Enviado especial a GreciaEs un deseo. Que no olvide nunca, por favor, la foto que me hizo Esra, que hoy dormirá en una gasolinera de la E-75 al norte de Grecia. Ni el beso tan dulce -un suspiro sobre la oreja- que me regaló Mahmud mientras su padre, más joven que yo aunque no lo parezca, me sonreía. Que no olvide nunca al niño que prefería jugar al fútbol conmigo más que con los pequeños porque chuto mejor.
La música del violín del chico irlandés de Lesbos. La sonrisa de la chica de Kobane que se lava la cabeza sobre las vías en Idomeni. El niño de Alepo que cantó para nosotros en una noche lluviosa. El calor en la cara, sentados alrededor del fuego con Ola y toda su familia, escuchando cómo nos explicaba en inglés su vida. El olor extraño de la montaña de salvavidas que hay al norte de Lesbos.
Tampoco quiero olvidarme nunca de Sana, la niña afgana que hoy sale en la portada del diario. El orgullo del padre de Aimal -de Kabul- cuando le digo que su hijo es muy buen chico, y me contesta que sus hermanos también, que todos sus hijos son good y los abraza con brazos largos de padre. La mirada profunda de Emilia Kamuisi, la abuela de Lesbos, cuando nos deseaba kaló taxidi [buen viaje] al marcharnos de su casa. Cómo era de oscuro el Egeo de noche, y la seguridad que me hacían sentir la gente de Proactiva en su guardia nocturna. Y las fotos de amigos muertos almacenadas en el móvil de una chica demasiado joven para tener teléfono.
Hemos viajado, con Cristina Mas, más de dos mil kilómetros por Grecia, una tierra que me encanta. Hemos conocido buena gente que sufre una situación muy difícil y también a muchos otros que hacen más de lo que pueden para ayudarles. Hemos intentado explicar sus historias. Y mi deseo es que no nos olvidemos nunca. Y que no los olvide Emma, que quiere que me lleve a Mahmud a casa.