La UE frente al imperialismo de Trump
Una vez más, la Unión Europea ha sido incapaz de tejer una posición unitaria y sólida ante una operación militar estadounidense en Venezuela que rompe con todas las reglas de la legalidad internacional. Hasta ahora, la respuesta mayoritaria ha sido la de avalar de algún modo la captura de Maduro para a continuación pedir a la Casa Blanca que democratice al país lo más rápido posible, como si Donald Trump hubiera actuado en nombre de principios democráticos universales y no por su propio interés geopolítico y económico. De hecho, muchos de los que el sábado se apresuraron a alegrarse por la caída de Maduro hoy asisten con perplejidad a que Washington podría haber llegado a algún tipo de acuerdo con su número dos, Delcy Rodríguez, para que siga al frente del país. De hecho, la situación sobre el terreno en Venezuela es ésta.
Resulta especialmente curioso que dos de las figuras europeas que hasta ahora se han posicionado más claramente en contra de la intervención de Estados Unidos en Venezuela hayan sido, por un lado, el presidente español, Pedro Sánchez, y por otro, la líder de la extrema derecha francesa, Marine Le Pen. Y lo han hecho, además, con el mismo argumento, y es que el respeto a la soberanía de los países es la clave que sustenta el orden mundial surgido de la II Guerra Mundial. Sin ese respeto, el mundo entra en una especie de ley de la selva donde el más fuerte tiene derecho a quedarse el territorio que le plazca. No en vano, Trump ya ha dado pasos para anexionarse a Groenlandia, que es parte de un estado de la UE, y fantasea con la idea de sumar Canadá a Estados Unidos.
Sánchez, por su parte, ha tenido la vista este domingo de cerrar filas con los gobiernos progresistas de América del Sur (Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay) para redactar un comunicado conjunto donde expresan su "profunda preocupación y rechazo" a la situación provocada por la administración. El presidente español se ha propuesto liderar la oposición a Trump desde Europa, una postura que no está exenta de riesgos pero que es la más coherente con los valores fundacionales de la Unión, que se creó para dejar atrás las ansias expansionistas de los estados y también el colonialismo para construir un espacio con reglas humanas y para los humanos, basado en el respeto. Nada de eso tiene que ver con la América de Donald Trump, que justamente sueña con deshacer la UE y volver a la Europa de los estados. Unos estados que, mucho más pequeños que los grandes Estados Unidos que planea, no tendrían más remedio que rendirle homenaje.
Por eso la UE debería empezar a levantar la voz y decir que su modelo es otro. La UE debe ser capaz de actuar como un ente autónomo en el tablero mundial sin condicionantes y sin aparecer como una simple comparsa de EE.UU. Entre otras cosas porque si el modelo imperialista de Trump es el que acaba imponiéndose, la propia UE será la principal perjudicada.