Naturaleza

Un pájaro que es símbolo de vida, fertilidad y abundancia

En busca del quetzal, el pájaro sagrado del bosque nuboso de Costa Rica

Òscar Domínguez
15/08/2026 - 08:02 h.

Esta es una historia de observación de aves y comienza, como es habitual, antes del amanecer. El objetivo no es otro que observar el quetzal espléndido (Pharomachrus mocinno), una de las aves más bellas del planeta y el más famoso de los trogónidos, una familia de aves que habita tanto los bosques ecuatoriales del Nuevo Mundo como los del Viejo Mundo. Para encontrarlo, nos hemos desplazado hasta una aldea rodeada de bosque nuboso y bautizada con el nombre de San Gerardo de Dota, en las tierras altas de Costa Rica.

Situados frente a un gran árbol esperamos la visita del ave. El plan consiste en cogerlo bien temprano por la mañana, cuando “desayuna”, aunque también acostumbra a estar bastante activo hacia el atardecer. El árbol que hemos elegido es conocido en la región con el nombre popular de aguacatillo. Bajo este nombre genérico se agrupan diferentes árboles de la familia de los laureles o lauráceas (Lauracaea) y que producen unos frutos ricos en grasas muy necesarios para estas aves. Esta familia de árboles está ampliamente distribuida e incluye especies tan conocidas como el aguacate o la canela. Algunos estudios mencionan que existe una coevolución entre los árboles y el quetzal, asociando los períodos de abundancia y fructificación de los primeros con los desplazamientos altitudinales de los segundos. Además, los quetzales tienen un papel importante como agentes de dispersión de las semillas, especialmente fuera de la época de reproducción, donde llegan a recorrer hasta tres kilómetros al día en busca de alimento.

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El quetzal suele tragarse enteros entre dos y cinco frutos según su tamaño. Una vez engullidos, el esófago se encarga de separar la pulpa de la semilla en un proceso que puede durar entre quince y veinte minutos –motivo por el cual los quetzales permanecen posados en la misma rama casi sin moverse–, para acabar regurgitando la semilla.

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Tan bonito como reservado

El macho del quetzal presenta la cabeza y el pecho de color verde iridiscente, abdomen rojo brillante y cola blanca y negra donde destacan algunas plumas de color verde larguísimas, que en el período del apareamiento pueden llegar a los noventa centímetros de longitud; la hembra no tiene estas plumas largas y muestra, en general, un plumaje menos vivo.

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Anida en cavidades de troncos de madera blanda, que puede trabajar con su pequeño pico, o bien aprovecha agujeros en árboles de madera más fuerte que hayan sido anteriormente excavados y abandonados por pájaros carpinteros. Tanto el macho como la hembra contribuyen a la construcción del nido y a la incubación de los huevos (para poder efectuar esta última operación, el macho repliega la larga cola sobre el cuerpo, dejándola caer fuera de la zona de entrada al nido). Las crías recién nacidas son alimentadas por sus progenitores inicialmente con pequeños vertebrados e insectos, para después ser orientadas gradualmente hacia una dieta basada únicamente en fruta y bayas, que será la que mantendrán cuando lleguen a la edad adulta.

Para la mayoría de las culturas mesoamericanas el quetzal ha sido un animal sagrado. Era considerado símbolo de vida, de fertilidad y de abundancia. Los mayas utilizaban sus plumas como moneda. También como parte de sus estandartes y ornamentos. Al parecer, las obtenían capturando el macho de quetzal vivo cuando migraba hacia tierras más bajas (justo después del período reproductor), se las arrancaban y lo liberaban. También podría ser que las encontraran caídas en el suelo del bosque, ya que los machos se desprenden de ellas de manera natural una vez acabada la época de celo. Lo confirma el hecho de que muchos habitantes de las áreas donde viven estas aves han encontrado en alguna ocasión plumas de la cola de quetzal en el bosque.

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Proteger al quetzal es proteger el bosque nebuloso y a todos sus habitantes

El bosque que rodea San Gerardo de Dota, en la cordillera de Talamanca, es uno de los pocos lugares del mundo donde se puede observar el quetzal con cierta facilidad, pero hay otros como Monteverde. Monteverde es todo un ejemplo de conservación. Esta reserva, situada en la cordillera de Tilarán, es un destino ecoturístico de primer orden en Costa Rica. La mayor parte de la reserva la ocupa un bosque nuboso donde encuentran refugio más de 500 variedades de orquídeas y unas 400 especies de aves. El bosque es también famoso por la abundancia de plantas epífitas (aquellas que crecen encima de otras plantas y que solo las utilizan como soporte) muy densas, resultando difícil distinguir las copas de los árboles que las sostienen.

