Vance la madrugada de este domingo en el Hotel Serena donde han tenido lugar las conversaciones con Irán
12/04/2026
3 min

En medio de un frágil alto el fuego, con Israel incumpliendo en Líbano el cese de las hostilidades, las negociaciones cara a cara en Islamabad, con la mediación de Pakistán, entre las delegaciones de los Estados Unidos y de Irán de entrada no han dado ningún resultado concreto. Era realmente muy difícil.

La desproporción militar entre el bloque EUA-Israel y el Irán no ha sido suficiente hasta ahora ni para hacer caer el régimen de los ayatolás ni para que estos se consideren suficientemente débiles para aceptar un acuerdo expreso que en la práctica supusiera una rendición. Esto es lo que pretendía el presidente norteamericano, siempre proclive a las apuestas de máximos. Por su parte, si Washington se ha sentado a la mesa –desde la revolución islámica de 1979 no había habido un encuentro de este alto nivel entre los dos países–, ha sido porque también sentía la presión económica global y la incomodidad de la opinión pública norteamericana. Pero las prisas, en este caso, jugaban a favor de Teherán, que, por lo que parece, ha mantenido sus líneas rojas negociadoras.

Ahora habrá que ver qué pasa con el alto el fuego. Para que la negociación prospere, es imprescindible que se mantenga la desescalada bélica. Tampoco esto será fácil. En este punto, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, es el principal peligro: está decidido a aprovechar la ocasión de la guerra para avanzar en la idea del Gran Israel. El Líbano lo tiene como objetivo al alcance de la mano. Difícilmente se detendrá.

La impaciencia de Trump, ávido de resultados concretos e insensible a las sutilezas diplomáticas, es el otro gran escollo de la negociación. De hecho, ya ha proclamado unas cuantas veces una ilusoria victoria militar en la guerra contra Irán... ¿Pero realmente se puede afirmar que ganas una guerra y te ves obligado a negociar la paz? Eso es lo que ha hecho un Trump que, además, en esta apuesta bélica se ha quedado huérfano de otros apoyos reales –por ejemplo de Europa– que no sean los de un Tel Aviv difícil de controlar.

Por supuesto, Teherán tampoco lo pondrá fácil. El régimen radical religioso se juega la supervivencia y, a pesar de la debilidad evidente –con la cúpula descabezada–, ha demostrado que tiene suficiente armamento y capacidad logística y organizativa para mantener el pulso y desestabilizar la región, con el foco bélico puesto sobre todo en el estrecho de Ormuz, donde las petromonarquías del Golfo si algo desean es volver a la normalidad de la paz para los negocios y el turismo. Ormuz, ahora mismo, como se ha visto en la primera reacción de Trump por el fiasco inicial negociador, es donde se sitúa el caballo de batalla.

En cualquier caso, menos el Israel del desatado Netanyahu, el alto el fuego de momento beneficia a todos: Trump hace ver que ha ganado, Irán coge aire para reponerse, las monarquías del Golfo vuelven a una aparente normalidad, los países de Asia cruzan los dedos para que empiecen a circular los barcos cargados de petróleo por Ormuz y lo mismo hace Europa, aunque dependa menos de ello. Ormuz, ahora mismo, como se ha visto en la primera reacción de Trump por el fiasco inicial negociador, es donde se sitúa el caballo de batalla.

Pero la situación no deja de ser incierta y extremadamente volátil, con la economía mundial tambaleándose. La partida negociadora resulta complicada: los EE. UU. e Irán no quieren más guerra, pero tampoco una paz perdedora e inestable. De momento, todo apunta al enquistamiento del choque, ya sea con una confrontación de perfil bajo pero con Israel haciendo la guerra por su cuenta.

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