Marta P. Estarellas: "La IA ha justificado mucho la existencia de la computación cuántica"
Consejera delegada de Qilimanjaro Quantum Tech
BarcelonaEl consejero de Empresa y Trabajo, Miquel Sàmper, aseguraba en una reciente reunión con representantes catalanes de la industria cuántica que Cataluña "llega a tiempo para liderar" la que ha de ser la siguiente revolución tecnológica. Entre la cincuentena de empresas que, según Acció, se dedican a esta tecnología en el Principado, Qilimanjaro Quantum Tech destaca con luz propia: la empresa, que ha desarrollado los tres ordenadores cuánticos del Barcelona Supercomputing Center, es una de las líderes de la computación cuántica europea, un ámbito económico en sorprendente auge. Su consejera delegada, Marta P. Estarellas, recibe a Empresas en la sede de la compañía para hablar de una tecnología que "da un poco de miedo" y es "poco intuitiva" para el público general, pero cuyas aplicaciones serán únicas y destacarán en el futuro del país.
¿Qué es la computación cuántica? ¿Qué soluciones quiere encontrar?
— Los ordenadores convencionales han marcado un antes y un después en nuestro día a día. Yo vengo del mundo de la química, del desarrollo de fármacos. Y la primera herramienta que se utiliza en este ámbito –y en otros, como desarrollar combustibles más eficientes, o aviones más aerodinámicos– es la simulación. ¿Qué ocurre? Que cuanto más tenemos, más queremos. Y, además, los problemas son cada vez más complejos, porque tenemos un número muy grande de datos. Ahora, con la llegada de la inteligencia artificial, viene una auténtica explosión. Y todos estos procesos de datos no ocurren en nuestra casa: ocurren en grandes centros de datos, gigafactorías, que cada vez van acompañados de un consumo más importante de agua y energía. Queremos automatizarnos cada vez más, pero esto reclama mucha infraestructura, y los costes no están escalando muy bien.
Hablaba de química.
— Es el ámbito que me llevó hasta aquí. El mundo microscópico, el que no se ve a simple vista, se comporta bajo leyes diferentes a las de la física clásica, las de la mecánica cuántica. Y el problema es que los ordenadores normales no pueden describir de forma eficiente un proceso cuántico. Requeriría miles y miles y miles de años de cómputo sin parar, asumiendo que juntamos todos los ordenadores disponibles para trabajar en ello. Aquí es donde aparece la idea de hacer una máquina que hable el lenguaje de la mecánica cuántica, toda una arquitectura que funcione con esta lógica. La cuántica se pensó por primera vez para solucionar problemas de simulación del mundo.
Supera los límites físicos de los ordenadores tradicionales.
— ¡Infinitamente! Hay una aceleración exponencial. Tareas para las cuales antes hubieran sido necesarios, como decía, miles de años, ahora se pueden hacer en unas cuantas horas. Y esto tiene un impacto brutal en la forma que tiene la humanidad de entender el mundo.
No será una tecnología de consumo, pues. Formará parte de la infraestructura tecnológica.
— La computación cuántica no sustituirá a los móviles, ni a los portátiles que tenemos en casa. Será una aceleradora. Tendremos centros de datos, gigafactorías, con CPUs y GPUs; y se añadirán QPUs, unidades con aceleración cuántica. La cuántica no sustituirá a ninguna tecnología, pero permitirá acelerar muchas tareas.
¿Cómo se lo toman las empresas cuando reciben una propuesta de computación cuántica? ¿Confían en ella?
— Hace unos años, cuando estábamos levantando rondas de inversión, todo el mundo quería financiar software, porque era el futuro. Nadie quería invertir en máquinas, porque necesitan mucho capital. Esto ha cambiado mucho, porque, con el crecimiento de la IA, han aparecido unas necesidades enormes de procesamiento de datos. Las empresas de IA han creado una dependencia hacia su software, y se han encontrado en una situación delicada en cuanto a sus modelos de negocio, porque el coste de infraestructura es mucho más alto de lo que el usuario está dispuesto a pagar. La cuántica interesa no solo como recurso, sino para mejorar procesos. Interesa porque es la gran promesa de mantener unas capacidades de computación más sostenibles y más asequibles para todos.
