Knock Out

El curioso espectáculo de ver a alguien comiendo a través de la pantalla

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Periodista i crítica de televisió
3 min

Primero fueron las imágenes de platos de restaurantes en la pantalla del móvil: cafés con dibujitos hechos con una espuma de leche muy densa, hamburguesas apetitosas y brunchs fotográficos que funcionaban como postales gastronómicas que parecían convertirse en estilo de vida. La comida entraba en las redes como espectáculo visual y como una estrategia de prescripción de establecimientos. Luego llegaron las recetas sencillas pensadas para ser reproducidas desde su teléfono, una cocina doméstica acelerada gracias al ritmo de un vídeo corto y eficaz. La pandemia contribuyó a su popularización y la curiosidad se convirtió casi en necesidad. La tendencia derivó en recetas mucho más complejas que nadie tenía intención de cocinar nunca pero que invitaban a mirar el proceso como quien observa un ritual mágico: masas que fermentan, mezclas inauditas, cocciones lentas y maceraciones sofisticadas. El espectador quedaba atrapado, no porque pensara en probarlo en la cocina de casa, sino para ver en qué se transformaba aquella elaboración meticulosa. Saturados de propuestas culinarias, el foco de atención enseguida se desplazó del plato al acto de comer: personas frente a la cámara amplificaban el sonido de cada mordisco para provocar un estímulo sensorial al espectador. Primerísimos primeros planos del mordisco, las salsas chorreando, el crujir de algunos ingredientes, el crepitar delicado de la esponjosidad del pan, el sonido de la cuchara acortando el plato. Un fetichismo alimentario en el que el interés ya no radicaba en la cocina ni en el sitio, sino en el disfrute de la textura y el sonido. Progresivamente, la comida ha dejado de ser una actividad placentera para convertirse en un pretexto de compañía: la aparición de los vídeos eat with me, los come conmigo. Aquí no hay receta ni es necesario un plato excepcional. El espectáculo tampoco necesita ser sugerente. Sólo es alguien sentado en una mesa con la cámara delante, como si comiera contigo. Se pone un plato en la mesa o destapa un táper como cualquiera de los que la gente se lleva al trabajo. Pueden ser unos huevos revueltos bastante mediocres acompañados de un triste arroz hervido. No hace falta que parezca suculento. Incluso es posible que el menú ni siquiera forme parte de la cultura gastronómica propia. Lo único que hace la persona es invitarte a compartir ese momento. Ofrece compañía a la que debe comer solo. Hacerle más amena la pausa laboral para matar el apetito o, sencillamente, disimular un silencio doméstico demasiado incómodo de soportar. Hay quien pone estos vídeos de fondo mientras come ante el ordenador del trabajo, como quien enciende la radio. Pero sólo es la creación de una ilusión. En realidad, la interacción es inexistente. Hay vídeos en los que el comensal come poco a poco y en silencio, marcando un ritmo saludable de ingestión a seguir por imitación. Otros explican circunstancias vinculadas al acto de alimentarse, como si dieran conversación. Hablan de la importancia de masticar un determinado número de veces o de tomar conciencia de cada cucharada. Es una presencia ligera que no exige ningún esfuerzo al espectador. Basta con ir masticando y familiarizarse con un desconocido que finge dirigirse a un hipotético alguien que está al otro lado de la pantalla.

Hay personas que creen que comer solo es triste, y lo evitan porque lo encuentran una derrota deprimente. Pero después de ver los vídeos de come conmigo, quizá cambien de parecer: comparado con simular que compartes mesa con un figurante digital, comer solo les puede parecer, de repente, una opción sorprendentemente digna.

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