Recuperar el orgullo afro: "En algunos países creen que mi pelo es feo"
Solo algunas afrodescendientes se decantan por su cabello rizado natural. Pelucas, extensiones o productos para alisar el cabello son lo que tiene más éxito
BarcelonaSu cabello realmente llama la atención. Ella misma admite que se siente observada allá donde va y que está cansada de que la paren en la calle para pedirle si le pueden tocar el cabello o que directamente se lo toquen sin su permiso. Isabel Balde, de 32 años, tiene un precioso cabello afro. De aquellos que son una bola enorme de rizos. “La gente no es consciente de que tocar el cabello es invadir el espacio personal”, dice, mientras su peluquera la peina y ella se mira con orgullo en el espejo. No siempre fue así. Antes odiaba su pelo.
Isabel nació en Barcelona, pero su madre es de República Dominicana y su padre de Guinea Bissau, y asegura que en su casa siempre le inculcaron que debía alisarse el cabello. “En República Dominicana al pelo afro se le llama pelo malo”, explica. Es decir, feo, que no sirve. Y ella tenía la mala suerte de haber nacido con ese pelo.
“Cuando era pequeña mi madre me ponía una vez al mes un producto muy agresivo y me lo dejaba dos horas. Me achicharraba el pelo”. Eso sí, conseguía alisárselo aunque, en cuanto le crecía, lógicamente le volvía a salir rizado. También recuerda que, cuando iba a la playa, no se mojaba el pelo para que no se le rizara, y que solo se lavaba la cabeza cuando su madre tenía tiempo para alisárselo con el secador. Hasta que se independizó y pensó que no podía continuar de esa manera.
Isabel hizo entonces lo que las afrodescendientes llaman “una transición”. Es decir, se cortó el pelo casi al cero porque, de tan estropeado que lo tenía, ya no era ni liso ni rizado. “Fue horrible. Estuve dos semanas sin salir de casa”, confiesa. Ahora se ha acostumbrado a verse con su cabello afro natural y lo adora. Vive en Madrid, pero viene a Barcelona cada vez que tiene que cortárselo.
Su peluquera es Tamy Ferràs, que también tiene cabello afro y se ha especializado en su cuidado. Es propietaria de la peluquería Iletnic, un bonito establecimiento decorado con gusto en el distrito de Nou Barris de Barcelona. En una de las paredes hay un póster con la mítica imagen feminista de una mujer enseñando bíceps, pero en este caso la mujer que muestra músculo es negra. Toda una declaración de intenciones.
Tamy, de 48 años, es adoptada, pero su padre biológico es africano, y asegura que toda su vida ha girado alrededor de su cabello afro. La hacía sentir diferente y que no pertenecía a una sociedad, la catalana, en la que la mayoría de la población continúa siendo blanca. “Estaba obsesionada con que el pelo se me moviera y con tenerlo largo. Y a muchas de mis clientas les pasa lo mismo”. A menudo el cabello afro es tan tupido que difícilmente se mueve y, cuando crece, gana volumen pero no cae sobre los hombros.
Diversidad de cabellos
"La gente piensa que todo el cabello afro es igual, pero no es así, hay infinidad de tipos. A menudo es un cabello débil porque no se puede hidratar ya que al sebo le cuesta llegar a las puntas”, explica. Ella lo que intenta es que sus clientas sean conscientes de que su cabello afro es bonito sea como sea. Y de hecho, el 95% opta por lucir su cabello natural, afirma. Algunas, no obstante, se decantan por las extensiones o por las trenzas, aunque, según dice, también hay que saber hacerlas para evitar que causen alopecia si se tensa demasiado el cabello.
“Un día me planteé: ¿por qué todo el mundo puede lucir su pelo natural menos yo?”, dice Fatima Seriki, que es de padre nigeriano y madre barcelonesa y también está sentada frente al espejo en la peluquería Iletnic para que le corten el pelo. Ahora tiene 41 años, y hasta los 28 siempre llevó trenzas o se ponía una especie de gomina para que el cabello le cayera hacia abajo en vez de coger volumen hacia arriba. “Mi peluquera africana de toda la vida no me apoyó cuando le dije que me quería dejar el cabello natural”, lamenta. Ahora luce una abultada y espléndida melena rizada.
A otra clienta, en cambio, le están poniendo extensiones de cabello liso. Se llama Rebeca, tiene 32 años, nació en Alemania, pero su madre es de Sierra Leona y su padre de Liberia. “Me gustaría llevar el cabello natural, pero trabajo en una empresa en la que yo soy la única negra. Ya le ha pasado a mi hermana y a algunas de mis amigas: van al trabajo con el cabello afro y las consideran que no son suficientemente profesionales”, asegura. Colocar extensiones también es todo un arte: Penda Mboup, que es de Senegal y trabaja con Tamy, trenza primero el cabello de Rebeca con cuidado, y después le va cosiendo con hilo a las trenzas las extensiones de cabello liso.