¿Cómo ha vivido el sector cuántico el advenimiento de la IA?
— Ha justificado muchísimo la existencia de la computación cuántica. Se notó cuando el consejero delegado de Nvidia, Jensen Huang, empezó a hablar de cuántica, porque veía un pico brutal. Incluso Donald Trump empezó a hablar de ello, porque estaba claro que se estaba llegando a unos límites en términos de computación, pero el mercado necesitaba continuar avanzando en capacidades, y hacía falta una alternativa. La cuántica no se ha industrializado todavía, es una tecnología profunda; tanto por parte de Qilimanjaro como de Google o IBM. Pero la promesa es tan grande, y la necesidad, tan elevada, que hay muchísimo interés. Y eso se traduce en capital; en confianza y en una interacción más estrecha con las grandes empresas. Vemos grandes multinacionales, tanto del Ibex como norteamericanas, que ya tienen sus equipos de cuántica.
¿Cuándo se podrán empezar a ver resultados de este interés en la cuántica?
— La computación cuántica está en proceso de escalado. En un marco de cinco años ya se prevé tener una entrada industrializada de estos sistemas en sectores productivos. Pero el lugar de un ordenador cuántico no es una empresa, es un centro de datos, una gigafactoría; donde cualquier empresa pueda acceder remotamente, de la misma manera que hacen ahora con la nube.
¿Cómo valoráis la estrategia de las administraciones en el impulso de la cuántica? ¿Estamos aprovechando estas capacidades?
— Las tecnologías cuánticas, y no solo la computación, han cobrado importancia geoestratégica. Las guerras del futuro no se lucharán con armas, sino con capacidad de computación. Y esto genera tensiones importantes entre países como China o los EE. UU. China hace muchos años que considera la cuántica una apuesta nacional, con inversiones de millones y millones. Y los EE. UU. lo han replicado, para protegerse. Europa ve que también debe jugar la partida, y la Comisión está adoptando estrategias de apoyo a las tecnologías cuánticas. Muchas de las capacidades que tenemos hasta ahora vienen de la transferencia tecnológica desde las universidades, eso lo hacemos muy bien. Lo que no sabemos hacer tan bien es, después, escalar las empresas para que sean competitivas a escala mundial; y que no se marchen, o las compren de fuera. El problema que tenemos en Europa es que el capital tiene una cultura muy diferente a la de los EE. UU. Aquí el capital privado invierte en bajo riesgo, y en retornos menores, pero muy inmediatos. En los Estados Unidos son más arriesgados, hacen apuestas más fuertes. Y quien apuesta al principio por una tecnología que puede revolucionar el mundo es quien tendrá soberanía y ventajas competitivas. Europa todavía puede competir, pero el tren está pasando.
¿La diferencia es de capital, solamente? En términos tecnológicos, ¿una empresa como Qilimanjaro puede mirar a la cara a las compañías de EE. UU.?
— Sí, pero la ventana es pequeña. ¿Cómo puede ser que una empresa catalana de 80 trabajadores se atreva a competir contra IBM, que anunció el otro día una inversión de 20.000 millones en cuántica? Pues porque todo está todavía por hacer. Todos estamos explorando diferentes vías para la tecnología cuántica. Una será la acertada; pero puede ser justamente la que ha financiado Google, o puede que no. Quizás la vía correcta es la que está siguiendo la empresa de Barcelona. Todavía estamos en una situación en la que podemos competir con ideas, con ciencia y con apuestas tecnológicas. Ahora bien, si no existe el capital para hacer crecer los proyectos, vendrá IBM y se llevará al equipo que tiene estas ideas de aquí.
¿Qué supone, esta diferencia?
— Hoy por hoy, en Europa hay una serie de empresas líderes en computación cuántica. Qilimanjaro es una de ellas. Dos de las compañías dentro de este grupo han salido a bolsa en los EE. UU. este verano, con valoraciones de 2.000 millones. Esto significa que, ahora mismo, en su cuenta bancaria tienen del orden de 300 o 400 millones de dólares. No hay nada que les impida venir aquí y decir: os compro.
