Análisis

2026: consolidar el crecimiento, transformar el modelo

Imagen de una industria catalana del sector siderúrgico.
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BarcelonaEn 2026 se abre para la economía catalana y el conjunto de la economía española en un contexto de transición e incertidumbre, pero también de oportunidades. Después de unos años de crecimiento sostenido, superior al de la zona euro, entramos en una fase en la que los vientos de cola se moderan y el reto principal ya no es crecer, sino cómo lo hacemos y con qué bases.

Las previsiones apuntan a que Catalunya seguirá creciendo por encima de la media europea y, previsiblemente, también por encima del conjunto del Estado, aunque a un ritmo más contenido. Esta positiva evolución confirma la solidez de nuestro tejido económico, pero al mismo tiempo pone de manifiesto una realidad incómoda: el crecimiento, por sí solo, no garantiza progreso. Si no se traduce en mejoras estructurales, productividad y cohesión social, corre el riesgo de agotarse.

Los retos estructurales de un nuevo ciclo

En este nuevo escenario, la prioridad debe ser clara: afianzar un modelo económico más robusto, más competitivo y más inclusivo. Y esto exige afrontar, sin dilaciones, algunos retos estructurales que arrastramos desde hace demasiado tiempo.

Hay que hacer una apuesta decidida por la productividad. Pese a algunos avances recientes, Cataluña sigue mostrando un diferencial inversor relevante respecto a las economías líderes de la zona euro. No podemos confiar el futuro ni en la inercia ni en políticas basadas exclusivamente en subvenciones. Lo que debe garantizarnos competitividad es la capacidad de invertir en innovación, digitalización, industria avanzada y capital humano. Sólo así podremos crecer por el valor que generamos, y no por el coste o por la expansión de un empleo de bajo valor añadido.

El crecimiento económico debe ser territorialmente equilibrado. Cataluña no puede permitirse un modelo excesivamente concentrado en el área metropolitana de Barcelona. La fortaleza de la capital debe ser una palanca al servicio de todo el país, no un polo que absorba recursos y talento. El territorio dispone de activos económicos clave: la industria química, logística y energética de Tarragona; el sector agroalimentario y exportador de Lleida; el turismo sostenible y de calidad de las Terres de l'Ebre, Empordà o Pirineo, y los ecosistemas de investigación y formación presentes en ciudades como Girona, Manresa o Reus. Activar esta Cataluña poliédrica es una necesidad económica, no sólo territorial.

Sin una red eficiente que conecte territorio, empresas y talento, cualquier estrategia de reequilibrio queda limitada. Es necesaria una planificación rigurosa que priorice una red ferroviaria moderna, un transporte público interurbano competitivo, una logística más verde y eficiente, y una digitalización real que evite nuevas brechas territoriales. El déficit histórico de inversión en infraestructuras en Cataluña sigue siendo un lastre para nuestro potencial económico.

El buen funcionamiento de la economía requiere un sector público moderno y eficaz. La reforma de la administración no es un debate ideológico, sino condición para la competitividad. Necesitamos una administración más profesionalizada, digital, orientada a resultados y capacidad de ejecutar proyectos estratégicos. Es necesario reforzar la gestión, la evaluación de políticas públicas, la captación y ejecución de fondos europeos y la retención de talento. Sin instituciones sólidas, el crecimiento se debilita.

A todo esto se añade una cuestión central: el sistema de financiación. Cataluña necesita un modelo más justo, transparente y adecuado a su realidad económica. El actual sistema de régimen común está caducado y genera desequilibrios que afectan directamente a la calidad de los servicios públicos y la capacidad de inversión. No es sólo una reivindicación política; es una cuestión de eficiencia económica y equidad interterritorial. Sin una financiación adecuada, la competitividad y la cohesión social se ven comprometidas.

De la resiliencia a la transformación

Cataluña ha demostrado una gran capacidad de resiliencia, pero el 2026 debe ser el año de la transformación del crecimiento en progreso estructural. Esto exige liderazgo compartido, consenso institucional y una visión de país que vaya más allá del corto plazo. Iniciativas como el Plan Catalunya Lidera o la Agenda Social Catalana son pasos en la buena dirección, pero es necesario dotarlas de continuidad, coherencia y capacidad de ejecución.

En un contexto de transiciones económicas, tecnológicas y sociales, la política económica no puede limitarse a gestionar el presente. Debe anticipar, construir capacidades y generar confianza. Como advierten los sabios, lo difícil no es crear ideas nuevas, sino abandonar las antiguas. Cataluña tiene la oportunidad –y la responsabilidad– de hacerlo.

El reto está claro: consolidar Cataluña como un motor económico competitivo, con instituciones sólidas, cohesión social y equilibrio territorial. Hacerlo realidad depende, en última instancia, de la determinación colectiva de transformar el crecimiento en bienestar compartido.

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