¿Qué hace una medusa en una pista de tenis?
Que el tenis ocupe titulares más allá de la página de deportes es ya, en sí mismo, una noticia. Que logre desplazar durante unos días la omnipresencia futbolera de los telediarios, casi un pequeño milagro laico. Y que, además, sea tanto por una final ganada como por un traje, dice mucho de la naturaleza particular de este deporte. En los últimos días, el tenis ha logrado exactamente eso: abrir una brecha en la actualidad informativa no solo porque Carlos Alcaraz haya ganado el Abierto de Australia en una final de alto voltaje, sino también porque la tenista Naomi Osaka accedió a la pista con un traje inspirado en una medusa. Puede parecer anecdótico, pero no lo es.
Si en muchos deportes la moda es un ruido de fondo baladí, el tenis es una excepción notable. A lo largo del siglo XX, la historia de este deporte ha sido atravesada por momentos en los que la ropa no hablaba tanto de gustos personales como de jerarquías sociales, códigos morales y tensiones políticas. Y ese fenómeno no es casual. El tenis es un deporte de mirada sostenida: desde el paseo de entrada hasta el último punto, el cuerpo del jugador queda expuesto y es observado, leído. Aunque las marcas deportivas hayan colonizado buena parte de las posibilidades mercantiles, los y las tenistas han sabido encontrar rendijas para contarnos cosas que van mucho más allá del marcador.
El pasado 20 de enero, Naomi Osaka accedió a la Rod Laver Arena del Abierto de Australia como si de un desfile de moda se tratara, con un traje impactante de uno de los creadores más espectaculares del panorama actual, el chino afincado en Londres Robert Wun, en colaboración con Nike. La prenda, hecha con tejidos translúcidos y formas que evocaban tentáculos, recreaba una medusa en recuerdo de un cuento infantil que la conecta con su hija. Pero la operación simbólica no acababa con el traje. La teatralización de la entrada –con un gran sombrero fedora del que nacía un velo kilométrico y una sombrilla–dotaba a la tenista de un aura de empoderamiento que, posiblemente, dejó desarmada a su contrincante, la croata Antonia Ruzic, a la que Osaka acabó imponiéndose tras tres sets.
Un mensaje en el sistema
Este gesto, lejos de responder a una excentricidad individual, se inscribe plenamente en la tradición iniciada por las hermanas Williams. No podemos olvidar que el tenis es un deporte históricamente blanco y asociado a las clases media y alta, lo que explica el fuerte rechazo que sufrieron tanto Serena como Venus Williams. Con un claro objetivo –convertirse en las tenistas más importantes de todos los tiempos–, hicieron de la ropa una bandera de reafirmación, resistencia y empoderamiento. El icónico catsuit que Serena lució en el Abierto de EEUU del 2002 dejaba a la vista una poderosa y musculada anatomía que desbordaba los cánones establecidos. Inspirado en el arquetipo de Catwoman encarnado por la actriz afroamericana Eartha Kitt en la serie Batman de los años sesenta, el traje fue calificado por muchos medios de "demasiado intimidatorio". Una intimidación que mostraba las vergüenzas del sector, ya que, lejos de referirse a la contrincante, los que se sentían amenazados eran los cimientos clasistas –y raciales– que aún hoy sostienen este deporte.
De hecho, no es la primera vez que Osaka, criada en un entorno con recursos limitados, hija de padre haitiano-americano y madre japonesa, utiliza la moda como vehículo comunicativo. En el Abierto de EEUU del 2020, disputado en Flushing Meadows, llevó siete mascarillas distintas con nombres de víctimas de violencia racial y transformó una pieza sanitaria en un gesto de memoria pública. Por eso, lejos de ser una extravagancia o una distracción, el traje medusa se inscribe en una genealogía muy clara: la de las mujeres –especialmente las racializadas– que, dentro del tenis, han necesitado vestirse para decir lo que el sistema prefiere no escuchar.