"La gente tiene ganas de volver a recibir cartas, y también de escribirlas"

Laura Agustí y Arnau Sidera han creado El club del Mirlo, una suscripción por cartas por correo que envían desde Nevà

20/08/2026 - 20:01 h.

Desde hace unos meses, vuelvo a mirar el buzón con ilusión. A veces me planto delante y lo abro. Otras, me lo miro de reojo con la esperanza de encontrar aquello que estoy esperando. Hay días que, incluso, me juega malas pasadas y me hace creer que lo que estoy esperando ya ha llegado y cuando lo abro solo encuentro alguna factura o un folleto publicitario. Los responsables de que, de repente, tenga esta “dependencia” del buzón –hasta hace cuatro días no sabía que esto me podía pasar– son la ilustradora Laura Agustí (Barcelona, 1980) y el fotógrafo Arnau Sidera (Vic, 1985).

Ambos han creado El club del Mirlo, una suscripción a cartas por correo que envían desde Nevà, un pequeño pueblo del Ripollès donde fueron a vivir hace tres años después de ser víctimas de la gentrificación del barrio de Sant Antoni de Barcelona. Pero no son unas cartas cualesquiera. “Además de la carta donde explico alguna cosa, también incluimos alguna postal o lámina, pegatinas y algún detalle extra”, explica Laura. Estos clubes de correspondencia que ahora empiezan a llegar a casa nuestra son muy habituales en países como Alemania, el Reino Unido, los Estados Unidos o Canadá. Se llaman snail mail y buscan recuperar el correo postal, ahora que vive horas bajas a causa del correo electrónico.

Cargando
No hay anuncios

Un proceso totalmente manual

El club del Mirlo es, pues, “un deseo de volver a lo analógico”, explica Arnau. “Cada carta se prepara una por una: doblar el papel, poner la postal, las láminas, los adhesivos, cerrar el sobre, pegar el sello…”. ¿Pero cómo se decide todo lo que va dentro? Eso es cosa de Laura, que es quien escribe y quien diseña todo lo que ponen, siempre “con mucha libertad creativa”. Está todo tan pensado que hasta los sellos los ilustra ella misma: “Yo ni siquiera sabía que se pudieran diseñar sellos personalizados. Lo descubrimos gracias a nuestra cartera”.

Cargando
No hay anuncios

Las cartas están escritas desde la proximidad, como si las enviaran a una amiga. De hecho, no sorprende encontrar confesiones de lo más íntimas. “Explicamos a las personas del Club del Mirlo, antes que a muchos amigos, que nos habíamos casado”, explica riendo Laura. “No queríamos repetir lo mismo que ya se puede ver en Instagram, sino mostrar otra parte de nosotros”, añade Arnau. Y es que para ambos era muy importante recuperar la sensación de aquellas cartas que todos nos hemos escrito cuando éramos pequeños y cuando el mail era ciencia ficción.

Cargando
No hay anuncios

Una oportunidad para conectar con el presente

En un momento en que vivimos pegados a la pantalla, pendientes de un algoritmo y con las notificaciones de las redes como banda sonora de la vida, ambos querían ofrecer un instante de pausa a sus destinatarias –¡sí, la mayoría somos mujeres!–. “Muchas personas nos explican que, cuando reciben el aviso de que las cartas ya han salido, deciden esperar al fin de semana para abrirla con calma”, explica emocionada Laura. Y es que, como dice Arnau, El Club del Mirlo “recupera una cosa que hoy casi hemos perdido: la paciencia. Porque hay cartas que llegan en tres días y otras, que tardan tres semanas”. En definitiva, una oportunidad única para trabajar la incertidumbre, la espera y la paciencia en tiempos de Amazon y Ali Express.

Cargando
No hay anuncios

Formar parte de este club de correspondencia es una invitación a vivir el presente, a capturar un instante, a recuperar la vida analógica que muchos hemos perdido. “La gente no solo tenía ganas de recibir correspondencia, sino también de volver a escribir”, aseguran Laura y Arnau. Desde que el pasado febrero enviaron la primera carta (las envían cada dos meses a cerca de un millar de personas), han empezado a “recibir cartas de vuelta, postales o fotografías”. También han descubierto a las generaciones más jóvenes de qué va eso de enviar cartas: “Una chica muy joven nos escribió porque no sabía cómo se enviaba una carta. No había enviado nunca ninguna. Nos preguntaba dónde tenía que comprar el sello y dónde se tenía que llevar. Nos dejó muy sorprendidos”.

Quizás, gracias a ellos, este verano los más jóvenes enviarán su primera carta o habrá quien volverá a enviar postales con la ilusión de sorprender a alguien que ya no mira el buzón.