Operarios en la zona del derrumbe inyectando hormigón en el socavón.
23/07/2026 - 20:13 h.
3 min

Junto a los incendios y las olas de calor, este está siendo también el verano de las incidencias en las obras del transporte: en poco tiempo llevamos dos socavones y una deflagración. Si el invierno vino marcado por los trágicos accidentes de Gelida y Adamuz, ahora, afortunadamente de momento sin afectaciones de vidas humanas, estamos sufriendo unos sorprendentes derrumbes de terrenos en grandes actuaciones públicas. ¿Qué nos está pasando?

¿Errores de cálculo en los proyectos? ¿Errores en la ejecución? ¿Presión por querer ir demasiado rápido? ¿Cadena de subcontrataciones de los trabajos? Todo son hipótesis. Hay pocas certezas. Lo que está claro, sin embargo, es que algo está fallando, y que hay que escatimar responsabilidades y tener garantías de que se frenará esta cadena de despropósitos. No es nada normal –o no debería serlo– que en obras de este calibre se produzcan fallos tan vistosos, errores que podrían haber sido mucho más letales.

En pocos días hemos visto dos imágenes esperpénticas. La más reciente, en la R2, entre Barcelona y Montcada i Reixac, donde de pronto se produjo un gran vacío que provocó que la tierra engullera una grúa terreno abajo. ¡Una grúa entera! Por suerte, no había trabajadores involucrados en ese momento. Si hubiera pasado en otra franja horaria, estaríamos hablando en unos términos más trágicos. Ha quedado en un susto.

La solución ha sido llenar de hormigón el agujero inmenso y dejar allí enterrada la misma grúa. Pero a estas alturas todavía no hay ninguna explicación técnica convincente de lo que puede haber pasado. Cosa, claro, que no es nada tranquilizadora. Además, en pleno inicio de vacaciones, la afectación en el transporte ferroviario catalán puede ser muy lesiva para los usuarios: se apunta que el restablecimiento del servicio tardará una semana o más, con la conexión con el aeropuerto y con el norte de Catalunya interrumpida. En un servicio de tren ya de por sí bastante castigado, la situación es tan grave como desesperante.

Venimos, además, de otro socavón esperpéntico de hace unos días. En las obras de la línea L9 de metro, en el barrio barcelonés del Putxet, de nuevo una parte del terreno perdió pie, y algunas viviendas quedaron afectadas: la imagen que ha quedado es la de la literal desaparición del váter de un restaurante, engullido por el terreno. Algunos vecinos todavía no han podido volver a sus casas.

Pero es que este mismo miércoles por la noche se ha producido otro incidente en torno a obras en el metro, en este caso en la plaza de Sants, donde por accidente –habrá que ver si ha habido negligencia– se vio afectada una tubería de gas y, al final, por otro accidente –también aquí habrá que dilucidar quién es responsable– se acabó produciendo una gran llamarada durante horas. ¿Cómo puede ser que, con el gas saliendo del tubo, un trabajador estuviera usando una radial? ¿Inexperiencia? ¿Falta de controles? ¿Precariedad laboral? ¿Falta de sentido común?

Precisamente la sensación de falta de control es palmaria. En el caso del agujero de la R2, el intento de Adif de retrasar la noticia –se tardó horas en dar a conocer los hechos– resulta impresentable. Todo apunta a que jugaron con los tiempos para intentar ocultar o minimizar el asunto. Empresas, administraciones y técnicos involucrados deben dar respuestas a los interrogantes que se acumulan. Hacen falta garantías de seguridad.

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