¿Qué peligro supone para Europa que sus empresas de cuántica decidan salir a bolsa fuera?
— El riesgo de deslocalización. Que toda la propiedad intelectual de estas compañías, que hemos financiado entre todos a través de universidades y centros de investigación, se marche. Nosotros lo vemos: todo te impulsa a deslocalizarte para hacer crecer la empresa. Pero debemos persistir para no tener que hacerlo, porque si perdemos el control de la tecnología, perdemos soberanía; y dejamos en manos de otros países aquello que se ha creado aquí.
¿Cómo es el futuro del tejido empresarial de cuántica en Europa? ¿Convivirán todas estas empresas, o habrá una consolidación?
— Europa es un país de muchos países, y todo el mundo quiere tener toda la cadena de valor en su casa. Pero eso no es posible. Cada uno tiene que ser bueno en una serie de cosas, y cooperar con quien es bueno en otras. La cooperación es esencial; y la consolidación, la desfragmentación, también lo es. Quizás si hay una compañía europea que fabrica un componente que solo necesita Qilimanjaro, el futuro es que se anexionen y trabajen juntas.
Las famosas fusiones transnacionales, de las cuales ya se habla en banca o en telecomunicaciones.
— Exactamente.
¿Qué medidas se deben tomar para activar este capital europeo que ahora busca rendimientos más seguros?
— Europa debe crear fondos de capital público-privado importantes. Ya existe la primera referencia, el Scaleup Europe Fund, que está gestionando EQT. Pero debemos seguir creándolos, y no solo fondos de crecimiento; también para levantar nuevas start-ups. Y otro factor importante es el de las grandes empresas: que multinacionales europeas adopten la dinámica de invertir en nuevas tecnologías, como ha hecho Repsol con nosotros. Porque al final serán las usuarias de la computación cuántica. Faltan esos primos mayores que acompañen a las empresas en crecimiento, para alimentarlas de su experiencia.
Cataluña tiene empresas activas en todos los campos de la cuántica. ¿Qué tiene el país para haber desarrollado este ecosistema?
— Dos cosas: un tejido de investigación y universitario muy bueno, y un apoyo claro de la administración.
¿Son diferenciales respecto a otros lugares de Europa?
— Sí. El ecosistema innovador de Cataluña en el campo de la cuántica es muy especial. Tenemos el BSC, el ICFO, la UPC, la UAB, la UB..., que han hecho una serie de innovaciones en tecnologías cuánticas que se han transferido a la empresa. Y, una vez se hace esto, es cuando entran vehículos como Avançsa, como Acció, que ayudan a trasladar la innovación pura y dura al mercado.
¿Sois optimistas respecto a la capacidad de Cataluña para mantener este tejido?
— Esto se tiene que ver. Se han hecho bien las cosas para crear empresas como LuxQuanta, Quside o Qilimanjaro; pero estamos pasando el punto de inflexión, y las compañías tienen que crecer. Veremos cómo responde el capital privado catalán, el mercado catalán, y el apoyo de la administración. Sí que hay una intención clara, casi de urgencia, de mantener toda esta tecnología.
¿Y Qilimanjaro? ¿Qué planes tenéis a corto plazo para consolidar este ritmo de crecimiento?
— Estábamos levantando una ronda de unos 50 millones de euros; pero hemos decidido levantar una mucho más grande, de 100 a 150 millones, de cara al 2027. Buscaremos crecer en talento, profesionalizar la compañía en todos los ámbitos. Traer profesionales con experiencia, no solo técnico: operaciones, negocio, venta, la parte financiera... También abriremos mercados, porque hemos trabajado mucho en el ecosistema catalán y español; pero si realmente queremos competir en las grandes ligas, tenemos que salir fuera.
¿La intención es que todo este nuevo capital sea mayoritariamente europeo?
— 100%. No hacerlo iría contra la voluntad de los socios de Qilimanjaro, y de nuestra propia visión. Queremos hacer una empresa soberana.