Cánones blancos de belleza
“Una cosa es ser blanca y llevar el cabello rizado, y otra cosa es ser negra y tenerlo rizado. En muchos lugares existe la creencia de que si eres negra y llevas el pelo rizado es que eres de clase baja porque no tienes dinero para ir a la peluquería a alisártelo”, explica la escritora y divulgadora de educación antiracista Desirée Bela-Lobedde. A eso hay que añadir el bombardeo constante de imágenes de mujeres blancas con cabello largo y liso como el gran ideal de belleza en la publicidad, cosa que lógicamente tampoco ayuda, destaca. De hecho, la propia Michelle Obama lució siempre cabello liso mientras fue primera dama de Estados Unidos, porque consideraba que la sociedad norteamericana “no estaba preparada” para aceptar su cabello afro natural, según confesó ella misma en uno de sus libros. La escritora irlandesa Emma Dabiri pone en evidencia en su ensayo No me toques el pelo: origen e historia del cabello afro que el cabello afro siempre ha sido estigmatizado, menospreciado, modificado, y es a menudo un símbolo de la opresión contra la comunidad negra, pero también un símbolo de su liberación.
“En África a menudo se utilizan productos químicos para alisar el cabello que tienen disruptores hormonales que pueden causar miomas uterinos o cáncer de mama”, alerta Bela-Lobedde, que también pasó por el famoso proceso de “transición” después de años alisándose el cabello. Ahora lo lleva natural. “Una persona negra, tanto si lleva el cabello liso como afro, debe cuidarlo”, subraya. Y eso supone tiempo. Y también dinero.
Tiendas especializadas
Productos para alisar el cabello, otros para desenredarlo, para activar el rizo o para que el cuero cabelludo no se irrite con las trenzas. Además de champús, acondicionadores, mascarillas, tintes, gorros para dormir, extensiones o pelucas. Muchas pelucas. La Bella Cosméticos es una de las cadenas de tiendas especializadas en cabello afro que hay en Catalunya. Tiene establecimientos en Barcelona y Santa Coloma de Gramenet. Abrió hace unos quince años y entonces fue una de las pioneras. Ahora, en cambio, existen muchas otras tiendas similares, que tienen como denominador común que sus propietarios son siempre pakistaníes. Tal vez porque la mayoría de productos afro que venden son importados, sobre todo del Reino Unido, Estados Unidos y América Latina. Pocos vienen de África.
“Son productos específicos y eso hace que sean más caros. Por ejemplo, las lociones hidratantes están hechas de aguacate o de manteca de karité. Para el pelo de una persona blanca, serían demasiado grasas”, pone como ejemplo el encargado de la tienda que hay en la calle Sepúlveda de Barcelona, Carlos Castelli. Según dice, el 50% de sus clientas tiene el cabello afro y de ellas la mitad compran pelucas.
De hecho, en la tienda hay estantes enteros con cabezas de plástico que exhiben pelucas de todo tipo: de cabello corto, largo, rizado, liso, castaño, moreno, rubio o incluso de colores llamativos que solo una persona muy atrevida se pondría. Las pelucas sintéticas valen unos 60 euros, pero las de cabello natural pueden ascender de los 400 a los 700 euros.
Dos clientas de la tienda están precisamente mirando pelucas. Son de Cuba y ambas tienen el cabello afro. Margot Milanés lo lleva tensado y recogido en un pequeño moño. En cambio, Flor Alba luce una vistosa peluca de rizos que, a simple vista, parece que sea su cabello natural. Según dice, ella siempre lleva peluca. Sea invierno o verano. Ya está acostumbrada, no le genera ni calor ni picor, asegura.
Las pelucas
“Las llevo por comodidad y porque me dan personalidad. Según lo que vista o mi estado de ánimo, me pongo una u otra. Tengo catorce pelucas en casa”, afirma. A diario, para ir a trabajar, usa pelucas de cabello corto. En cambio, si se quiere arreglar un poco más, se decanta por otras más llamativas. En la tienda escoge una peluca que es una melena larga de color lila y fucsia. Se quita la que lleva y, con una destreza sorprendente, se la coloca en cuestión de segundos. La peluca fucsia realmente le favorece. Antes de quitársela, se inmortaliza con su propio móvil, que coloca en un anillo de luz que hay en la tienda para que precisamente la clientela pueda hacerse selfies.
