La alfombra roja de los Oscar: lentejuelas para no incomodar el poder

La alfombra roja de la actual edición de los Oscar ha transcurrido sin estridencias ni sobresaltos. Hollywood ha hecho, una vez más, su tradicional labor de echar un velo sobre los problemas del mundo y permitir olvidar durante unas horas que el planeta está cayendo a pedazos. Una ocasión perdida por haber empleado un altavoz tan potente para remover conciencias o, al menos, incomodar un poco el orden establecido.

Los trajes que se han mostrado también parecían ignorar todas las fracturas del presente –sociales, migratorias, de género– y han apostado por una espectacularidad sin fisuras. Brillantinas, lentejuelas y diamantes para que emitan una luz tan cegadora que dificulte mirar directamente al mundo y ver claro. Una ceguera que, de hecho, es exactamente la que deseaba la Academia y la que menos incomoda al gobierno de Trump.

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Mujeres que parezcan mujeres, pero en su versión más edulcorada: cinturas encorsetadas, tacones de vértigo, volúmenes de cuento y aires de princesa contemporánea. Sin embargo, es innegable que ha habido trajes impresionantes, como los de Demi Moore, Teyana Taylor, Barbie Ferreira o Audrey Nuna. Una espectacularidad que, al mismo tiempo, dejaba claro que no había espacio para momentos tan icónicos y disruptivos como el que protagonizó Björk con su famoso vestido de cisne (aún hoy insuperado) en la ceremonia de los Oscar del año 2001.

Y los hombres, discreto e impecable de rigor. Ni siquiera el nominado (y no oscarizado) Timothée Chalamet –que nos tiene acostumbrados a estilismos más atrevidos en cuanto a protocolos y estereotipos de género– ha escapado del traje sastre, en esta ocasión de color blanco. Una normatividad que resulta especialmente coherente con las burlas que él mismo dedicó hace pocos días al ballet ya la ópera. Al final, más que un hombre deconstruido, Chalamet parece haber confirmado que es un señor de los de toda la vida: de los que se visten empezando por los pies.

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Si la política ha aparecido durante la gala, lo ha hecho sobre todo en forma de broma, al igual que, en cuanto a la moda, la reivindicación ha quedado reducida a un pequeño accesorio de solapa. Una presencia mínima, casi ornamental, si tenemos en cuenta que vivimos uno de los momentos de máxima tensión política y social de los últimos años. Quizá por eso, más que una alfombra roja, la de los Oscar 2026 ha parecido una superficie perfectamente barnizada: lo suficientemente brillante para reflejar el glamour de Hollywood, pero demasiado pulida para dejar ver ninguna grieta.