Kerrature: "Son los apellidos, los contactos y la herencia económica los que marcan el techo de cristal"
La diseñadora gráfica e ilustradora Queralt Guinart explica su relación con el dinero y el trabajo
La ilustradora Queralt Guinart, Kerrature (Moià, 1996), creció en una familia de artistas, estudió diseño gráfico y, cuando terminó la carrera, se topó con un muro oscuro: “No me aceptaron en ningún máster y no encontraba trabajo porque mi portfolio era diferente, era muy plástico y se adaptaba poco a las ofertas de trabajo que había en Barcelona”. Con poco más de 22 años, optó por la opción que le permitía trabajar de ilustradora: hacerse autónoma.Ya había trabajado previamente en la imprenta familiar, en campamentos de verano haciendo de monitora y en el sector de la hostelería. De hecho, estuvo cinco años y lo combinaba con los encargos que le pedían, muchos sin cobrar, para abrirse camino. “Al principio lo aceptas todo porque necesitas el dinero”, recuerda. Con el tiempo, sin embargo, esta dinámica cambia: “Te empiezas a enfadar porque te encuentras haciendo trabajos que no van nada con tu estilo, tienes que cargar tu espalda con decisiones cuestionables. Pero a la vez, sigues necesitando el dinero”.La evolución profesional implica aprender a decir que no: "Acabas siendo selectiva, pero eso no quiere decir que todos los trabajos te gusten de estilo". Son trabajos, sin embargo, en los que Guinart se siente mínimamente bien pagada. "Tienes que aprender a renunciar a muchas cosas para encontrar una estabilidad económica que te permita entender que la vida no es trabajar", defiende. Y sigue: "Los trabajos que me apetece hacer son uno o dos al año, y no son los que mejor pagan".A pesar de todo, la trayectoria no es lineal. Hace dos años pasó un período sin ningún encargo: "Ningún trabajo en un año". Ante esto, se planteó un dilema: abandonar el proyecto propio o aceptar trabajos menos ideales para continuar. Optó por seguir: "¿Qué es peor: no tener trabajo o coger proyectos que no son lo que habías imaginado?". Sin embargo, nunca traicionará sus principios: "No trabajaré con empresas de extrema derecha o que utilicen los derechos LGTBI para blanquearse, por ejemplo".Detenerse para inspirarse, dice, es un privilegio que se aleja del discurso de clase. Pocos artistas pueden "pararse a contemplar los pájaros". Guinart reivindica su trabajo como un oficio: "Trabajo aportando mi sensibilidad y, evidentemente, para entrenarla he tenido que estudiar e invertir mi tiempo libre en cultivarla". Pero más allá de la formación y la inspiración, el día a día implica una gestión constante y no queda tiempo para la contemplación: "Requiere una conexión estrecha con el cliente, con correos de feedback, negociaciones de presupuesto... Mientras tanto, no estás dibujando ni diseñando. Entonces, a mí me gusta trabajar los fines de semana porque sé que no me llamarán". Es por este mismo motivo que a las seis de la mañana ya está trabajando, así tiene la madrugada para concentrarse sin interrupciones.La suya, pues, es una "elección vital difícil". No solo porque "es un sector profundamente precarizado", sino porque puedes progresar hasta que topas con un techo de cristal marcado por los orígenes: "Son los apellidos, los contactos y la herencia económica". Superarlo es excepcional, y solo entonces se accede a la industria del lujo, donde las condiciones cambian radicalmente: "Hay un salto muy grande entre los de abajo y los de arriba, muchos miles de euros, y no hay clases medias". En este escenario, trabajar para marcas de lujo aparece a menudo como "la única opción" para aspirar a una vida estable.A la precariedad se le suma la incertidumbre constante: "¿Miedo a quedarme sin trabajo? Constantemente", admite. La llegada de la inteligencia artificial ha eliminado muchos trabajos pequeños que servían de puerta de entrada al sector, mientras que las redes sociales, su principal escaparate, ofrecen cada vez menos visibilidad: "Luchas todo el rato con ese miedo de pasar de moda". Y añade: "La situación geopolítica actual también te pone muy en alerta".Guinart defiende que, dentro del mundo creativo, a menudo se menosprecia la economía, porque no se sienten interpelados por ella, pero en el sistema que vivimos "todo lo que hacemos tiene un precio": "Tenemos que conseguir que el sistema sea afable mientras no lo cambiemos". En su caso, su autoría es lo que tiene valor: "Tengo que controlar dónde pongo mi nombre".De cara al futuro, Guinart empieza a plantearse nuevas formas de trabajar, y le gustaría crear una estructura propia. "Montar una empresa, un estudio para estar menos sola". Una manera de buscar estabilidad en un oficio en el que es difícil encontrarla.