacerse mayor no es perder el alma; es multiplicar el impacto y reforzar la capacidad de decidir desde ahí. Por eso debemos crear más instrumentos de colaboración público-privada que permitan invertir y consolidar proyectos estratégicos.

Y debemos poder hablar de impuestos sin complejos, huyendo de las consignas simplistas sobre subir o bajar impuestos. Lo que necesitamos es una fiscalidad inteligente, un marco fiscal sólido alineado con los objetivos del país: invertir, innovar, crecer y reinvertir beneficios.

Cataluña puede ser uno de los mejores países del mundo. No es romanticismo; es una hipótesis de trabajo. Pero para ello necesitamos tres pilares sólidos: conocimiento para crear valor, empresa para convertirlo en realidad y cohesión para sostenerlo en el tiempo. Y una actitud que lo atraviese todo: acción.

Ya hemos diagnosticado lo suficiente. Ahora nos toca ejecutar. Porque si depende de nosotros, y en gran parte depende de nosotros, ya está medio hecho.

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