Marruecos: el gran problema de la política española

BarcelonaLa relación con Marruecos siempre ha sido estratégica para cualquier gobierno español y, a pesar de incidentes puntuales como la disputa por el islote de Perejil en el año 2002, los gobiernos de diferentes colores han intentado mantener buenas relaciones de vecindad. En los últimos años, sin embargo, han tenido lugar una serie de fenómenos que han aumentado el poder y la influencia de Marruecos sobre España y también sobre la UE. Su papel de vigilante de la frontera sur europea, y el aumento exponencial de los flujos migratorios, le otorga un gran poder de negociación (y de extorsión), y su reciente acercamiento a los Estados Unidos e Israel lo han convertido en un actor cada vez más temible. Este es el contexto de la crisis migratoria de Ceuta y también lo que explica lo que ha pasado este jueves en el Congreso de los Diputados, donde Pedro Sánchez se ha quedado solo defendiendo que Rabat no tuvo ningún papel en la entrada masiva de inmigrantes.

El gobierno español quiere evitar a toda costa un choque diplomático con Marruecos, y Sánchez parece dispuesto a pagar un alto precio por conseguirlo. Para entender por qué debemos remontarnos al año 2021, cuando sí hubo choque diplomático a causa de la decisión de las autoridades españolas de dar asistencia al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali. Entonces Rabat no solo auspició un salto masivo de inmigrantes en Ceuta, sino que también cerró la frontera, lo que provocó muchos problemas económicos en las ciudades españolas, que dependen de sus intercambios con el norte de Marruecos. Las gestiones para reabrir la frontera se alargaron dos años y, entre medias, Sánchez tuvo que cambiar de ministro de Exteriores y variar la postura española sobre el Sáhara. Un cambio, por cierto, que también han hecho diversos países europeos, como Alemania.

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La relación con Marruecos, pues, será uno de los grandes temas de la política española de los próximos años, y en este sentido hay que recalcar que no es una cuestión nada fácil. Sánchez está atrapado por el chantaje marroquí y practica una política de apaciguamiento con unos resultados más que dudosos. Pero tampoco está nada claro que el PP y Vox tengan una alternativa creíble, entre otras cosas porque esta política de apaciguamiento también viene impuesta en parte por la UE, que no quiere problemas con Marruecos. Y en todo caso: ¿qué harían Feijóo y Abascal? ¿Romper relaciones con un país que tiene la capacidad de provocar el caos en Ceuta y Melilla y con el cual hay unas intensas relaciones económicas y de todo tipo? Las manifestaciones de patriotismo de hoy, sin duda pueden acabar en muestras de genuflexión mañana.

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Más allá de esto, la gran incógnita es qué hay detrás de este incidente. ¿Lo promovió Washington para vengarse de Sánchez? ¿Es una represalia de Rabat contra la ley que quiere aprobar el Congreso para otorgar la nacionalidad española a los saharauis que la tenían antes de 1975? ¿Es, simplemente, una demostración de fuerza de cara a una futura reivindicación territorial? Estas son las preguntas que realmente piden una respuesta, y no parece que ni Sánchez ni la oposición estén en disposición de darla.