¿Qué se ha hecho de aquella Barcelona del diseño?
BarcelonaSi te caía bien el tipo fornido y siempre inexpresivo de la puerta, tenías derecho a sumergirte en el mundo de Blue velvet de David Lynch, o en aquel otro planeta futurista de Max Headroom. Chicas bastante maquilladas, “sombra aquí, sombra allá”, grandes pendientes triangulares, hombreras propias del fútbol americano y minifaldas negras. Chicos vestidos de Closet o Privata, tejanos estrechos de abajo y zapatillas Victoria minúsculas, blancas o de colores pastel. Todos fumando Camel, Winston o Marlboro y bebiendo whisky con coca-cola o vodka con limón como si se fuera a acabar el mundo... (Aún faltaba mucho para el boom del gintónic.)
La Barcelona del diseño derivó en una peregrinación de bar en bar o de discoteca en discoteca o, lo que era lo mismo, de lavabo en lavabo. La sublimación del espectáculo. Allí donde los Arribas, Freixa, Samsó, Sostres o Mariscal –arquitectos y diseñadores– lo daban todo; donde podían ser más osados, más salvajes, rompiendo con el puritanismo del que veníamos. Lavabos unisex, sutilmente transparentes, con espejos indiscretos, puertas giratorias y videowalls, luces halógenos, monitores y estantes a la altura perfecta. Podías verte y ser visto. Zsa Zsa, Zig Zag, Bijou, Velvet, Sísísí, Boliche, Universal, Metropol, Network, Nick Havanna, Torres de Ávila, Otto Zutz...
Fue una experiencia inspiradora, sexy, excitante y creativa y, gracias a este momento de alineación astral, Barcelona se encaramó a la cima de la modernidad. Algunos de mis amigos de Madrid todavía me hablan de ello. Aquella Barcelona les fascinaba y, increíblemente, creen que sigue siendo la misma.
Madrid vivió aquella época de manera diferente; la suya fue la Movida, probablemente más musical y cinematográfica. Quizás por eso, cuando paseas por Madrid, todavía encuentras tascas, baretos, mesones y bodegas que llevan muchísimos años ahí, con aquellos camareros entre enrollados y secos que piensas que son un poco fachas y, de repente, descubres que votaban a Manuela Carmena. En Barcelona me cuesta encontrar locales de estas características. Siempre que lo pienso me viene a la cabeza el Cafè de l'Òpera, el Principal... con cuentagotas. Barcelona no ha preservado este tipo de negocios.
Por ejemplo, entre la Barcelona del diseño y la actualidad, pasamos por los cafés del Giovanni (siempre con nombre italiano) con paredes de ladrillo visto, pasamos por los locales de sofás blancos tipo chill-out, después las copias de bistrots al estilo Lázaro Rosa-Violán con luces doradas y también por alguna otra moda más que no recuerdo. Está claro que nos gusta estar a la última, ser los más modernos, a costa de cargarnos lo que había sin demasiados miramientos, tirando tabiques, escaparates, barras y mobiliario. En este punto hay que recordar que no es imprescindible estar catalogado para ser de interés.
Ahora ya hace tiempo que estamos en otra fase que se inició con el vermú, durante décadas olvidadísimo. Tirando de este hilo hemos llegado a los baretos, las bodegas castizas con vasos de Duralex, cañas (¡por fin!) mejor tiradas, gildas y tripas. Todo un poco cutre, que es la pátina que ahora se lleva.
Cambiar, cambiar, cambiar. Lo importante es lo que vendrá, como aquellas personas que no disfrutan de lo que están viviendo, sino de lo que vivirán. Aquí nos gusta la novedad, lo nuevo nos pierde.