Cuando era joven, Jordi leyó mucho sobre los viajes del capitán James Cook, el marino británico que hizo tres viajes al océano Pacífico en el siglo XVIII. “Fue el primer europeo en explorar la costa oriental de Australia y Hawái, donde murió. De hecho, lo mataron y se lo comieron”, explica. “He recorrido buena parte de sus viajes y he ido al lugar donde murió. Entonces en Hawái existía la costumbre de comerse el cuerpo de alguien a quien admirabas para quedarte con su fuerza”, dice un viajero que defiende a Cook. “En los últimos años lo han criticado y lo han acusado de abrir la puerta al colonialismo, pero él solo quería explorar y hacer descubrimientos científicos”, defiende.
Un largo viaje para descubrir los secretos de la isla de Pascua
Jordi Canal-Soler llegó a Rapa Nui tras visitar medio mundo atraído por la cultura local, en peligro de extinción
BarcelonaJordi Canal-Soler (Barcelona, 1977) mira un mapa y ve cosas que las otras personas no pueden ver. “Todo esto es el triángulo de la Polinesia, que es muy grande. De Nueva Zelanda a la isla de Pascua, Hawái… Son distancias gigantes. Nosotros vemos un mar muy grande, pero los pueblos locales veían vías de comunicación. Como si fueran autopistas en el mar”, dice. “Me gusta mucho toda la época de las exploraciones. Cuando el capitán James Cook navegó por aquí para entender el mundo, fue de los primeros occidentales en llegar a muchas de estas islas. Y descubrió que todas ellas, a pesar de que hablamos de la extensión de agua más grande del planeta, compartían la misma cultura. La lengua y la manera de vivir son similares, como si fueran las lenguas románicas de aquí. Es decir, los pueblos locales navegaban por estas aguas”, explica.
Cuando era pequeño, leía todos los cómics de Tintín y los libros de Julio Verne. Y se emocionaba con los viajes que hizo con los padres y dos hermanos a finales de los años 80 con una autocaravana, hasta Inglaterra y a Noruega. Después llegaron los libros de Jack London. “Quería ver mundo, como tanta otra gente. Estudié biología, pero al acabar la carrera vi que costaría encontrar trabajo de biólogo”, admite. Así que probó suerte y envió propuestas de artículos a revistas como Historia National Geographic. Le compraron un primer artículo sobre el líder hawaiano Kamehameha y entonces vio que quizás podía vivir de otra manera. “En el primer gran viaje que hice fui a Alaska para seguir los caminos de Jack London y ver si quedaba algo de todo aquello. Y efectivamente, quedaban cosas”, añade. Desde entonces no ha parado de viajar.
Fue el inicio de una nueva vida que lo llevaría a escribir artículos, libros y guías de viaje, hacer de fotógrafo, organizar clubes de lectura o ser profesor de escritura de viajes, además de trabajar como guía de viajes o ser ahora el presidente de la Sociedad Geográfica de Cataluña. Curioso como es, Jordi no para quieto, siempre acompañado de su sombrero, que recuerda el sombrero fedoradel Indiana Jones. Cuando habla con el ARA, acaba de regresar de un viaje al desierto de Gobi, en Mongolia, durante el cual ha buscado fósiles y ha seguido la ruta del norteamericano Roy Chapman Andrews en 1925.
Llegar a Rapa Nui
Pero el lugar que más le emociona es la isla de Pascua. O Rapa Nui, como lo llaman en la lengua local. “Como me gusta tanto la historia, leía sobre grandes viajes del pasado. Y sobre Cook. Y fue creciendo el deseo de visitar la Polinesia. De todas estas islas, la que me llamó más la atención es la isla de Pascua, especialmente por sus famosas esculturas, los moáis, ya que en las otras culturas polinesias las estatuas no son tan grandes. Sabemos que estas estatuas son los líderes de las tribus, que de alguna manera se deificaban al morir para servir de guardianes del pueblo. Pero siguen rodeadas de una especie de misterio: quizás es una de las islas más remotas, una isla que ha perdido toda la vegetación, una cultura casi desaparecida... Hay gente que habla de ovnis, del centro del mundo y las energías... Nada de eso. Es un lugar fascinante sin necesidad de estas falsas teorías, te fascina buscar ahí la verdad y pruebas”, razona. “Sabemos que llegó a haber unas 15.000 personas. Después llegaron los occidentales, que trajeron enfermedades y gente que los convirtió en esclavos. Entonces en África ya no se podían capturar esclavos, pero en Perú necesitaban para extraer guano. La Iglesia consiguió liberar a algunos, que volvieron enfermos del Perú y causaron una epidemia. Quedaron apenas 111 personas. Entre los muertos, estaban los sacerdotes que conocen la religión y las tradiciones locales”, recuerda el barcelonés. De hecho, un catalán jugó un papel clave en esta historia. “Un maresmenc llamado Joan Maristany atacó la isla y se llevó a muchos hombres, mujeres y niños como esclavos. La población local todavía habla del pirata Marutani, una deformación de Maristany”, explica sobre aquel ataque de 1862. “Por suerte, otro catalán, el garrotxí Antoni Pujador, fue allí en los años 80 y 90 y ayudó mucho a cuidar la cultura local. Tanto, que por este motivo llevaron un moái a Olot, su ciudad”, dice. Todo un detalle, ya que “la población local reivindica a los británicos, franceses y chilenos que les devuelvan los moáis que se llevaron”. En Olot les regalaron uno en señal de respeto.
“Me emociona cómo siguen defendiendo su identidad”, dice Jordi. “En febrero celebran la Tapati Rapa Nui, un festival para reivindicar quiénes son, con bailes, canciones, deportes recuperados, talleres... Fui allí para entrevistar a artesanos locales y líderes de la comunidad que defienden su lengua, ya que la isla forma parte de Chile y ya hay más población nacida en el continente que nacida en la isla”, añade. “En los años 70 comenzó un movimiento en toda la zona del Pacífico para recuperar y defender la identidad polinesia. También en Hawái. Allí un grupo de personas decidió volver a construir una gran canoa tradicional, un arte que se había perdido. Una canoa de doble quilla que podía llegar a llevar a más de 50 personas, alimentos... y fabricaron una llamada Hokule'a. El problema era que ya no quedaba nadie que supiera navegar como navegaban los ancestros, entendiendo las corrientes marítimas, el vuelo de los pájaros y las estrellas, sin usar instrumentos modernos. Empezaron a preguntar por todo el Pacífico hasta que encontraron a un hombre en la Micronesia que sabía navegar de esa manera y lo llevaron a Hawái para aprender. Y así pudieron hacer un viaje de Hawái a Tahití igual que sus antepasados por primera vez en siglos. Les dio un motivo de orgullo que todavía sigue creciendo”, explica. Parece un cuento para niños. Como los que puede contarles a sus hijas, con quienes ya ha hecho muchos viajes por medio planeta.