Cómo nos relacionamos con los cuerpos cuando nos vamos haciendo grandes?
Nos han vendido una idea muy limitada del sexo. Nos han hecho creer que una buena vida sexual depende de una erección, de la penetración o de llegar al orgasmo de una determinada manera. Pero la realidad es mucho más rica que todo eso.
Cuando envejecemos, el cuerpo cambia. Puede aparecer la menopausia, la disfunción eréctil, menos movilidad, menos lubricación o menos energía. Y demasiado a menudo interpretamos estos cambios como el final de la vida sexual. Pero quizás lo que se acaba no es el sexo, sino una manera muy concreta de entenderlo.
Porque me canso de decirlo pero el sexo va mucho más allá de la penetración. Y, todavía más allá de los genitales.
Hay toda una dimensión que a menudo dejamos en un segundo plano: la sensualidad. Las caricias largas, las miradas, los besos, los abrazos, los masajes, el flirteo... Todo aquello que nos hace sentir deseados antes incluso de desnudarnos.
Y sin olvidarnos tampoco del erotismo. Otro concepto que a menudo resulta confuso, y se confunde con la sensualidad. Con el erotismo me refiero al juego, al morbo. Una conversación que nos enciende, una fantasía compartida, una manera de mirar, un baile improvisado en el comedor o redescubrir el propio cuerpo con curiosidad.
Y es que lejos de todo lo que hemos ido aprendiendo durante años, la sensualidad y el erotismo son la base del buen sexo, y no la genitalidad. Es por eso que, aunque con los años quizás nuestro cuerpo no nos permita tener las mismas relaciones sexuales que teníamos a los treinta, no tiene por qué significar que sean peores. Al contrario, puede ser una oportunidad para dejar de perseguir un único modelo de sexo y descubrir uno mucho más amplio, creativo y consciente.