¿Vivimos realmente en un infierno fiscal?
BarcelonaDesde hace unos días la ofensiva de la oposición consiste en hablar de la existencia de un infierno fiscal. El PP, que insiste en la necesidad de bajar los impuestos, utiliza últimamente el concepto con frecuencia. Y es una expresión que el presidente de Foment del Treball, Josep Sánchez Llibre, que se volverá a presentar para un tercer mandato en las elecciones que ha convocado para el 18 de mayo, dio a conocer durante la presentación del Libro verde sobre la fiscalidad en Cataluña en 2024. Él mismo la considera "acertada" y dice que perdura actualmente.
Los datos macroeconómicos comparativos, en cambio, revelan que probablemente hay lugares con más fuego y calderas tributarias. La presión fiscal en España, es decir, la porción del pastel que se comen los impuestos y cotizaciones sociales, supuso en 2024 el 37,3% de toda la riqueza generada en el país (PIB). La media de la Unión Europea (UE) fue del 40,4%; la de la zona euro, del 40,8%. Y hay países donde esta variable pesa mucho más que aquí: el 45,3% en Francia, el 40,9% en Alemania o el 42,6% en Italia.
Es verdad que tenemos algún tributo, como el de patrimonio, que casi no está implantado en ningún país más, pero también es verdad que de alguna manera se deben financiar los principales servicios públicos, como la educación, la sanidad o los servicios sociales. Aquellos que tanto reclaman bajadas de impuestos o adaptar el IRPF a la inflación (deflactar la tarifa) –una medida que beneficia más a quien más gana– no defienden tanto unos recortes selectivos y menos costosos para las arcas públicas.
Y algo todavía más importante. No nos plantean qué hacer con la otra cara de la moneda, es decir cómo financiar los servicios públicos, una buena parte de los cuales recae en las autonomías, con un modelo de financiación que hay que reformar de una vez. Aquí hay camino aún por recorrer. El gasto público sobre el PIB era en 2024 del 45,5%, frente a una media en la UE del 49,2%, del 49,4% en la zona euro, del 57,3% en Francia, del 49,4% en Alemania o del 50,4% en Italia. Hay margen tanto para ingresar como para gastar más y homologarnos a las otras grandes economías comunitarias. El reto es hacerlo de manera más efectiva y mejor.
Y aquellos que se centran en las retenciones de impuestos, especialmente de las rentas más altas –como las anunciadas por Donald Trump, el presidente de unos EE. UU. ahogados por la deuda–, se olvidan o prefieren no explicar cómo financiar los servicios públicos, las carreteras o los hospitales. La razón, probablemente, es que apuestan porque cada uno se lo pague de su bolsillo.