OPINIÓN
Economía 09/05/2021

Tenemos que ser conscientes del impacto a largo plazo de lo que votamos

Es urgente tener los mecanismos y las instituciones que nos permitan tomar las decisiones correctas

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Unos trabajadores de Glovo en Madrid en una imagen de archivo

¿Qué tienen en común las rodillas de los repartidores de Glovo, el cambio climático, el coltán y las elecciones en la Comunidad de Madrid? Que cada uno esconde una catástrofe a largo plazo.

"A largo plazo todos estaremos muertos", decía Keynes. En su obituario, Schumpeter escribía: "No tuvo hijos y su filosofía de vida era esencialmente una filosofía a corto plazo". Si nos preocupa el futuro, tenemos que pensar a más largo plazo: pensar que, con 40 años, el repartidor de Glovo tiene las rótulas de una persona de setenta; pensar que un incremento de la temperatura superior a los 2 grados centígrados implica la desaparición de países enteros, y que la producción de metales como el coltán o el níquel –necesarios para las baterías– es parte de las estrategias geopolíticas. Recordamos que ya en 1980 Deng Xiaoping diseñó una estrategia geopolítica a largo plazo para controlar la oferta de tierras raras y que China procesa hoy el 72% del cobalto y el 61% del litio mundiales.

¿Y la Comunidad de Madrid? Leo en el artículo de opinión de Esther Vera "El centro cósmico madrileño" que Madrid tiene la tasa de inversión en educación y sanidad más baja de España (3,7% del PIB frente al 5,6% de la media española). ¿Por qué el gasto público por alumno en 2018 fue de 4.892 euros en Madrid y de 9.298 en el País Vasco (y de 5.798 en Catalunya), cuando el PIB per cápita de Madrid es el más alto de España?

Ningún partido está en contra de la educación. No obstante, los frutos de la educación, como los del cambio climático, llegarán dentro de 20 años, mientras que el horizonte electoral es de cuatro años. Los niños no votan y los trabajadores sí que lo hacen, de forma que electoralmente solo existen los segundos. Desde el punto de vista electoral, lo más preferible es reducir los impuestos para comprar más ordenadores, invertir en infraestructuras tangibles que generan ocupación entre los votantes, que mejorar la enseñanza del inglés y las matemáticas en las escuelas.

Partidos de derechas e izquierdas se encuentran ante una misma disyuntiva: las elecciones se ganan centrándose en el corto plazo, pero un desarrollo inteligente del país necesita el largo plazo. Aún así, sería simplista pensar que un sistema democrático ignora las necesidades de la sociedad a largo plazo, como sería un error imaginar que un sistema totalitario lo gestiona mejor, como lo ilustra el llamado "gran salto adelante" en la China de Mao Zedong, que provocó la muerte por inanición de entre 15 y 55 millones de labradores.

En la sociedad española, donde la oposición se legitima por su beligerancia, la polarización y crispación del discurso político impiden acuerdos a largo plazo entre los principales partidos. Medidas necesarias por los cambios que vivimos en nuestro entorno –como, por ejemplo, la necesidad de impartir clases de informática en las escuelas– no tienen el protagonismo que tendrían que tener en la elección del ciudadano. A la bipolaridad maniquea que vivimos se añaden, en la actualidad, las redes sociales y la utilización del big data, que permiten ajustar el discurso político a las exigencias del electorado con una precisión quirúrgica en las semanas previas a la celebración de elecciones, con el apoyo de hackers rusos o sin.

Winston Churchill distinguía entre los políticos que se centran en las próximas elecciones y los hombres de estado que piensan en su papel en la historia. En ausencia de estadísticas, es urgente crear mecanismos e instituciones que permitan dejar patente los impactos del largo plazo de las decisiones que tomamos a corto. Parece una tarea digna de Sísifo, pero no lo es.

Dos ejemplos son la tasación del CO2 como mecanismo y el informe PISA como institución de expertos independientes, capaz de difundir información sobre los efectos a largo plazo de las decisiones a corto. Con todo, necesitaríamos también un cierto rigor en la transmisión de la información y aquí el poder de los medios de comunicación (Facebook incluido) es esencial.

Todos sabemos, y los guionistas de Netflix en particular, que el conflicto nos conmueve más y que genera más empatía que la reflexión. El reto es, pues, tener menos insultos y más información verificada. Urge una institución encargada de identificar las fake news y que promueva el periodismo con un alto nivel de profesionalidad.

En el largo plazo estaremos todos muertos, pero nuestros nietos sí que estarán. Es urgente tener los mecanismos y las instituciones que nos permitan tomar las decisiones correctas en el momento de votar.

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