¿Y si la IA nos da demasiado la razón?
Hablamos con la ciberpsicóloga Ariadna Vilalta sobre los peligros de la comodidad y el soporte emocional que ofrecen las nuevas tecnologías
BarcelonaAcabas de discutir con tu pareja y estás convencido de que tienes razón. En lugar de explicárselo a un amigo, abres una aplicación de inteligencia artificial y le describes todo lo que ha pasado. La respuesta no se hace esperar: entiende cómo te sientes, valida tu malestar y te explica por qué tu reacción es tan comprensible. Quizás incluso te propone un mensaje para que se lo envíes explicándole cómo te sientes. Cuando cierras el dispositivo, es fácil salir con la sensación de que alguien te ha escuchado de verdad y que, además, tú eras quien tenía toda la razón.
Pero, ¿y si precisamente el problema es que la máquina no te ha llevado la contraria? “Creo que lo bueno del psicólogo es que te haga ver las situaciones incómodas y que te haga pensar”, dice Ariadna Vilalta, ciberpsicóloga y autora de Una vida siempre en línea (Destino, 2026). Su preocupación no es que la inteligencia artificial nos escuche o nos ayude, sino qué puede pasar si nos acostumbramos a relacionarnos con una tecnología que nos ofrece respuestas inmediatas, que no se impacienta y que, sobre todo, a menudo nos acaba diciendo aquello que queremos oír.
La IA nos está ofreciendo precisamente todo lo contrario de lo que ocurre con las relaciones humanas, que nos obligan a negociar, esperar, interpretar silencios y, a veces, aceptar que el otro no piensa como nosotros o que tiene razón. Con todo, Vilalta cree que aquí hay una pregunta que todavía no sabemos responder: ¿qué pasará con nuestra tolerancia a la incomodidad si cada vez disponemos de más herramientas capaces de eliminarla de manera inmediata?
De hecho, no es una cuestión exclusiva de la inteligencia artificial, afirma Vilalta. Ya hace años que internet nos está acostumbrando a vivir en la inmediatez. Nos informa rápidamente cuando queremos saber algo, nos distrae cuando nos aburrimos, nos conecta cuando nos sentimos solos y nos permite responder a cualquier mensaje en cuestión de segundos.
“Hace muchos años que convivimos con internet, y el problema es que lo hemos hecho sin haber sido educados en ello”, apunta. Mientras que la ciberpsicología -el área que estudia cómo la tecnología afecta a nuestra conducta y a nuestra salud mental- todavía es un campo relativamente nuevo, la tecnología ya hace tiempo que ha entrado de lleno en nuestra manera de relacionarnos, pensar y trabajar. “Vamos tarde”, asegura Vilalta.
El peligro de dejar de elegir
Otra de las preocupaciones de Vilalta tiene que ver con algo aparentemente más inocente: las recomendaciones. “Antes ibas al cine y mirabas la cartelera para leer las sinopsis y, a partir de ahí, ya valorabas qué verías”, explica. Ahora, en cambio, una plataforma nos dice directamente qué nos puede gustar. No parece una gran diferencia, pero si dejamos sistemáticamente que los algoritmos decidan qué leemos, qué vemos o qué escuchamos, también podemos terminar viendo cada vez más o menos lo mismo. “Un poco dejamos de elegir nosotros”, resume.
Llegados a este punto ya sabemos que los algoritmos están diseñados para predecir qué nos mantendrá más tiempo delante de la pantalla y para ofrecernos contenidos que probablemente nos interesarán. El resultado puede ser muy cómodo, pero también puede reducir la posibilidad de encontrarnos con aquello que no estábamos buscando. Y esto, según Vilalta, afecta directamente al pensamiento crítico. “No creo que puedas formarte una opinión sólida si no has visto la A, la B y la C y has decidido qué es lo que más te conviene”, apunta la ciberpsicóloga.
Ante todo esto, Vilalta defiende recuperar cosas que pueden parecer poco tecnológicas: leer, escribir, estudiar filosofía y ética, discutir ideas y aprender a argumentar. “Nos falta ese punto de ser críticos, de cuando hacíamos debates en la escuela, de darle una vuelta a todo”, afirma. Y considera que esta formación es especialmente importante ahora que tenemos herramientas capaces de generar respuestas prácticamente sobre cualquier tema. Porque pensar no consiste solo en obtener una respuesta. También implica dudar, contrastar información, cambiar de opinión y soportar durante un rato el hecho de no saber qué pensar.
Esta es, quizá, una de las paradojas de la inteligencia artificial, explica Vilalta. Puede ayudarnos a acceder a más información que nunca, pero eso no significa necesariamente que tengamos más criterio. Nos puede explicar cualquier cosa en segundos, pero no puede decidir por nosotros qué es relevante, qué es cierto o qué queremos pensar.
“Con la IA vamos a peor”, dice Vilalta cuando habla de la pérdida del pensamiento crítico. No porque considere que la tecnología sea mala. De hecho, insiste en que no se trata de rechazarla: la tecnología tiene un enorme potencial y ella misma trabaja en ella. El problema, dice, es que todavía no habíamos aprendido a convivir con internet cuando ya nos ha llegado la siguiente revolución, la de la IA.
Y esta vez quizás la pregunta no es solo cuánto tiempo pasamos delante de una pantalla, sino cuánto de nuestro tiempo, de nuestras decisiones y de nuestro pensamiento estamos dispuestos a delegar en ella.