¿Por qué nos cuesta tanto desconectar del ritmo acelerado?
Hablamos con la doctora en neurociencia y psicología clínica Noelia Samartin Veiga sobre cómo escuchar el cuerpo y entender las emociones en una cultura marcada por la urgencia
BarcelonaEstamos en un momento en el que la vida cotidiana parece marcada por la velocidad, la autoexigencia y la constante sensación de no llegar a todo. Cada vez nos parece más difícil detenernos a escuchar nuestro cuerpo y emociones. De esto habla la doctora en neurociencia y psicología clínica Noelia Samartin Veiga, autora del libro Has venido a vivir (Penguin Random House Grupo Editorial, 2026).
La disciplina nace de la voluntad propia, pero a menudo nos autoexigimos hasta el extremo y acabamos actuando en contra de nuestro bienestar, sólo para evitar la incomodidad de renunciar a actividades que, a pesar de ser positivas para nosotros, no siempre podemos encajar dentro de la rutina. "No podemos olvidar que vivimos en un contexto, no podemos aferrarnos sólo a la culpa", explica Samartin Veiga. Recuerda que en muchas ocasiones ignoramos las variables sociales o laborales que condicionan nuestra capacidad de sostener rutas. Poner todo el peso en la responsabilidad personal alimenta la culpa e invisibiliza el papel del entorno, que realmente es uno de los factores con mayor peso en nuestra vida.
Esta mirada contextual también ayuda a entender por qué algunas personas pueden mantener ritmos tan exigentes mientras que otras se sienten fácilmente desbordadas. En este sentido, insiste en la importancia de la flexibilidad mental: "No ocurre nada si fallas un día, un día no invalida el proceso, es nuestra propia rigidez la que nos irrita y acaba limitando", asegura la psicóloga.
En los últimos años, se ha popularizado mucho una idea que explica que las personas sólo necesitamos 21 días para adaptarnos a un nuevo hábito, pero se trata de un hecho no comprobado. "Lo que se comenta de los 21 días vende mucho, pero no es real, ni siquiera es una media bien hecha", subraya Samartin Veiga. Según explica, muchos de los mensajes populares sobre el cambio personal simplifican procesos que, en realidad, son mucho más complejos. "El tiempo real para que una conducta se consolide puede ir aproximadamente de los 18 a los 254 días, creando una media de unos 68 y, más allá de la temporalidad, también existen otros factores que participan", señala la psicóloga, características como la fricción con la rutina o la afinidad personal con la actividad pueden facilitar o complicar la incorporación.
Las emociones como información
Otro de los principales ejes del libro es la relación que tenemos con nuestras emociones. "Son señales que se manifiestan a través del cuerpo y que conviene atender antes de que se identifiquen, no es necesario presentar una reacción inmediata, pero deberíamos reservar espacios para observar qué nos pasa internamente", comenta la autora. Nos recomienda realizar una escucha, si es posible diaria, en la que nos detenemos para evitar mantener nuestras emociones como cargas.
No es que no sepamos interpretar nuestras emociones, sino que a menudo no dejamos que nuestro cerebro las perciba, deberíamos intentar dejar tiempo para estar sin estímulos, un rato cada día sin pantallas y distracciones, espacios de silencio para comprender lo que sentimos.
"Tenemos miedo de acercarnos a sentimientos intensos y sentirnos solos, por eso intentamos evitar estas situaciones de silencio, pero son beneficiosas para nuestro bienestar", dice Samartin Veiga. La clave es disponer de herramientas de regulación que permitan explorar la emoción sin sentir que nos arrastra, debemos tener lo que llama "cuerdas de seguridad", ejercicios de respiración y otros tipos de actividades similares que nos ayuden a relajarnos y nos puedan ayudar a no caer en situaciones que nos consumen.
El estrés que nos protege
Además, para entender mejor las reacciones de nuestro cuerpo debemos tener en cuenta cómo gestionamos el entorno en el que vivimos y cómo interpretamos el estrés que sufrimos a diario. "Un paso clave para reducir la carga mental y aprender a vivir sin agotamiento constante es aprender a priorizar, debemos saber soltar lo que no podemos controlar", explica la autora. Es decir, lejos de demonizar el estrés, debemos saber distinguir entre ese puntual, que prepara nuestro cuerpo para responder a situaciones exigentes, y el estrés crónico, que impide el retorno a la calma.
También debemos reconocer la dependencia actual que todos experimentamos con la gratificación inmediata. "Vivimos en una cultura de la recompensa y estamos desajustados respecto a cómo estamos diseñados en cuanto a las gratificaciones, el cerebro está preparado para contextos con pocos estímulos, pero hoy está expuesto constantemente a recompensas rápidas, esto dificulta la paciencia y la capacidad de escucha emocional. Esta situación no se daba hace 30 años," Vea. A escala sensible es fácil apagar las otras emociones que sentimos para prepararnos para el siguiente hito a conseguir, ese es el motivo porque es tan fácil entrar en la sensación de que muchas veces sufrimos de "nunca es suficiente".
Esta lógica se entrelaza con la autoexigencia y la necesidad de validación externa. Reducirla es posible, pero comporta un coste inicial que muchas veces no estamos dispuestos o preparados para asumir, la culpa o la vergüenza que comporta decepcionar a los demás. "Estas emociones son sociales y nos hacen sentir que, por culpa de nuestras decisiones, el grupo nos va a rechazar", expresa la psicóloga, pero en el momento en que nuestro cuerpo comprueba que no sentimos ningún tipo de daño se empieza a relajar "a medida que hacemos la actividad y que vemos que no sufrimos ninguna consecuencia negativa real empieza a disminuir ya decir" de acuerdo.
En última instancia, ante una cultura que premia la rapidez y el rendimiento, Samartin Veiga defiende un gesto contracultural: detenerse lo suficiente para preguntarse qué necesitamos realmente. Con Has venido a vivir no nos ofrece un simple manual de soluciones, la autora concluye invitándonos a replantear nuestra relación con el cuerpo y las emociones, reflexionar sobre las prioridades y expectativas personales ya replantearnos la relación que tenemos con el tiempo y los hábitos diarios.