Sexo y convivencia: ¿por qué baja el deseo?

Al principio todo son flores y violas. Te parece adorable cómo come la fruta, cómo deja los zapatos en el recibidor o incluso cómo ronca. Pero llega la convivencia, la famosa prueba de fuego, y de repente aquello que encontrabas entrañable te provoca un ick monumental. El ruido que hace al masticar, la toalla encima de la cama o la taza de café abandonada ya no hacen tanta gracia.

Quizás el problema no es la convivencia en sí, sino que ahora nos encontramos en escenarios mucho menos romantizables. Compartimos el lavabo, hacemos la compra, discutimos quién baja la basura y fregamos la cocina después de cenar. El amor continúa existiendo, pero el deseo juega con otras reglas.

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Y es que hay una contradicción fascinante dentro del mismo deseo: por un lado, nos atrae la novedad, la incertidumbre y la aventura, pero al mismo tiempo buscamos estabilidad, seguridad y comodidad. Y cuando esta estabilidad llega, es fácil que el erotismo pierda terreno. Además, entran en juego el estrés, la carga mental, quizás la crianza, el cansancio y aquella sensación de que la relación funciona más como una institución que como una historia de amor.

Pero alerta: convivir no debería convertirnos en compañeros de piso. El deseo no es espontáneo para todos, y esperar que aparezca por arte de magia es una receta para la frustración. Para tener buenos ratos en la cama, primero debemos tenerlos fuera. La intimidad se trabaja. Tener citas, salir de la rutina, reservar tiempo de calidad o, simplemente, volver a mirarnos con curiosidad. En definitiva, volver a ser novios de vez en cuando. Porque el deseo no es un recurso finito que se agota con los años. Es una parte de la relación que también necesita espacio, atención y un poco de intención.