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La reserva de Monteverde recibe su nombre de la pequeña localidad de Monteverde, fundada en el año 1949 por un grupo de cuáqueros procedentes de Alabama, Estados Unidos. Posteriormente, en el año 1972, residentes locales, con la colaboración de científicos visitantes, establecieron la reserva biológica Bosque Nuboso Monteverde, un santuario de vida salvaje de cerca de 2.500 hectáreas para proteger el espacio de la especulación. Uno de los objetivos era evitar la desaparición del sapo dorado, un pequeño anfibio descubierto en el año 1966 y que actualmente se considera extinto; el último ejemplar vivo fue observado en el año 1989. Durante los primeros años, solo los investigadores tropicales visitaban la reserva, pero un documental de la BBC del año 1978 dio a conocer Monteverde, un hecho que provocó que el número de visitas aumentara significativamente. Hoy día, la reserva es propiedad del Centro de Ciencias Tropicales, una asociación conservacionista que se encarga de la gestión y el mantenimiento.

En Monteverde –y también en San Gerardo de Dota– los quetzales espléndidos encuentran su hábitat idóneo y continúan siendo comunes. La atracción derivada de su belleza sostiene todo un ecosistema bastante intacto donde encuentran refugio muchas otras especies menos espectaculares, pero imprescindibles para la supervivencia de estos bosques nubosos y del mismo quetzal.

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Pioneros

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Uno de los primeros en llegar al valle del río Savegre, a los pies del Cerro de la Muerte, fue Efraín Chacón. Lo hizo en el año 1954, buscando un lugar donde establecerse. Considerado por muchos uno de los pioneros del ecoturismo en Costa Rica, comenzó alquilando tres habitaciones y ofreciendo comida y café. Los primeros visitantes eran pescadores, que atraídos por las truchas, visitaban el río Savegre. Eran los años setenta, cuando ya se podía acceder al valle en vehículo.La cosa cambió súbitamente cuando dos investigadores de la Universidad de Harvard fueron a Costa Rica a recolectar orquídeas para un estudio y Efraín les hizo de guía; se quedaron unos cuatro días.Sobre las orquídeas encontradas en aquel valle aún desconocido de las tierras altas de Costa Rica, hicieron una publicación que iba acompañada de una foto de unos quetzales. Esta fue la primera noticia de la existencia de estas aves en San Gerardo. Esta maravillosa coincidencia provocó que ornitólogos y naturalistas de todas partes llegaran al valle del río Savegre en busca del preciado pájaro. Con el paso del tiempo, las tres habitaciones acabaron convirtiéndose en el Hotel Savegre, uno de los alojamientos más reputados y conocidos en San Gerardo de Dota.Otra de las pioneras en San Gerardo, es Doña Miriam, conocida por la comida casera que sirve en su pequeño restaurante, como el casado y el filete de trucha de río a la plancha; y también por el delicioso café que prepara y de origen local. Después de cerca de cincuenta años en el valle, Doña Miriam se define como una amante de los pájaros y de la naturaleza; en su patio tiene instaladas unas comederos donde acuden algunas de las especies de aves más características de los bosques nubosos. Cuando nos detenemos en su restaurante para comer, nos explica que a veces también llega algún ejemplar de quetzal, como Manolito, un ejemplar confiado que acudía hace unos años cuando ella le silbaba.

Las plumas de Moctezuma

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La iconografía del quetzal abunda a lo largo del tiempo y el espacio en Mesoamérica, incluyéndose los murales de Teotihuacán y Bonampak, que representan deidades y poderosos señores con tocados adornados con plumas de quetzal. Algunas representaciones clásicas mayas representan una especie de paraíso floral habitado por quetzales y otras aves de plumaje brillante. Un buen ejemplo de cómo se utilizaban estas plumas se encuentra en el museo etnográfico de Viena: un plumero atribuido a Moctezuma II, pero que parece que nunca usó. Además de plumas de quetzal el plumero contiene oro, piedras preciosas y plumas de otras aves, como la cotinga amable (Cotinga amabilis) o el cuclillo ardilla común (Piaya cayana). Afortunadamente, el plumero se ha conservado durante casi cinco siglos, a pesar de los conflictos, las guerras y como mínimo, diez cambios de ubicación. Hay una copia fidedigna hecha en el siglo XX, con plumas auténticas, custodiada en el Museo Nacional de Antropología de Chapultepec. Esta copia es representativa del arte plumario mexicano del siglo XX y considerada también una pieza única, porque tanto el quetzal como la cotinga, son especies protegidas.