La manufactura es fuente de ocupación de calidad, es decir, de buenos sueldos. Es tentador pues contemplar un futuro atractivo de la economía catalana como una versión sin humo de las fotografías de Català-Roca de un Poble Nou repleto de fábricas. Creo, sin embargo, que no será así y que las fuerzas combinadas de los cambios tecnológicos y de la competencia interna y externa consolidarán la tendencia histórica a la pérdida de peso de la manufactura en la ocupación de calidad.
La tecnología, hard (robots) y soft (IA), está permitiendo la automatización de la producción. En principio, que una empresa se automatice y utilice menos trabajadores dependerá de si sale a cuenta. Ahora bien, lo que vemos en el mundo es que está saliendo a cuenta, incluso para China, donde los sueldos son muy inferiores a los europeos. Es un diferencial que continúa siendo un factor de competitividad de China, pero con horizontes a medio plazo y con la anticipación y el deseo de salarios crecientes los dirigentes y las empresas chinas más avanzadas están practicando el salto tecnológico: implantar desde ahora las tecnologías del mañana. Quizás hoy no es lo más económico, pero haciéndolo se pondrán en muy buena posición para crear y liderar las tecnologías de pasado mañana. Si este cálculo es correcto para China, todavía lo es más para Europa. La fuerza laboral de las fábricas automatizadas estará bien remunerada porque la responsabilidad de garantizar su funcionamiento y atender contingencias será muy grande. Pero el número de trabajadores será relativamente pequeño.
La manufactura europea estará también condicionada por la lógica del libre cambio y de la división internacional del trabajo. Es una lógica muy potente que continúa presente, incluso si, como ahora, la geopolítica nos lleva hacia estrategias de aseguramiento de suministros. Hay mucha distancia entre esto y un proteccionismo desnudo y crudo. Ciertamente, hará falta que Europa y sus empresas diversifiquen orígenes y valoren fiabilidades. También que dispongan de reservas y planes de contingencia para sustituir o fabricar productos críticos. Pero sería absurdo que, por ejemplo, cuestionáramos la importación de manufacturas de Marruecos. Europa ha hecho bien en no escalar hacia una guerra arancelaria el conflicto con Trump, y en llegar a acuerdos de apertura comercial como el del Mercosur. El acuerdo comercial más importante de Cataluña se llama UE. Cuando España se incorporó, con entusiasmo catalán, vimos sabiamente aceptar el paquete entero: esto permite a nuestras empresas producir y vender sin barreras comerciales en toda Europa, y también que nosotros compremos manufacturas producidas lejos de casa porque son más baratas.
El hecho previsible de que en el futuro la ocupación de calidad en empresas manufactureras pueda no tener suficiente peso para dominar las estadísticas de salarios, no significa que estas empresas no deban ser de una importancia decisiva para el nivel general de productividad y prosperidad de un país. El valor económico que genera una empresa se debe al trabajo y al capital aplicados a la producción, pero también a aquello que es específico de la empresa y que genera lo que técnicamente se llama rentas. Este aquello incluye un intangible que podemos llamar “propiedad intelectual”. Patentes, marcas o, simplemente, fondo poco transferible de conocimiento y destrezas. Cuanto más importante sea este intangible, más productiva es la empresa y más externalidades positivas llegan a la región donde tiene su sede.
Es notorio el caso de Apple. Antes de que Trump hiciera un problema de ello, los ciudadanos de EE.UU. entendían que lo que importaba era el diseño del aparato, y que el lugar de producción fuera Asia era en la ecuación solo para contener el precio. En California lo que importaba es que la sede estuviera allí y que desde allí —lejos de la fabricación, pero no de la prefabricación, parte integral del proceso de diseño— se generase la propiedad intelectual. Si dirijo la mirada a Cataluña diría que está bien que Puig tenga una fábrica en Vacarisses, pero pienso que es más trascendental que tenga un impresionante portafolio de marcas con una gestión que parece que continuará felizmente gravitando sobre L'Hospitalet de Llobregat.
Por cierto, la agenda de autonomía estratégica europea implica que, si bien producir en casa puede ser una consideración de segundo orden, el hecho de disponer de más tecnología propia ha devenido de primer orden.