“Para la mujer europea occidental, la peluca es un tabú. En cambio, para nosotras es un complemento más. La tenemos totalmente integrada, forma parte de nuestra cultura”, aclara Rosa Mangue, de 39 años y Guinea Ecuatorial, que regenta la peluquería Rosy Style, en Parets del Vallès, a la cual le ha dado un estilo especial, como su nombre indica. Es un espacio especialmente luminoso, con grandes espejos, plantas, paredes blancas impolutas y un bonito póster de una mujer negra. “Trabajamos para el empoderamiento de la mujer”, asegura.
Según dice, “el cabello afro no es difícil, pero necesita unas rutinas”. “Antes de ir a dormir, hay que hacerse trenzas o moños, hidratárlo y ponerse un gorrito para evitar la fricción, porque si no amaneces con todo el pelo enredado. Y por la mañana, te lo tienes que volver a desenredar, hidratar y darle forma”, detalla. “Eso te lleva una hora y media por la noche, y otra hora y media por la mañana. Lo que nosotras proponemos son estilos protectores”, sigue explicando. Es decir, métodos para no tener que estar manipulando el cabello cada día y ahorrar tiempo.
Esos estilos protectores son las pelucas, las trenzas y el crochet. Este último es una técnica afroamericana que, según Rosa, procede de Estados Unidos y en la cual se ha especializado tras formarse en Inglaterra. Consiste en hacer trenzas de raíz de manera que queden pegadas al cuero cabelludo, y después ir insertando y fijando con nudos extensiones rizadas u onduladas hasta formar una melena. Las extensiones que utiliza son fibras sintéticas de alta calidad, así que parecen cabello de verdad. De hecho, el resultado es espectacular: cabelleras rizadas que parecen naturales, y que se pueden lavar y peinar. Duran dos o tres meses.
Beatriz Fernández Adiko, una de las clientas de Rosa, hace diez años que lleva la técnica crochet y desde entonces está encantada. Tiene 33 años, nació en Sabadell, pero su madre es de Ghana y su padre de Andalucía. Como tantas otras afrodescendientes, también intentó alisarse el cabello con productos químicos hasta el punto de que le salieron costras en el cuero cabelludo. “De pequeña me decían que mi pelo era un estropajo”, confiesa. Ahora luce una impresionante cabellera rizada que no deja indiferente a nadie.
Quemar el pelo
“Mi madre me alisaba el pelo con un peine de metal que lo calentaba en el fuego y después me lo pasaba por el cabello” , explica otra clienta de Rosa, Marga Mbande, de 46 años, que nació en Barcelona pero sus padres son de Guinea Ecuatorial. En realidad lo que hacía su madre era quemarle el pelo. Ese peine, conocido como pressing comb o hot comb (peine de planchado o peine caliente), era utilizado tradicionalmente por la comunidad negra. Marga también lleva ahora la técnica crochet.
En el barrio de Can Serra de Hospitalet de Llobregat, Anita Lou arregla a una clienta cargando con su hijo Alejandro de nueve meses en la espalda, a la manera tradicional africana. Anita es de Costa de Marfil, tiene 31 años y en 2019 abrió la Peluquería y Belleza Afro Europeo, un establecimiento de barrio donde trabaja a destajo. Tiene un montón de clientela.
Se trata de un local sencillo pero amplio: hay cuatro asientos, cuatro espejos de cuerpo entero, y un lavacabezas en el que la clienta se puede casi acostar mientras le lavan el cabello. En el escaparate, un gran póster con fotografías de todo tipo de trenzas muestra algunos de los muchos peinados que Anita sabe hacer. Las trenzas son lo que más le piden en verano, dice. En invierno, en cambio, lo que tiene más éxito es la técnica crochet. De hecho, en las paredes de la peluquería se exhiben todo tipo de extensiones de cabello.
“Las extensiones de cabello natural son demasiado caras. Valen 300 euros sin contar la mano de obra. No me las puedo permitir”, dice una clienta, Ángela María, que es de Venezuela y a quien Anita le está arreglando el cabello con la técnica crochet. Lo hace a una velocidad asombrosa, insertando las extensiones con una especie de aguja de ganchillo. La clienta ha traído las extensiones de casa: seis paquetes que le han costado en total 28 euros. Se hace la técnica crochet una vez al mes.
En otro asiento, otra clienta se alisa ella misma el cabello con un cepillo y un secador para adelantar tiempo, antes de que otra peluquera le empiece a hacer trenzas también con una agilidad alucinante. Y más allá una tercera clienta se entretiene mirando el móvil mientras espera que la atiendan. Ella también se va a hacer trenzas.
“El pelo africano es muy difícil de manejar”, asegura Ángela María. Anita explica que en su país lo que más le pedían las clientas era que les alisara el cabello. Cualquier cosa, menos el pelo natural: es el resultado de décadas de colonialismo y sobre todo de la falta de referentes de mujeres negras luciendo con orgullo su cabello rizado.