¿Qué ha sido de aquella Barcelona del diseño?
Barcelona1987. Sábado por la tarde. Lali y Blanca habían quedado en casa de Marta para probarse ropa y arreglarse: sombra aquí, sombra allá, enormes pendientes triangulares, minifaldas y hombreras propias de fútbol americano. Tenían una cinta BASF Chrome Super con toda la música que más les gustaba, perfectamente enlazada, donde la intensidad de los temas iba subiendo hasta un éxtasis absoluto al final, con Can't Take My Eyes Off You y el momento I love you, baby, and if it's quite alright I need you, baby, to warm the lonely night I love you, baby... que era justo cuando bailaban enloquecidas delante del espejo del recibidor, dispuestas a incendiar Barcelona.
Pedro, el expresivo portero, las dejó pasar enseguida. Tan pronto como entraron, se sumergieron en el mundo de Blue Velvet o Twin Peaks de David Lynch. Todo el mundo fumaba y bebía. Camel, Winston o Marlboro. Vodka con limón. No había un mañana... (Aún faltaba mucho para el boom del gintónic).
La Barcelona del diseño se convirtió en una peregrinación de bar de copas en bar de copas o de disco en disco o, lo que era lo mismo, de lavabo en lavabo. La sublimación del espectáculo. Allí donde los Arribas, Freixes, Samsó, Riart, Peret, Sostres o Mariscal –arquitectos y diseñadores– lo daban todo; donde podían ser más atrevidos, más salvajes, rompiendo con el puritanismo del que veníamos. Lavabos unisex, sutilmente transparentes, con espejos indiscretos, puertas giratorias y videowalls, luces halógenas, monitores y estantes a la altura perfecta para hacer la fiesta más completa. Podías verte y ser visto. Zsa Zsa, Zig Zag, Bijou, Velvet, Sísísí, Boliche, Snooker, Universal, Metropol, Network, Nick Havanna, KGB, Selz, Torres de Ávila, Otto Zutz... Fue una experiencia inspiradora, sexy, excitante y creativa y, gracias a este momento de alineación astral, Barcelona se aupó a la cima de la modernidad.
Desafortunadamente, parece que no hemos sabido preservar este tipo de locales (ni de aquella época ni de otras anteriores). Todos fueron cerrando, y de aquello que nos hacía sentir tan orgullosos no queda casi nada; el Otto Zutz y el Snooker tan solo, si no me equivoco. La afición comercial ha ido triturando aquella etapa añorada y hemos visto abrir infinidad de establecimientos con diversas tendencias estéticas y de concepto que Barcelona todavía “padece”. En ningún caso ha aparecido una apuesta genuina propia de la ciudad. No me parece que esté en las salas de fiesta actuales ni en otros comercios de la ciudad. Hemos ido pasando del omnipresente y sobrevalorado ladrillo visto de aquellos cafés di Giovanni, di Paolo, di Pietro... que no tenían ninguna personalidad, a los locales tipo chill-out, de sofás y luces blancas de dudoso buen gusto, o las copias de bistrós del interiorista Lázaro Rosa-Violán con luces doradas –muy acogedores, es cierto– donde todo el mundo es fotogénico, con una decoración recargada y la comida de manual turístico. Esta última tendencia tiene ya la nueva réplica: locales fríos, mobiliario casi de desguace e iluminación de fluorescente. Menos diseño aparentemente, pero también calculadísimo. Está claro que nos gusta estar a la última, ser los más modernos, a costa de cargarnos lo que había sin miramientos, tirando tabiques, escaparates, barras y mobiliario. En este punto, hay que recordar que no es imprescindible estar catalogado para ser de interés.
Cambiar, cambiar, cambiar. Lo importante es lo que vendrá, como aquellas personas que no disfrutan de lo que están viviendo, sino de lo que vivirán. Aquí nos gusta la novedad; lo que es nuevo nos pierde. Justo lo contrario de todo aquello que nos fascina de París.