La política cultural ha de pensar más en la demanda
Cataluña ha apostado durante décadas por un modelo de política cultural centrado en la financiación de la oferta. El instrumento principal han sido las subvenciones editoriales, audiovisuales y artísticas. La lógica de este modelo es sólida. Muchas actividades culturales generan un valor social elevado, pero tienen una rentabilidad privada insuficiente o demasiado incierta. Sin apoyo público, una parte de la producción cultural en catalán simplemente no existiría.
El problema es que una política orientada a financiar la producción cultural no es necesariamente la mejor manera de ampliar el público. Los principales beneficiarios, más allá de los productores, acostumbran a ser ciudadanos que ya consumen cultura en catalán. Las subvenciones a la producción dan pocos incentivos para ir más allá. Pero el objetivo estratégico no es solo preservar este público, sino ampliarlo.
Si el objetivo es ampliar el público, una parte de la financiación cultural debería desplazarse desde la oferta hacia la demanda. Una posibilidad es un cheque destinado exclusivamente al consumo de cultura en catalán: libros, espectáculos, ateneos, medios, patrones o contenidos audiovisuales. El cambio más importante es de incentivos. Cuando una parte relevante de los ingresos depende de los consumidores, y todos disponen de recursos para gastar, los productores tienen más motivos para competir por nuevos públicos, especialmente por aquellos con menos contacto habitual con la cultura catalana. Una política universal bien diseñada puede llegar a toda la población. Una política centrada exclusivamente en la oferta, mucho más difícilmente.
Para que funcione, tanto el importe como el número de beneficiarios deberían ser lo suficientemente grandes para que los productores tuvieran incentivos reales para competir por nuevos públicos y expandir el mercado cultural. Los programas simbólicos difícilmente modifican los hábitos culturales. Lo que diferencia esta propuesta de otros cheques existentes no es el principio, sino el alcance. El Bono Cultural español y el 18app italiano llegan solo a los jóvenes que cumplen 18 años, una sola vez, y con un catálogo muy flexible. Un sistema orientado específicamente a ampliar el consumo cultural en catalán debería ser universal y recurrente. A pesar de sus limitaciones, la evidencia italiana es favorable: un estudio reciente muestra un aumento de la participación cultural, especialmente entre los jóvenes menos predispuestos a hacerlo habitualmente. Si un programa restringido a una sola cohorte y un solo momento vital tiene estos efectos, uno de continuo y universal tendría de mucho más amplios.
El cheque tiene otras virtudes. Una mayor parte de la producción cultural se ajustaría mejor a las preferencias del público porque serían los ciudadanos quienes decidirían más directamente dónde van a parar los recursos. Esto generaría más incentivos para desarrollar propuestas capaces de atraer a un público más amplio. También permitiría que los creadores dependieran menos de convocatorias públicas concretas y más de la construcción de una relación directa e independiente con el público. Esto no elimina el papel del Estado en la definición de prioridades culturales. Pero sí que redistribuye la decisión de qué propuestas concretas conectan con el público. En general, es más sencillo establecer criterios de elegibilidad que seleccionar directamente grandes proyectos.
Este sistema también generaría información valiosa sobre consumo cultural y datos para evaluar su evolución y las políticas públicas. Hoy, el sector público conoce con detalle quién produce cultura. Conoce mucho menos quién la consume, quién deja de consumirla y por qué.
La objeción más evidente es la calidad del catálogo. Pero un sistema parcialmente orientado a la demanda no implica ausencia de criterio público. Igual que hoy se definen las actividades elegibles para recibir subvenciones, también se podría establecer qué productos culturales pueden adquirirse con el cheque. La diferencia no es la existencia de criterios, sino el momento en que intervienen y sus consecuencias sobre la financiación. La objeción más seria es fiscal. Un mecanismo lo bastante grande para alterar incentivos tendría un coste relevante. Pero esto no exige necesariamente aumentar el gasto cultural total, sino redistribuir una parte desde el apoyo a la oferta hacia la demanda.
Cataluña continuará necesitando subvenciones a la producción cultural. Pero si el objetivo es ampliar el público y reforzar la centralidad social del catalán, persistir en un modelo orientado casi exclusivamente a la oferta es cada vez más difícil de justificar. Los instrumentos existen; falta decidirse.